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¿Compras? No de momento

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En la Ciudad Rosa vuelves a un pasado que alguna vez creíste haber vivido. En las cuadriculas de los barrios, diseñados de acuerdo a las castas, a la religión, en los ordenados bazares, rememorabas cosas que hacía muchos años desaparecieron de tu mente. Se veían cachivaches que ignorabas para qué servían. Aún haciendo un tremendo ejercicio de imaginación, no te explicabas qué utilidad podían tener determinados artilugios. Cuando preguntabas su utilidad, la población no sabía responder porque no te entendían. Si insistías en saber, en segundos tenías dos o tres niños, vigilados de cerca por sus madres, que te tiraban de cualquier parte para que entregases unas monedas; o tres ricksawhs wallash que se disputaban el honor de pasearte por la ciudad; o un amable y risueño jaipurense que, después de poner la ciudad a tus pies, quería hacerte millonario escoltándote a un taller de joyería —«el negocio del siglo»— de donde seguro saldrías con menos de lo que entraste.

Dinesh, en no pocas ocasiones, insistía en llevarme a tiendas. Lo sugería de una forma discreta porque sabía que no le iba a hacer caso. Aún así, y mientras circulábamos por las saturadas avenidas de Jaipur, apuntaba señalando con el dedo índice: «aquí se venden las mejores alfombras, en este taller de joyería trabajan mis primos, este el mejor emporium de Jaipur; todo bueno, nada falso, barato, very cheap».

En Jaipur, percibí alguna de las diferencias que existían entre los pueblos y ciudades. Si bien en los pueblos tienes menos actividades para realizar, ya que prácticamente no hay nada, el ambiente que se respira es mucho más sano. Las miradas son hospitalarias, la vida es más natural. En las ciudades es diferente, y muchos ojos esconden la codicia; son miradas que esperan turno para intentar una venta. Yo, que no soy un gran comprador —al contrario que mi amigo Paco, uno de mis maestros en eso de la vida; un negociador capaz de desquiciar a los mercaderes de medio mundo—, y que para comprar me vuelvo loco hasta que encuentro algo que me guste, me metí en una tienda con el objetivo de tener referencias de precios para mi hermano. Por supuesto, fui acompañado del estudiante de turno en su día libre que sólo pretendía practicar inglés conmigo. Y practicar inglés conmigo es como practicarlo con los indios Tabajara: era obvio que el único interés que tenía en mí era el de mi cartera. El caso es que accedí; ese día por lo visto necesitaba marcha. De vez en cuando viene bien ir a esas escuelas de ventas que son los zocos, los bazares. Me mostraron tres destartalados pisos repletos de todos los tejidos imaginables, al tiempo que el dueño, simpaticote a más no poder, me agasajaba y halagaba su mercancía: «¿Quiere un té?, ¿quizá un refresco?, ¿bonito eh? Esta calidad no se encuentra en otros lugares de Jaipur, ¿cuántas se lleva?, precio indio, me ha caído bien». Unos minutos más y me sacan el género de la tienda de al lado. Aburrido de tanta sin razón en los precios, de ser percha de vestidos, maniquí de pasminas y Aladino de alfombras, decidí irme. No era posible; seguían desplegando mercancías para ver y regatear. Tejidos, por otro lado, que parecían bastante falsos; tan falsa como la afectación de los comisionistas de «no comprar, solo mirar, es gratis».

Los precios de las alfombras y textiles en India, más asequibles que en España, son elevados para presupuestos escasos sin son buenos, y el que pretenda venderte una pasmina de cachemira por menos de tres euros te la está colando. Eso es imposible allí y en Sebastopol. En India se puede adquirir de todo; pero también es cierto que para hacer una buena compra hay que entender bastante; que no era mi caso. Las calidades pueden variar considerablemente, lo que dificulta la distinción de la mercancía. En cuanto a la bisutería y artesanía no hay gran cosa que merezca la pena. Supongo que alguien que lea esto no estará de acuerdo con esta afirmación. Es cuestión de gustos y yo de esto, sí que escribo.

En todos los comercios, tenían montañas de artículos para turistas. Comprar esos recuerdos se me hacía ciencia-ficción. Es como si en España me agenciara una muñeca vestida de flamenca, unas castañuelas, o un abanico de mala calidad. Algo que ni en un exceso de Jumilla haría. Abundaba la horterada y lo de los dioses ya clamaba al cielo. En carteles de colorines, en bronce o plástico inundaban las tiendas y eran una de las preferentes «maravillas» que procuraban colocarte los vendedores: eran dioses de baratillo que parecían sacados de una portada de un disco de heavy metal.

Y es que, a veces, aunque quieras es imposible comprar.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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