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En la ciudad del maharaja

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Hay días en los que uno vuelve a vivir sin estar muerto. La carretera de Ajmer a Jaipur es una de las más transitadas de la India. Es la principal vía entre Delhi y Bombay; lo que quiere decir que si con diez vehículos la carretera es peligrosa, con cientos de vehículos la conducción es aterradora. Por centímetros, no fuimos estadística de accidente y crónica local, y si bien con el paso de los días creías acostumbrarte, cada vez que a escasos metros de ser insecto contra el cristal, de chocar con un autobús, un coche o un camión, Dinesh viraba en volantazo de arte marcial hacia un lado, respiraba. Durante el trayecto pasé miedo, mucho miedo... Los autobuses, los camiones abandonados en la cuneta no contribuían a calmar un cuerpo que era tensión. Los animales cuyas tripas alfombraban el asfalto, las aves carroñeras que aguardaban el momento de limpiar el recuerdo de que allí algo pasó, eran ya tan familiares como el sol abrasador.

Dinesh me había contado que en esa carretera ocurrían más de cien accidentes diarios; me parecían pocos: en las estadísticas del país se manejan cifras por encima de los doscientos mil accidentes anuales.

Cincuenta kilómetros antes de llegar a Jaipur, nos detuvimos a echar gasolina y a tomar un té en un dhaba atestado de hombres con turbantes rosas que hablaban de forma muy animada. En ese momento me hubiera gustado ser uno más de ellos: son cosas difíciles de explicar. Cuando entramos en Jaipur, Dinesh me dio la bienvenida a su ciudad. Se le veía contento, orgulloso de mostrarme la capital de Rajastán. Al fin y al cabo, iba a dormir en casa. Hablaba un poco más. Me daba la impresión de que se limitaba a leer los letreros porque chapurreaba su inglés, más ligero. Días antes, le había dicho que el programa y los horarios en Jaipur los planificase él. Sin embargo, finalmente lo tuve que hacer yo. Le faltaba iniciativa para ello. Procuré dejarle bastante tiempo libre para que pudiese estar con su familia y, de paso, poder descubrir cosas por mi cuenta.

Jaipur es una ciudad agobiante. Hay más de dos millones de habitantes que viven al borde de una histeria colectiva. Viniendo como veníamos de zonas más tranquilas, Jaipur me recordó al primer día de Delhi: un lío. Es una de las pocas ciudades urbanizadas de India, con cuadrículas casi perfectas y, como muchas otras, tiene su propio color; en este caso el rosa, un rosa embarrado.

Vivían y viven bien los maharajás de la India. Paseando por la Ciudad Palacio de Jaipur y por el observatorio de Jantar Mantar, uno se da cuenta del poder que tenían y tienen y que contrasta con el resto de la población que les respeta y venera. Son como señores feudales, como reyes de ciudades o príncipes de cuentos que saben que no deben someterse a las urnas para seguir gozando de sus privilegios. Practican el mecenazgo, más para alimentar el ego que para admirar el placer de una obra de arte aunque, como en todo, hay excepciones; se rodean de los mejores artistas que los representan muy cerca de los dioses, siempre victoriosos, siempre más grandes: todo un ejercicio de marketing clásico. A los últimos y actuales maharajás se los puede ver posando en fotos junto a figuras políticas como es el caso de Ghandi, de Indira Ghandi, o Bill Clinton, al que en muchos pueblos siguen considerando el presidente de Estados Unidos. Incluso llegué a ver una foto en Fort Amber del anterior maharajá junto a Franco.

Le había dejado elegir a Dinesh mi alojamiento, y aunque tenía pensado dormir en un lugar que me costaba la mitad y tenía buenas referencias, opté por su sugerencia: una haveli propiedad de familiares del Maharajá que era un remanso de paz en medio del bullicio de la ciudad. Una de las razones por la que me quedé fue por la acogedora biblioteca victoriana, que albergaba cientos de libros encuadernados en tapas duras, y un mullido sillón de color rojo en el que intencionaba sentarme en algún momento a tomar el té y leer alguno de esos libros de lomos grabados a fuego que allí se encontraban.

Por la tarde, y después de haberme bañado en la piscina, subimos a Tiger Fort, un palacio situado en la cima de una montaña y cercano al complejo Amber desde el que se veía perfectamente la ciudad en todo su grandiosidad: era una pena el estado en el que se encontraba el palacio, con estancias en ruinas, paredes con garabatos, manchas, cascotes y, en algunas áreas, basura. Otra vez una India dejada, abandonada. Amenazaba lluvia y parecía ser inminente porque los ocultos pavos reales eran ya silencio entre la maleza.

Atravesamos, entre un tráfico agobiante, la ciudad hasta llegar a Galta, un lugar lleno de templos y de monos: otra vez los animales cerca de la religión. Llovía, y el calor húmedo se metía en los huesos haciendo incómodo el caminar. Un universo de monos malolientes aguardaban en la puerta, esperando que pagases la entrada en plátanos y frutos secos. Saltaban y gritaban como posesos, buscando el lugar donde ocultabas la comida. Los primates habían hecho del lugar su particular palacio y se los veía por todas partes, encaramados de acróbatas en los templos. Templos por otra parte repletos de pinturas con una riqueza asombrosa, cuyos motivos en algunas partes no parecían hindúes. Subiendo hasta el manantial que se encontraba en la cima, había dos pequeños estanques a modo de alberca en el que los hindúes se bañaban y divertían. Un lugar muy especial.

Cenando en el terrado de un restaurante, cayó un aguacero que nos obligó a camareros y a mí a refugiarnos en una deprimente sala contigua al comedor. Me consolé bebiendo dos cervezas. Cuando abandoné el restaurante, la calle por la que había llegado, además de negra, estaba anegada. Tuve que buscar con mi linterna puntos de apoyo donde pisar y escapar dando saltitos. El agua venía acompañada de flotas de nauseabundos desperdicios que encallaban en los laterales, creando nuevas costas e islas, no precisamente de vegetación: más basura.

Como en India —supongo que fuera de tu entorno— te tomas las cosas de forma diferente, esta aventura me recordaba al juego ese que jugaban las niñas hace ya muchos años y que consistía básicamente en dar saltitos sobre una cuadricula dibujada, después de dar una pequeña patada a una piedra. La piedra no podía salir de la cuadrícula. Yo tampoco. «La pieza» creo que se llamaba el juego.

En el camino de regreso a la haveli, en las aceras; miseria y cadáveres vivos.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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