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Gente con mala suerte

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Reposaba en el jardín del hotel tomando un té, escribiendo mi India, la que estaba viviendo, la mía. El calor hacía incómodo el día y no había tenido más remedio que salir de mi habitación, que se había convertido en un infierno; los apagones y los cortes de suministro de electricidad eran habituales. Pasaba en cualquier sitio, en cualquier momento, estuvieses en un hotel de cinco estrellas o en una pensión: no había electricidad; desconozco si por decisión gubernamental o por deficiencia del sistema eléctrico. El Pushkar Palace, el mejor hotel del pueblo, que sinceramente elegí por las vistas del lago, no era una excepción. Soy un caprichoso: lo sé, pero mientras lo pueda hacer lo haré.

Había quedado con los catalanes para cenar y como aún faltaban algunas horas para nuestro encuentro, escribía bajo una despalmada palmera, que no ofrecía más que compañía. El calor y el sudor emborronaban mis intentos de reorganizar mis apuntes, mis ideas. La tinta se corría y convertía en acuarela abstracta un cuaderno que guardaba en desordenada caligrafía no los recuerdos sino los pensamientos de un alma que cada vez era más India. Sabiendo que la electricidad aún tardaría en llegar, me quedé en el jardín del hotel dando palique al camarero que me había servido el té, el cual estaba más interesado en utilizar mis prismáticos que en responder a mis preguntas sobre el funcionamiento del sistema energético en la India. Lo intenté con la feria de camellos y nada; sus respuestas eran lacónicas. Viendo que eso se iba a convertir en un monólogo de besugo, me fui a mi habitación con la intención de darme un remojón que enfriase la temperatura de un cuerpo que había permanecido más de tres horas en la sauna: la sauna india. Para mi sorpresa, había luz en la habitación. Me rocié de lluvia enlatada y puse el aire acondicionado a media potencia, no fuese que por un exceso, produjese un apagón.

Cuando ya era de noche fui a buscar a los catalanes. Al llamar a su puerta, la voz de él sonaba apagada, insegura. Me dijo que aguardase, que iba a ponerse algo. Me abrió. Una cara inexpresiva me comentó que estaban hechos polvo; habían pasado una tarde muy mala. No sabían si saldrían a cenar. Les dije dónde tenía intención de hacerlo. Si se animaban bien; si no, buen viaje. Antes de cenar, me acomodé en una «tienda-bar-restaurante-aquí hay de todo» donde el dueño y yo nos saludábamos ya con el juego de manos de quien se conoce de toda la vida. Sin pedir, me trajo una botella de agua, ni caldosa ni helada: una botella perfecta para ver pasar a medio Pushkar y a los pocos turistas que paseaban por las terrosas calles. A muchos se les notaba el miedo en el andar cuando alguien se acercaba a ellos. Era entretenido ver como alternaban la mirada unas veces hacia el suelo, otras hacia el cielo acelerando el paso sin saber, que esa era la mejor manera de entrar en la gran emboscada india, la de «tú actúa así, e irás dado». El trago final, el paso de una boda, con el novio subido a un caballo que era jaleado por un grupo de hombres mientras los músicos, vestidos de retales de orquesta de circo, intentaban seguir la música que salía de los megáfonos de una especie de camioneta, cuya música ya hacia rato que había pasado.

Cuando llegué al restaurante, me senté en el jardín. Los camareros italo-tibetanos me trajeron una carta mitad italiana, mitad india, mitad china, mitad indescifrable. Cuando interpretaba el menú, llegaron los catalanes y comenzaron a pormenorizar lo que había pasado: habían decidido comer en el restaurante de Rajú otra vez y, por supuesto, tomarse un bhang lassis, pero de los fuertes, de los que realmente ponían. Contentos con la experimentación, decidieron tomar dos y habían regresado al hotel en las horas de mayor calor; unos cuarenta y seis grados. El gran subidón les debió dar en la habitación cuando se fue la luz, y por lo visto fue una autentica pesadilla. Ella, con ojos de quien acaba de traspasar el umbral de la casa del terror, me contaba que se había tirado en el suelo del cuarto de baño y en desorbitada alucinación veía volar sus piernas. Le entraban risas y depresiones alternadas, en tanto que él vivía y revivía una y otra vez las escenas. Había llamado a la recepción para que arreglasen el problema de la luz, ¡Iluso! y cada vez que abría la puerta, se encontraba al mismo camarero que le decía que en media hora estaría solucionado el problema. ¿Su expresión?; no tenía. Durante la cena, aún estaban bastante tocados, y al relatarme su experiencia descordinaban bastante al hablar; especialmente ella. Ya sabían lo que era el panco. Era buena gente, pero India ya les había jugado otras malas pasadas. Habían llegado desde Jaipur, donde permanecieron convalecientes más de cuatro días en el hotel con goteo por una intoxicación; tuvieron algún problema en Agra, y en Delhi habían sufrido con la miseria y la confusión de la ciudad: unos tipos con suerte. Tenían intención de coger un autobús hasta Jaisalmer y luego hacer escala en Jodhpur antes de tomar un tren hasta Kerala. Permanecerían más de cuarenta y ocho seguidas en el tren. Una auténtica burrada. Ojalá les fuese bien. ¡Parecían tan vulnerables!

Regresando al hotel, disfruté de una de las estampas que me parecieron más conmovedoras de cuantas vi: ver a la gente mientras miraba la televisión. En la oscuridad de la noche india, y en diferentes puntos del pueblo, se sucedían los sonidos y las imágenes de televisores, generalmente en blanco y negro, que eran contemplados por grupos de niños que observaban cómo los héroes del celuloide ganaban batallas, al tiempo que ellos gesticulaban pegando teatrales puñetazos al aire. Era un corte de «Cinema Paraíso», un extracto del Nodo, una evocación a la posguerra, de cuando el mundo, a pesar de la derrota, tenía ilusión. Aquellos que no tenían televisor o no habían sido invitados a la sesión miraban a una cierta distancia. No sólo niños sino también adultos que seguramente nunca dejaron de ser niños.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

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