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Kilómetros de confusión

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Antes de partir de Mont Abu, había tenido una pequeña discusión con Dinesh sobre cuál era el mejor itinerario para llegar a Ranakpur, un lugar donde se pueden admirar el templo jainista de Adinath y otros templos menores —más que nada porque son más pequeños— que pueden estar a la altura de los de Dilwara. La discusión era sobre la carretera: él quería llegar cuanto antes a Udaipur. Razonaba que el camino más corto era el más rápido, y yo le decía que la mejor ruta era la más segura; la más rápida. Finalmente, circulamos por donde él consideró; total, a mí qué más me daba. Nos extraviamos por una maraña de pistas que nos hizo multiplicar los kilómetros y el tiempo, y yo, lógicamente, me quedé encantado.

En esos momentos de carretera y paisajes, de aldeas y ojos de curiosidad, me hubiese dado lo mismo acabar en Bombay. Me recreaba en las llanuras del Rajastán. Las cabras eran pastoreadas por turbantes de colores que, a menudo, acorralaban nuestro Ambasador en los cruces de los caminos. En esas circunstancias Dinesh se «despistaba», desviándose de los preceptos de su religión, sacando el conductor cabreado que muchos llevan dentro, y despotricaba contra las cabras, los pastores y la madre que los parió. Nuestro flamante Ambasador tornaba el color de blanco a crema y quedaba sucio. Dinesh gesticulaba y lanzaba improperios, con una ligereza impropia de quien no se distinguía por su rudeza verbal.

El asunto es que llegamos a Ranakpur con dos horas de retraso sobre el horario previsto, pero durante ese tiempo en el que la carretera nos «engañaba», tuve la ocasión de errar por las solitarias aldeas del «oeste americano-indio» y de observar cómo a Dinesh se le pasaba el enfado cuando devoraba unos buñuelos de cebolla y pimiento que le habían servido en un mugriento cucurucho de letras impresas en sánscrito, en un dhaba perdido del mundo, mientras yo pastoreaba con la imaginación los rebaños de cabras.

Ranakpur asomaba encerrado en montañas. La temperatura de la zona era más baja, más húmeda, más del norte. El verde lo forraba todo. No se avistaban animales; pero se oían. No se veían apenas personas, se presentían, y en algún momento me dio la sensación que el alma de África había viajado hasta la India.

Concienzudamente esculpidos, los templos de Ranakpur son otra de las maravillas de la arquitectura jainista de la India. Divagar descalzo sobre el mármol mientras te deleitas en cada detalle, te hace arrinconar el tiempo y el cerebro: los rayos de luz, que penetran por los huecos, son torrentes que abrillantan el mármol tallado transmitiendo vida.

Siempre admiré a la gente capaz de inventar y crear sólo con su cabeza y manos, pero en este caso, cuando miles de personas consiguen, cincelando el mármol, una total armonía entre las proporciones y el estilo, solamente puedes descubrirte, decir «olé» o «chapeau».

Arrancamos tras beber agua. En lugar de tomar la carretera principal, Dinesh ascendió por las peligrosas curvas de las escarpadas laderas de la montaña. Nunca retornaba por el mismo sitio, como recordando que no se debe mirar al pasado, como sugiriendo que lo esencial es avanzar, conocer lo desconocido, sin importar cuan tortuoso sea el camino.

Antes de llegar a Udaipur, nos detuvimos a beber dos chais reflexivos, dos ardientes infusiones que eran silencios de días contradictorios. Udaipur nos esperaba abajo.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

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