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Deudas que nunca se pagarán

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Todavía nos quedaban tres horas para llegar a Ajmer. La carretera se hacía pesada por el tráfico y la dureza de unas curvas que obligaban a reducir la velocidad. De vez en cuando quitábamos el aire acondicionado: la hija de Dinesh no se encontraba muy bien. Estaba inquieta, tosía. En ocasiones acercaba la cabecita al respaldo de su padre y comentaba algo. Por lo que pude oler y colegir, tenía una urgente necesidad de ir a un aseo. Nos desviamos un kilómetro de la carretera hasta llegar a un desastrado dhaba. A pesar de la tardía hora, un grupo de camioneros almorzaba verduras deslucidas y arrugadas por el fuego en unas pequeñas bandejas metálicas y las moscas abrevaban en los restos de las mesas que aún no habían sido ni recogidas ni limpiadas. Cogida de la mano de Dinesh y seguida a una prudente distancia por su madre, la niña se perdió en el interior del mugriento restaurante. Encargué té. Un chico se acercó a la pringosa mesa restregando un trapo que conservaba restos de comidas pasadas y que dejaba un olor repugnante, de vómito. Le hice limpiar otra vez.

Viendo la imagen de Dinesh y su familia me acordé de un poema de Johnny Welch, un ventrílocuo mexicano que en una de sus estrofas decía así: «He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño por primera vez el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre» ¡Qué gran verdad! Y qué injustos somos los hijos con los padres. Pensaba en lo difícil que es la educación de los hijos; en los complejos mecanismos que conforman el carácter de los seres humanos desde que nacen hasta que mueren; en lo crueles que todos hemos sido alguna vez con nuestros padres cuando no estábamos de acuerdo en algo; en las preocupaciones que hemos creado... Aunque también pasa al contrario y muchos niños quedaron, quedan y quedarán marcados por la intransigencia de unos padres que obligan a sus hijos a convertirse en clones suyos o a ser robots sin más ambición que la de sus progenitores.

Me acordaba de mi padre, fallecido años atrás y cuyo espíritu en mí siempre seguirá vivo. Imaginaba la soledad de una madre preocupada por las andanzas de un hijo que le salió viajero. Enumeraba los valores que me habían transmitido desde pequeño y con los que hoy me siento muy confortable: de mi padre aprendí la honradez, el respeto por las ideas y las personas, la humildad, el sentido común, la justicia y la generosidad. De mi madre la pasión, el sacrificio, la adaptación a las circunstancias, a aguantar con resignación la derrota, a creer en la esperanza, a ceder cuando es necesario y a imaginar un mundo mejor. De los dos, el gusto por las cosas hermosas, por la vida.

Cuando regresaron, Dinesh se disculpó. No había de qué disculparse. Pedimos más vasos y fuimos mareando y haciendo malabares con el té pasándolo de vaso en vaso para enfriarlo. Lo bebimos rápido. Su mujer podía perder el autobús hasta Jaipur. Pregunté qué se debía; pero Dinesh no me dejó pagar.

Sólo tenía una deuda pendiente, una que nunca podré saldar, ni nadie me exigirá: es una deuda con mis padres, una deuda de gratitud que por muchos años que viva nunca podré ya pagar.

Si algún día tengo hijos, procuraré transmitir esos y otros valores llenos de humanidad. Serán el mejor legado que pueda dejar.



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