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Templo de Nathwara

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Me había preguntado Dinesh día atrás si no me importaba que su mujer y su hija pequeña nos acompañasen desde Udaipur a Ajmer, donde ellas tomarían el autobús hasta Jaipur. Le dije que sí, y allí estaban los tres, esperándome en la puerta de la haveli para arrancar. La mujer, muy bajita, muy tímida, sin mirarme nunca directamente a los ojos ni acercarse demasiado a mí. La niña, más curiosa, me miraba con la cabeza inclinada y las pupilas hacia arriba: ¿Por qué los niños miran así...? De vez en cuando se dirigía a su padre para comentarle cualquiera de mis movimientos. Dinesh, que generalmente no hablaba cuando conducía, ese día habló mucho más, pero pienso que fue porque quería demostrar a su mujer que él hablaba inglés. Y la realidad es que no tenía ni pajolera idea. Yo no sé mucho, para ir tirando, pero es que lo que él hablaba, lo hablaba mal y con acento hindi: muchas veces no me enteraba de nada y tenía que preguntarle varias veces, cosa que no me ocurrió con otros indios que hablaban inglés. Es más, algunos decían que yo lo hablaba bien: ¡Qué cachondos!; y, además, ¡pelotas!

India no es un cajón de sorpresas: es la sorpresa constante. Visitando el templo de Nathwara, un templo dedicado a Krishna, tuve otra de esas experiencias que algunos calificarían de místicas, pero que yo las clasifico del tipo ¿dónde me he metido?

Según la leyenda, y la India es historia escrita en la leyenda, una imagen de Krishna estaba siendo trasladada desde Mathura a Udaipur y el carro que la transportaba quedó hundido en el fango. Esto fue interpretado como una señal y entonces construyeron el templo de Nathwara. Así de sencillo. ¿Para qué adornarlo?

Al final, todas las religiones tienen sus milagros y hechos transcendentes.

Para visitar el templo contraté a un fulano que, por supuesto, no sabía inglés y se tenía que apoyar en Dinesh para la traducción. En ocasiones, no sé por qué, entendía lo que quería decir y no sé hindi. Milagros de la comunicación.

A la entrada del templo, y tras dejar los zapatos, me rodearon nuevos mendigos —mendigos de siempre—, gente hecha polvo que se llevaba la mano a la boca en señal de petición de dinero: deformes, humildes, expresivos, sinceros, los mendigos de la India viven la vida a ras de suelo, como si su condición de casta baja no les permitiese levantarse más que para suplicar unas pocas monedas.

A mí con los mendigos, con los niños, con la gente que pide, se me puede dilatar o contraer el corazón en cuestión de segundos. Dependiendo del instante puedo ser desproporcionado llenando las manos de monedas o negarme en rotundo a dar una mísera rupia: llega un momento que no puedes repartir limosna a todo el que la pide. Me gustaría en esos momentos tener sacos en lugar de bolsillos, sacos llenos de monedas que no se vaciasen nunca; pero lo que no puede ser, no puede ser.

Cuando me estaba descalzando sentado en el suelo, me acordaba del templo de las ratas, y la limpieza de éste no era muy diferente, por lo que al quitarme los calcetines me dije: ¡De perdidos al río otra vez! Al principio me sentía incómodo caminando descalzo por el templo, pero a medida que andaba sobre el negro gris pavimento, me sentía mucho mejor. Una sensación rara, de libertad, de energía. Visité todas las dependencias, incluso las oficinas del templo donde se administraban las donaciones que se hacían con dinero, con alimentos, aceite, leche...

Y hablando de leche, reconozco que soy una de las personas más torpes del mundo y que puedo crear situaciones absurdas o divertidas según se mire. A mi gran capacidad para tropezarme con cualquier obstáculo, asunto que a los que lo ven les suele producir una profunda hilaridad, y que personalmente no me hace mucha gracia; pero que tan poco doy demasiada importancia —toda vez que puedo hacer feliz por unos momentos a la gente— se une ya la torpeza en estado puro, que en el templo de Nathwara estuvo a punto de crear un conflicto de religiones o, cuanto menos, un total desprecio por parte de los numerosos hindúes que vieron la escena. Mientras visitaba el templo, y antes de esperar cerca de una hora para la ceremonia final de la adoración a Krishna a la que asistiría —no me la podía perder, repetía Dinesh—, se me acercó un hombre con una especie de vasija o cántaro similar al que llevan los Shadus para solicitar su óbolo. Me habló en hindi como si yo fuese un experto en la lengua local. Ante la insistencia de lo que yo entendí como una petición formal y en toda regla de una donación para el templo, accedí a echarle unas monedas en la vasija, que en lugar de contener monedas, contenía ¡leche! Ver la cara del tío y después la mía debió ser todo un poema: él miraba consecutivamente al interior de la vasija y a mí, con movimientos de cine cómico —de Harold Lloyd y Buster Keaton—, con una expresión parpadeante en su rostro que no creía lo que acababa de ocurrir; era imposible que hubiese sucedido. Yo, por mi parte, mantenía una cara de ojos agrandados, cándidos, que suplicaba perdón por la metedura de pata, aunque confieso que a punto estuve de partirme de risa cuando vi como intentaba sacar las monedas pescándolas una a una, mientras un improvisado ayudante sujetaba la vasija. Afortunadamente no se lo tomó muy mal: los indios son muy pacíficos. Conseguí saber que lo que estaba pidiendo era dinero para llenar la vasija de leche y ofrecerla al templo. Aclarado el malentendido, y después de rellenar el recipiente, fuimos juntos agarrando conjuntamente la vasija al lugar donde en enormes cántaros —cántaros de los de lechero antiguo— se vertía la leche de las ofrendas para su posterior reparto. Para rematar la faena, nos hicimos una reverencia de despedida que acabó en choque de cabezas, mutua disculpa y contradicción. Un poco confundido por lo que había ocurrido, y antes de poder asimilar lo que había pasado, Dinesh me llevó al lugar donde se hacía la puja, ofrenda o saludo a los dioses: en muchos templos visten, enseñan, pasean y acuestan a los dioses. Algo parecido a lo que hacían en España las mujeres solteronas, y cuya tradición se está perdiendo, excepto en algún pueblo o donde existen imágenes muy veneradas; solo que en los templos hindúes, son los sacerdotes del templo. El caso es que, de repente, nos vimos absorbidos por una multitud enfervorizada que nos adentraba en el templo sin posibilidad de huida, sin posibilidad de marcha atrás: éramos un inmenso puzzle formado por músculos y huesos que resbalaban por el sudor de unos cuerpos cada vez más histéricos. Sentí miedo: las avalanchas nunca me han gustado, y menos cuando uno es el único que mantiene la cordura y ve, impotente, como puede morir aplastado en un momento de exaltación de la fe. Afortunadamente, esta muestra de devoción no duró más de dos minutos y consistió, básicamente, en gritar y decirle cosas a Krishna. Vamos, como lo de ¡Macarena guapa!, pero en versión masculina e India.

Mientras Dinesh y su familia comían, me entretuve en ver cómo cocinaban en el restaurante —por llamarlo de alguna manera— donde almorzaron.

La cocina India se caracteriza por la rapidez en la preparación: primero fríen la cebolla, y luego, poco a poco, van añadiendo especias y otras verduras, dejando para el final el tomate y mezclándolo todo en menos de tres minutos. Mientras esto ocurre, en un horno Tandori, similar a una gran tinaja recubierta por todos lados, se van preparando los chapatis y algunas patatas. Los no vegetarianos hacen allí el famoso pollo Tandori: cocina india versión «fastfood».

Antes de continuar nuestro camino di permiso a Dinesh para que fuese a comprar con su mujer. Yo necesitaba tiempo para digerir el Templo de Nathwara.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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