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Subida hacia el cielo

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En la visita del templo de Adhar Devi, Dinesh decidió guiarme. Era la primera vez que lo hacía. Creo que su propósito, aparte de rezar, era instruirme en aspectos prácticos de su religión. Tras ascender más de doscientos metros por unas empinadas escaleras cuyos peldaños se hacían interminables —momento en el que, asfixiado y con piernas rezagadas, te acordabas de lo de dejar de fumar—, coronamos el templo. Lo primero que hicimos fue cumplir con el ritual de la unción. El tilak esta vez era amarillo, en lugar del más usual rojo. En las puertas del santuario se despachaban comida, flores y cocos enteros que posteriormente serían tajados por los sacerdotes del templo y ofrecidos a los visitantes.

El templo de Adhar Devi está esculpido en la roca y se accede, agachado, pasando por debajo de otra. El templo más bien asemejaba una cripta. Era interesante ver como los devotos oraban: en realidad no sabía si rezaban o se trataba sólo de peticiones a su Dios —en la India hay miles de dioses como en España hay miles de santos— y para distinguirlos, hay que ser muy practicante o un experto en religión; no era mi caso.

Realmente no sé si rezaban, pero lo trascendental era la actitud: normalmente sentados, tampoco demasiado concentrados en lo que hacían, como si hubiesen ido allí a tomar café. Acto seguido dejaban un donativo y tomaban pedazos de comida sagrada que masticaban departiendo unos instantes con el sacerdote. Una vez finalizado el ritual, atizaban un golpe seco a una bronceada campana, y abandonaban el templo. Yo acostumbraba a sentarme en el suelo y allí me quedaba observando y absorbiendo todo. A veces hasta rezaba, pero no sé el qué ni de qué religión. Es posible que sólo fuesen deseos.

Luego de ocho kilómetros de ascensión por una carretera en la que las posibilidades de despeñarse se multiplicaban en cada curva, nos llegamos a Achalgar, un santuario hindú. Traspasado el umbral de un templo flanqueado por elefantes azules, donde una niña de ojos infelices se cortaba la mano al hacer collares de flores, los feligreses se arremolinaban en torno a una figura dorada de Shiva que era protegida por el toro Nandi, el toro que siempre permanecía a su lado. Le contaban sus problemas, sus inquietudes, le hablaban a Shiva como quien habla a un amigo íntimo; cosas muy personales. Reanudaban su peregrinación adentrándose en los templos; tocaban la base de la entrada como si se persignasen, como si se humillasen. En el interior de uno, en un pequeño cubículo repleto de flores naranjas y aromáticos humos, el maestro espiritual procuraba consejos a los feligreses. En otro, remontando más de dos kilómetros de cuesta, y donde sorprendentemente no había más de tres personas, se jadeaba al arribar, un ambiente de paz y relajación envuelto de luz. Sólo me hacían compañía uno o dos gorriones que revoloteaban dentro del templo y se posaban en el «Lingam», el símbolo fálico que representa a Shiva, que se encuentra en los lugares de culto hinduistas sobre la base del «Yoni», símbolo de los genitales femeninos en el altar.

Cuando abandoné el templo, repuse fuerzas tras calzarme. Charlé con dos hombres que por primera vez en mi viaje no estaban interesados ni en mi vida ni en mi trabajo ni en nada en particular. Sentados en un banco de piedra, un chorro de agua acompañaba una conversación acerca del santuario, de los templos, en medio de una naturaleza que se hacía sentir con el cántico de los pájaros, el zumbido lejano de insectos de verano y una leve brisa que susurraban los árboles cercanos. Sus sosegadas explicaciones, lejos de cualquier apasionamiento, me ayudaron a comprender que la fe no es una cuestión de confianza sino un estado del alma.

Había estado cerca del Cielo.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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