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Arlequin

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 Había amanecido con bruma, una bruma templada que emergía del desaguado lago Pichola y que, horas más tarde, sería humo de montaña. Desde el ventanal de la habitación que negocié en la haveli Jagat Niwas, perdía la mirada en el lago, en los ghats, en el hotel Lake Palace. Me gustaba, antes de tomar un café en la azotea, regodearme con un paisaje al que sólo le faltaba más agua: la lluvia, el monzón, habían pasado de largo los últimos tres años y los lagos eran agua y estepa verde donde los búfalos pastaban de sabana africana. Era uno de esos días al que le sobra temperatura y le falta un jersey en el que contraerse mientras te llenas de montaña o de mar: un día de Comillas, de Santillana; un día de Cantabria.

Llevaba casi quince días en India y ya casi todo me era familiar: los enormes candados con los que se cerraban las puertas de las habitaciones; unos candados tan grandes como una mano que se podían encontrar en cualquier bazar; los pequeños reptiles, lagartijas indias, que limpiaban tu habitación de insectos; los camareros-espías que vigilaban la propina que iba a dejar; el café granulado, asqueroso, pero necesario, y la dejadez: el desaseo general y abandono de un subcontinente que aguantaba hasta la próxima reencarnación. Pero como India era contradicción —a veces nosotros también—, la visita del imponente Palacio Real de Udaipur me vapuleó en las ideas que subjetivamente concebía, confirmando lo que el señor Singh me apuntó en el aeropuerto de Delhi.

— India es un país contradictorio para aquel que no ha nacido aquí.

La Ciudad Palacio se erguía a la orilla del lago Pichola. Construida en piedra pajiza alberga once palacios edificados por los monarcas de la dinastía Mewar, la más antigua de Rajastán, que nunca se doblegó ante los invasores mongoles. Alguno de ellos convertidos en museos, otros en hoteles, se caracterizan por la riqueza de su interior: Udaipur es uno de los centros más importantes de pintura en miniatura de la India y en el Palacio Real se pueden saborear por centenares, en numerosas dependencias que divulgan la historia de la región.

Son pinturas que narran las biografías de los maharajás, biografías sobre paisajes, paisajes con figuras, figuras desiguales, desiguales escenarios, escenarios de pasión, pasión y tigres, tigres escorzados, escorzados en costados de elefantes, elefantes engalanados, engalanados de batallas, batallas ensalzadas, ensalzadas por artistas, artistas que fueron cronistas, cronistas que fueron pintores, pintores que fueron ojos, ojos que escribieron estampas, estampas en miniatura, miniaturas de la historia...

Zarandeado por las aclaratorias escenas que me devolvieron momentáneamente la objetividad, me introduje en una sala en la que las vidrieras y espejos venidos de Bélgica vestían los rayos de sol de sicodelia de los sesenta e iluminaban un fingido teatro en el que yo encarnaba a un arlequín de mil colores: un criado, un bromista, un individuo anónimo, un comodín, un personaje que volvía el mundo del revés haciendo malabares con los deseos y la realidad, representando una farsa en la que cuestionaba, en histriónicas risotadas, el ser o no ser; una pantomima de la vida en la que todos actuamos movidos por las dudas y por las hostilidades de un mundo que cada día complicamos más; un monólogo sobre el miedo, un poema sobre el yo, un recito sobre el deseo, una lectura interior...

Una nube ocultó el sol. El escenario y mi disfraz se desvanecieron. Sonaron los imaginados aplausos: había acabado la función.

Salí del palacio. La máscara de arlequín se quedó junto a los vidriados pavos reales del Mor Chowk.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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