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El Jugador de ajedrez

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Hay días que se nos hacen más largos. No es una cuestión de horas ni de tener ocupada la cabeza en algo que los acorte. Son días en los que el tiempo parece no tener prisa por pasar y decide apurar cada segundo. No hemos aprendido que es el tiempo el que dispone de nosotros y no al revés: el tiempo nunca sobra ni falta aunque así lo creamos y lo afirmemos. Compramos relojes para controlarlo cuando él, libre y eterno, maneja las manecillas de nuestras vidas.

En la India hay muchos días largos. Es un país en el que el tiempo no pasa volando sino planeando. En esos días, yo le hacía un guiño cómplice y me convertía en su mejor aliado. Procuraba aceptar su invitación y caminaba, caminaba, caminaba... Buscaba un café o un lugar donde detenerme a observar la vida; pero no había. Existían pequeñas tiendas donde se vendía un poco de todo y mucho de nada, y que serían el equivalente a nuestros antiguos ultramarinos de olor a bacalao desecado, jabón de lavar y lejía; los dhabas nunca aparecían cuando los buscabas.

De vez en cuando, me acomodaba en una piedra, en una escalera vacía, en la entrada de una casa, y permanecía allí sentado, contemplando a los lugareños, contando los segundos en los que alguno de ellos se dirigiera a mí. En una de estas paradas, me quedé mirando cómo un grupo de hombres jugaba al ajedrez. Cuando notaron mi presencia, fui inmediatamente invitado a jugar. Yo, que no soy muy dado a molestar ni a interrumpir cuando alguien está jugando, decliné la invitación; pero me moría de ganas por jugar. Debieron leerme, porque el más anciano dio por finalizada su partida recogiendo del tablero las pocas piezas que quedaban y, en un gesto de esos que solo se ven a la gente que tiene autoridad y que infunden respeto o miedo, su rival se levantó y me cedió el sitio, mientras un corrillo de gente, que cada vez se hacia más grande, me abría paso hasta el tablero.

El ajedrez, un ajedrez de cuadros grandes, de miles de partidas, de estrategias infinitas, conservaba el sabor de las cosas que se convierten en reliquia. Colocamos las desgastadas piezas sobre un tablero, que no acompañaba, él negras, yo blancas, de una forma pausada, milimétrica, y empezamos, ante un expectante público, la lección más grande que he recibido en mi vida jugando al ajedrez. En un exceso de soberbia, de confianza mal entendida, quise ganar pronto, intuitivo, nada analítico y poco reflexivo: la intuición es para momentos de todo o nada, de rojo o negro, de par o impar; no para un juego en el que se requiere paciencia, análisis, estrategia y control sobre las emociones. Perdí.

Olvidé los principios básicos de gestión empresarial que durante años aprendí en las diferentes empresas en las que había trabajado: sólo utilicé la intuición. Y él, que el único master que había hecho era el de los años, cuando me vio hacer tres movimientos supo que iba a ganar. ¿Cuántas partidas habría jugado en su vida?, ¿cuántas noches imaginando un ataque, una defensa...?, ¿cómo salvar a la Reina?

En realidad, había aplicado muchos rasgos de la personalidad india. A saber: hospitalidad al ofrecerme blancas; paciencia para esperar; control sobre mente y cuerpo; fe en sus posibilidades y humildad al no regocijarse ni en su victoria ni en mi derrota.

No fueron más de quince o veinte minutos lo que duró la partida de ajedrez y, la verdad, me dolió no haberla alargado porque ese día recibí una lección de señorío, de gestión, de humanidad que nunca podré olvidar. En mi retina quedará para siempre la imagen de una calurosa tarde de verano en la que dos personas sentadas en un banco de piedra y ajenos al devenir de la ciudad, dos personas alejadas social y culturalmente, disfrutaban y compartían un interés común: el ajedrez; la vida.

Y ésta, es la buena globalización; la necesaria.

El tiempo, satisfecho con el día, se estaba poniendo en el lago Pichola.



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