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Fiesta, lujo y un suizo

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Como final de mi estancia en Udaipur y parte de mi cambiante programa, había reservado una noche para cenar en el mítico hotel Lake Palace. Salí de la haveli intentando esquivar una paloma que había hecho del pequeño túnel de entrada su hogar, y que cada vez que lo atravesaba, batía las alas pegándome unos sustos de muerte. Remontando la calle que me conducía hasta el templo de Jagdish, me extrañó ver los comercios, que en días anteriores estaban abiertos, con el cierre echado; continué doblando esquinas repletas de hoteles y restaurantes que anunciaban «Octopussy» —la película de James Bond que fue rodada en Udaipur y otras ciudades de la India— y cuya proyección era reclamo para turistas. Llegando al templo de Jagdish, percibí que algo estaba pasando: el templo de Jadgish, iluminado de árbol de navidad, rebosaba de gente que aguardaba la llegada de algo parecido a una procesión. Las escaleras del templo estaban atiborradas de mujeres que lucían saris de todos los pantones imaginables. Esa noche, todas las mujeres de Udaipur debían estar en la calle. Los llamativos saris —el de diario siempre era más triste— se alineaban en bulliciosas calles a la espera del paso de una carroza sagrada que medía más de veinticinco pies trabajada en plata, y en cuyo interior reposaba la azulada figura de Vishnu. Un verdadero acontecimiento en una ciudad controlada por una policía y ejercito que, serios, arrimaban a la gente a las aceras de una ciudad que se había vestido de fiesta. Los niños galopaban en avalancha por la calle y se adelantaban con alegres alaridos a la procesión para avisar al gentío de la llegada de Vishnu —El manifestado en la tierra nueve veces— y su comitiva, convirtiéndose en improvisados pregoneros que anunciaban la llegada del dios de cuatro brazos. Estaban contentos, muy excitados, de sudor sucio en las mejillas y olor caliente. A lo largo de la calle había unos tableros con vasos colmados de un líquido rosa que debía ser lassi de fresa y que era refrescante avituallamiento para los niños. Tras su paso, sólo quedaban berretes y vasos de plástico. A modo de cordón de seguridad, la policía había pintado en los bordes de la calzada una línea rosa que era más decorativa que otra cosa: la línea era constantemente rebasada por la muchedumbre que parecía que, de un momento a otro, iba a entrar en trance. El aire era tensión y, por momentos, creí que el mundo iba a explotar como fuego artificial cuando la procesión se acercaba al lugar que había elegido para observar su paso. El desfile, procesión, paseo del Dios o como lo llamen allí, iba precedido de un hombre que portaba un estandarte, seguido de un elefante pintado; después carretas tiradas por camellos o remolcadas por tractores y cientos de mujeres con una especie de vasija, similar a las que se utilizaban para las ofrendas en el templo. Había varias orquestas de música, lo que significaba que la procesión era importante: he de aclarar que la orquesta consistía en un pequeño camión con altavoces que emitía música por unos megáfonos, y no más de ocho músicos que tocaban la misma música: al menos eso es lo que creían ellos, porque no había visto orquesta más desafinada en la vida. Lo más divertido era ver el generador eléctrico que llevaban detrás del camión para iluminarlos. Como si fuese un paso de procesión más, tirado por dos hombres de la orquesta, el deteriorado generador desprendía a partes iguales humo y carraspeos. Una imagen cómica, tierna y de risa: Otra India. Las niñas bailaban como peonzas. Eran círculos de saris que aún no habían perdido la inocencia. Con el paso de los últimos carros abandoné mi privilegiada posición de primera fila: había elegido una curva donde podía ver, desde diferentes ángulos, el paso de la procesión.

Me fui a cenar al Lake Palace. Una inspección ocular y una llamada fueron suficientes para salvar las reticencias del empleado de un hotel que se jactaba de ambiente elegante y exigencia de corbata. Por supuesto, no la llevaba. Un polo y un vaquero, no nuevo ni demasiado descolorido fueron suficientes para franquear la puerta del lujo que en India siempre es decadente: seguramente en temporada alta hubiese sido rechazado sin contemplaciones. Para llegar allí, me recogieron en una lancha y fui atravesando el lago Pichola mientras el Palacio Real y otros edificios parecía que iban a caer sobre el lago en cualquier momento.

En la mesa más cercana a los músicos, terminando de cenar y siguiendo unos dedos que jugaban con el traste de un sitar, estaba Marc, un suizo al que había conocido cenando en el restaurante del hotel Sayat Niwas la noche anterior. Al finalizar su cena, y en un descanso de los músicos, me pidió permiso para sentarse a la mesa y charlar un rato conmigo. Estuvimos conversando un buen rato; en inglés primero y luego en francés al ver que en esta lengua tanto él como yo hablábamos con más fluidez. Marc era una persona a la que el mundo Internet lo había dejado en el paro como a mí: aunque en realidad pienso que quienes nos dejaron en el paro fueron esos analistas y adivinos económicos que, previo pago de importantes sumas, juegan con negras bolas de cristal a desdecirse cuando se equivocan en las previsiones, sin importarles un comino cuántas familias, cuántos cadáveres dejan en el camino. Analistas de salón que no bajan a la arena para que nunca les salpiquen los problemas que, en ocasiones, ellos mismos crean; pero el mundo funciona así: raro...

Después de Udaipur, Marc se dirigía a Bangalore. Allí, se encontraría con antiguos compañeros con los que había estado cruzando correos electrónicos durante los dos últimos años: India es el segundo exportador de software a nivel mundial, y algunos de los mejores programadores se encuentran allí. Había aprovechado ese parón laboral para conocer a aquellos con los que había estado «tirando código» y analizando los requisitos de un nuevo software de Internet que acelerase la descarga de archivos multimedia y, de paso, conocer las Cuevas Ajanta y Ellora en el vecino estado de Maharashtra. En Suiza era solo trabajar.

Nos despedimos de compromiso. Sabíamos que no nos volveríamos a ver. Era un buen tío, buen conversador, muy inteligente; aunque bastante suizo, bastante reloj. De regreso a la haveli, caminaba por unas calles apagadas y vacías, donde dos horas antes, miles de personas adoraban a Visnhu. Las únicas almas vivientes éramos las vacas, los cerdos, los perros y yo.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

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