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En tierra de Brahamanes

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Pushkar es uno de los lugares más sagrados para los hindúes. Fuera de la India, es más conocido por su grandiosa feria de camellos que tiene lugar en noviembre durante la fase de luna llena y en la que se juntan ganaderos y comerciantes de todo el Rajastán.

Pushkar se hizo historia cuando Brahma arrojó una flor de loto para matar un demonio. En los lugares donde cayeron los pétalos brotó agua en medio del desierto, formando tres lagos. Según la tradición, en el más grande de ellos Brahma consiguió reunir a todo el panteón de seres celestiales: unos ochocientos mil, dios más, dios menos según cuenta mi guía. A partir de ahí, Pushkar se convirtió en un lugar de peregrinación. Existen más de quinientos templos y cincuenta y dos ghats, uno por cada maharajá de Rajastán. Los sacerdotes Brahmanes, cuando paseas por los ghats, te «invitan/obligan» a hacer un donativo que, en algunos casos, puede ser desproporcionado, para realizar puja en alguno de los templos que asoman a la orilla del lago. Una vez que has hecho el donativo, te colocan una pulsera, de tal manera que ya ningún sacerdote más te pedirá dinero y podrás circular libremente sin ser molestado, por otros ghats. Se podría considerar un salvoconducto, un «éste ya ha pagado».

Había decidido quedarme un día menos en Pushkar sobre los tres previstos, más que nada porque se ve en unas horas, porque es muy turístico y por contar con un día de «por si acaso»: por si acaso me quedaba tirado en algún lado, por si acaso enfermaba... Pushkar es un lugar precioso, mediterráneo: rodeado de montañas y desierto. Pushkar es un lago rodeado de ghats y templos en blanco que se reflejan en las aguas y que serenan tu espíritu mientras al fondo se oyen cánticos de las numerosas ceremonias que tienen lugar en los atardeceres del pueblo. Desde el jardín del hotel, escribía esto o aquello. Desde mi habitación, las vistas eran tan cautivadoras que quería envejecer viendo solo los cambios de luz y movimientos de los fieles en los ghats. Este deseo no tuvo nada que ver con el bhang lassis que, en compañía de dos catalanes, probé en un arrebato de experimentación y «a ver qué pasa».

Pushkar es un lugar totalmente vegetariano y no se encuentra carne en ningún lado, además de estar prohibido el alcohol. Ocurre en muchos lugares de India, lo que a mí no me importaba, si bien, de vez en cuando me apetecía una cervecita. Lo que sí encontrabas era bhang lassis que te era ofrecido en cualquier puesto de la calle; nada de estraperlo.

El lassi es una especie de batido de yogur o requesón. Es muy popular entre la población india. Se suele tomar frío y admite varios sabores y combinaciones, siendo los más caros el de banana y el bhang lassis que contiene marihuana y por lo que cuentan sólo se toma en Pushkar y Varanasi de forma totalmente legal: curiosamente dos de las ciudades más sagradas de la India.

El bhang lassis es un lassi hecho con hojas de marihuana molidas y puedo asegurar que te deja un poco trastornado: no es que pierdas el sentido, ni tan siquiera un mareo, pero te da la sensación de que no tienes nada controlado y esto, en India, se puede convertir en un problema.

Rajú, el camarero del restaurante que nos lo sirvió, lo preparó suave, previendo los efectos que nos podría causar. A diez metros, unos americanos a los que se lo había preparado más fuerte, con más «maría», desvariaban en borrachera tonta, de adolescente baboso. Estaban bastante idos, bastante «distraídos». De vuelta al hotel, las piernas me flojeaban un poco, así que, en cuanto llegué, me duché y me tumbé en la cama. Me costó dormir. A la mañana siguiente, con la resaca de una boca de gusto seca, recorrí los ghats, los templos, las calles... A pesar de los inevitables comisionistas, los vendedores y otros personajes que creen que van sobrados por la vida, Pushkar era un sitio muy tranquilo. Me llamó la atención que fue el único lugar donde las mujeres quisieron darme la mano. Y después, la brasa.

Paseando por la calle principal, me detuvo un peluquero-masajista. Tenía curiosidad por saber qué era un masaje de cabeza; lo había visto anunciado en numerosos carteles, y Baba, que así se llamaba el peluquero, tan insistente y simpático que no pude resistir la tentación de probar tan eficaz remedio para mi cabeza. Después de una negociación relajada, de risas, de esas que pareces decir «si ya me has convencido», en la que ampliamos el masaje a espalda, cuello, brazos y manos, nos introdujimos en su vieja peluquería.

La peluquería era de las de cliente único: solo un cliente y otro en espera. No había más espacio. En las paredes, varios carteles de dioses coloreados tapaban las agrietadas paredes; un armario amarillo pintado de líneas de flores, un sillón de barbero y un espejo, que reflejaba borroso, como toda decoración.

La experiencia no sé si fue terapéutica; pero divertida sí lo fue: mientras Baba —con su cara de niño con bigote— me daba el masaje y comentaba las bondades de sus tratamientos, intercalaba ofertas de hachís, piedras preciosas y, en general, cualquier cosa que se pudiese vender en el pueblo. Como no demostré interés por ninguna de las especiales ofertas que hacía a sus mejores clientes, y yo ya lo era, la conversación derivó hacia otros temas menos comerciales pero más interesantes. Cuando acabó el pringoso servicio —los dos teníamos el día por delante y hablador—, me invitó a té y compartimos mi último cigarro en caladas lentas y profundas. Me pidió que recomendase sus servicios a otros turistas. Quería ganar dinero para que sus dos hijos estudiasen. No quería que acabasen en la peluquería; peluquería heredada de su padre, que a su vez la había heredado de su abuelo que a su vez...

Me gustaba que me timasen así. Me cobraban a precio de diez y pensaban que me sacaban el dinero, sin saber que yo les sacaba el alma. Y eso, no se pagaba con dinero.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

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