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Títeres

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Llamaron a mi habitación. Tres toc-toc y un «¿se puede señor?», interrumpieron mi ducha de agua fría. Ciego de jabón, enrollado en una toalla colocada de griego, de romano en las termas de Caracalla, me deslicé como patinador hasta la puerta, dejando tras de mi un reguero de agua y espuma que sugerían hubiese sido babosa en mi anterior reencarnación. Una avergonzada voz se escuchó cuando entreabrí la puerta:

— «Mister no sé qué» desea hablar con usted. En el hall del hotel, a las nueve. Al lado de la recepción.

Sin tiempo a reaccionar solté dos «okey». No sabía quien era «Mister no sé qué», no había escuchado bien el nombre. ¿Quién sería? Especulaba sobre la identidad del desconocido personaje. ¿Sería el jefe de Dinesh?, ¿el jugador de ajedrez?, ¿el anciano de Shilpgram?, ¿el Armani de Udaipur, que había intentado venderme trajes de seda por doscientos dólares, y al cual ayudé a escribir una carta en español para un cliente que tenía en Barcelona...? La policía no podía ser, y el alcalde de la ciudad tampoco: demasiado honor. Dispuesto a salir de dudas me reduché, me vestí y aparecí puntual en el hall donde se encontraba «Mister no sé qué», que resultó ser Mister Sachin, el dueño del hotel: alguien le había soplado que había trabajado en el sector turístico y quería intercambiar impresiones sobre el mismo conmigo. Compartimos un té profesional, de trabajo, en el que Mister Sachin comentaba que el turismo en Udaipur en general y el español en particular había caído en los últimos años. Lo achacaba al «11-S», a la guerra de Irak, al Sars, que si bien eran razones suficientes para desviar los flujos turísticos a otros países, él ignoraba que un destino turístico se conforma no sólo con monumentos e infraestructuras hoteleras, sino también con una oferta complementaria adecuada y, sobre todo, con una correcta comercialización: lo que no ocurría con el destino India. A pesar de tener el hotel al diez por ciento —es decir, dos franceses y yo—, era optimista y estaba renovando algunas zonas del hotel. De vez en cuando, se ausentaba para dar órdenes a unos albañiles y pintores que yo hubiera jurado eran los camareros que me servían el café por la mañana en la azotea del hotel.

Era mi tercer día en Udaipur y, prácticamente, me orientaba sin ninguna dificultad por la ciudad. Recorría las calles como un udaipurense más, sorteaba los auto rickshaws en el último momento y me acodaba parlanchín en las pequeñas tiendas donde repostaba de agua mi cuerpo y mi garganta. Me acerqué a Bharatiya Lok Kala, el museo folclórico de Udaipur. Allí, en una pequeña sala, asistí a una representación de títeres: el espectáculo, sin complicados argumentos, como deben ser las historias de títeres, consistía en la representación de una fiesta en el palacio del maharajá en la que títeres de madera con vestidos enjoyados de purpurina, bailaban y cantaban con movimientos casi humanos, al tiempo que el maharajá y sus súbditos comentaban con escandalizados gestos las ocurrencias y libidinosas posturas de los títeres–bailarines: un alborotador niño no paró de reír y gritar durante la función y esto, en un país como India, era un lujo. Me divertí mucho.

Siempre me gustaron los títeres. Recuerdo que en casa teníamos un guiñol en el que mis hermanas representaban historias y los pequeños dejábamos nuestra paga de los domingos. Eran funciones de cinco de la tarde, funciones que se hacían con mimo, con cariño: se dibujaban entradas; unos días antes del espectáculo se anunciaba, e incluso se vendían «chuches» contadas. En ellas, lo importante no era la representación, lo realmente importante era el compartir esas tardes de imaginación infantil donde los muñecos siempre eran los mismos; pero las historias diferentes. Años más tarde, supe que las inocentes representaciones infantiles que me entretenían en casa, en el colegio o en las calles escondían, a través de la voz y los gestos de los muñecos, los siete pecados capitales del ser humano: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia, la pereza. En realidad, las manos que los movían, como si de un espejo se tratará, duplicaban nuestra imagen. Eran reflejos del alma.

Ese día, en la vieja sala del museo quise volver a ser niño, regresar a la infancia, y me olvidé de buscar un sentido a la representación.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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