Fiesta, lujo y un suizo
Como final de mi estancia en Udaipur y parte de mi cambiante programa, había reservado una noche para cenar en el mítico hotel Lake Palace. Salí de la haveli intentando esquivar una paloma que había hecho del pequeño túnel de entrada su hogar, y que cada vez que lo atravesaba, batía las alas pegándome unos sustos de muerte. Remontando la calle que me conducía hasta el templo de Jagdish, me extrañó ver los comercios, que en días anteriores estaban abiertos, con el cierre echado; continué doblando esquinas repletas de hoteles y restaurantes que anunciaban «Octopussy» —la película de James Bond que fue rodada en Udaipur y otras ciudades de
Me fui a cenar al Lake Palace. Una inspección ocular y una llamada fueron suficientes para salvar las reticencias del empleado de un hotel que se jactaba de ambiente elegante y exigencia de corbata. Por supuesto, no la llevaba. Un polo y un vaquero, no nuevo ni demasiado descolorido fueron suficientes para franquear la puerta del lujo que en India siempre es decadente: seguramente en temporada alta hubiese sido rechazado sin contemplaciones. Para llegar allí, me recogieron en una lancha y fui atravesando el lago Pichola mientras el Palacio Real y otros edificios parecía que iban a caer sobre el lago en cualquier momento.
En la mesa más cercana a los músicos, terminando de cenar y siguiendo unos dedos que jugaban con el traste de un sitar, estaba Marc, un suizo al que había conocido cenando en el restaurante del hotel Sayat Niwas la noche anterior. Al finalizar su cena, y en un descanso de los músicos, me pidió permiso para sentarse a la mesa y charlar un rato conmigo. Estuvimos conversando un buen rato; en inglés primero y luego en francés al ver que en esta lengua tanto él como yo hablábamos con más fluidez. Marc era una persona a la que el mundo Internet lo había dejado en el paro como a mí: aunque en realidad pienso que quienes nos dejaron en el paro fueron esos analistas y adivinos económicos que, previo pago de importantes sumas, juegan con negras bolas de cristal a desdecirse cuando se equivocan en las previsiones, sin importarles un comino cuántas familias, cuántos cadáveres dejan en el camino. Analistas de salón que no bajan a la arena para que nunca les salpiquen los problemas que, en ocasiones, ellos mismos crean; pero el mundo funciona así: raro...
Después de Udaipur, Marc se dirigía a Bangalore. Allí, se encontraría con antiguos compañeros con los que había estado cruzando correos electrónicos durante los dos últimos años: India es el segundo exportador de software a nivel mundial, y algunos de los mejores programadores se encuentran allí. Había aprovechado ese parón laboral para conocer a aquellos con los que había estado «tirando código» y analizando los requisitos de un nuevo software de Internet que acelerase la descarga de archivos multimedia y, de paso, conocer las Cuevas Ajanta y Ellora en el vecino estado de Maharashtra. En Suiza era solo trabajar.
Nos despedimos de compromiso. Sabíamos que no nos volveríamos a ver. Era un buen tío, buen conversador, muy inteligente; aunque bastante suizo, bastante reloj. De regreso a la haveli, caminaba por unas calles apagadas y vacías, donde dos horas antes, miles de personas adoraban a Visnhu. Las únicas almas vivientes éramos las vacas, los cerdos, los perros y yo.



