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Cena en familia

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Atravesamos los suburbios de la ciudad. En las pequeñas rotondas donde se multiplicaban las calles y la estrechez, la gente se arremolinaba en puestos callejeros de bombilla única. Desembocamos en una calle sin asfaltar, con charcos de las últimas lluvias y vacas y cerdos de extrarradio; cerdos y vacas de siempre, donde vivían Dinesh y su familia. Enfrente de su casa asomaba un pequeño templo pintado de naranja donde los devotos entonaban himnos a la luz de varias velas y los brillos de las bruñidas campanas parecían proteger a estos habitantes de calles oscuras y viviendas de multipropiedad. De vez en cuando, el sonido de una moneda arrojada en una bandeja de metal rompía la monotonía de canciones que subían al cielo en humo de sándalo.

Al entrar en la casa, me recibió el hermano de Dinesh. Me plantó, en plan hawaiano, un collar de flores en el cuello, dándome en humilde reverencia la bienvenida a su casa. La casa, muy diferente a lo que en Occidente se entiende por hogar, se asemejaba a una casa comunal donde en pequeños cuartos la gente dormitaba sobre un lecho de cemento. No había mucho más; una cocina y lo que debía ser la mejor estancia de la casa. Una salita que fue donde cené: La habitación sin ventana, pequeña, tenía la única cama de la casa, además de una silla y una televisión muy antigua, en blanco y negro, de esas que en Europa dejaron de existir hace muchos años; imágenes de sus dioses y dos o tres libros que seguramente nunca fueron leídos. Nada más. Casas de cuarto y mitad: un cuarto para cada familia y la mitad por turnos y para todos.

La familia me manifestaba su respeto con mímicas hospitalarias. La abuela estaba nerviosísima, deseando preguntarme cosas, introduciendo su mirada en la mía. No sabía inglés, pero nos entendíamos con los ojos. A sus nietos, les decía que yo era un hombre muy apuesto y que vestía muy bien: «pasión de abuelas, pensé yo». En justa correspondencia, le dije que ella tenía la sonrisa más bonita de Rajastán: era cierto. Y de sonrisas, creo que entiendo. Me sorprendió que la mujer de Dinesh no estuviese en la reunión familiar: deduje que estaría en la cocina, y no di mayor importancia a la chocante ausencia. Había otra mujer que por su estado, al principio, creí que sería la bisabuela. Era la madre de Dinesh: estaba enferma y me contemplaba de una forma ida, como sólo miran los locos. La charla previa a la cena, insustancial; como casi todas las que preceden a las comidas de fiesta. Llegó la hora de mi cena, y escribo de mi cena, porque cené yo solo. Yo esperaba cenar junto a ellos y me encontré sentado en la cama con un thali posado en la única silla, mientras ellos permanecían sentados apoyados en la pared, instándome a probar la cocina que había preparado la abuela con esmero. Ninguno de ellos me iba a acompañar. En ese momento me sentí incómodo: pertenecíamos a dos mundos diferentes. Yo, que quería acercarme, vi como ellos se alejaban. No entendí las razones que nunca me dieron sobre ello. Cené casi todo lo que me pusieron e incluso repetí de algún plato, más por compromiso que por ganas reales: cenar sólo mientras los otros miraban me había encogido el estómago y revuelto el corazón.

La cena, vegetariana, consistió en un dhal, tomates y verduras mezclados y un curry de pimientos que estaba francamente bueno, servidos en cuenquitos de metal; arroz y dos trozos de mango esparcidos por la bandeja de thali, con chapatis para mojar y empujar. La verdad es que la comida era más sabrosa que en muchos restaurantes en los que había comido. Ver unos ojos de complacencia cuando acabé fue el mejor postre que me podían haber ofrecido.

Ahí, recuerdas que muchas personas que no tienen casi nada son felices compartiendo contigo lo poco que tienen. Se ve mucho en India.

La sobremesa la hicimos en la azotea. Desde allí, una brisa templada eran músicas que provenían de diferentes zonas del suburbio y que, todas fusionadas, hablaban de la oscuridad de las noches indias en las que las estrellas, cansadas de ver tanta tristeza acordaban no salir.

Antes de regresar al hotel, Dinesh me enseñó desde la calle su habitación. Parecía un almacén o un barracón con puertas metálicas, de chapa: «La siguiente es la de mis hermanos y cuñado», me dijo señalando otro barracón situado a pie de calle y a unos cinco metros de distancia del de Dinesh. Cuando me montaba en el coche, se acercó el hermano de Dinesh y con expresión emocionada me dijo:

— Para mí es uno de los días más importantes de mi vida, porque has venido a mi casa y mi hermano me ha dicho que te estás portando muy bien con él, que lo cuidas, y respetas. Me ha contado que le has curado.

Me sentí halagado, pero desde mi punto de vista, no había hecho nada extraordinario. Y lo de curarle no fui yo, fueron las pastillas.

Cuando llegué al hotel, una preciosa haveli, con jardines y fachadas iluminadas, me fue imposible relacionar las Indias que estaba viviendo, y sentí por primera vez la nostalgia hundida en mis sueños.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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