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Día de Playa

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A ultima hora de la tarde, en el crepúsculo, cuando el día anaranjeaba, Mount Abu se disfrazaba de población de playa, de día de agosto de verano, de crema solar, ropa nueva y maquillaje. Hordas de familias se paseaban en los alrededores del lago Nakki. Las calles que desembocaban en el lago eran tenderetes de estío y puestos de verbena, donde las músicas atronaban en cualquier rincón. La vía principal, un improvisado bazar que ofrecía mercancías de días de vacaciones, de esas que adquieres sin tener en cuenta las recomendaciones del ministro de economía de turno; de esas que endeudan hasta las cejas: mercancías caprichosas. Las mujeres se detenían en las joyerías con premeditación, alevosía y casi nocturnidad, persuadiendo a unos maridos que intentaban escaquearse de soltar unas rupias que, con seguridad, desestabilizaría la economía familiar. No lo tenían nada fácil: los niños, aliados con sus madres, demandaban un helado de color chillón, un plastificado juguete, tirando con insistencia del bolsillo del paterno pantalón. Al final, una mano mostrando una sortija y una lengua lamiendo un helado. ¡Qué se le iba a hacer! Él se desquitaría durante la cena.

Los adolescentes se reunían en torno a la orilla del lago, envidiando a esa pareja de novios, de enamorados que se posaban en mitad del lago embarcados en un hortera patín de cisne, emulando a los actores de películas «Made in Bollywood».

También se veían otras parejas que andaban hacia ninguna parte: eran parejas de recursos limitados que carecían de dinero para comprar. Lo habían gastado todo en el viaje, en el hotel y se conformaban con pasear por la orilla. En su fuero interno reinaba el sinsabor de quien se sabe fuera de lugar: él, apenado por no poder ofrecer nada mejor a su mujer. Ella, por ver la desazón en el alma rasgada de su marido. Los dos, porque en ese momento hubiesen deseado ser otras personas.

Los olores de las fritangas se mezclaban con el de las pastelerías, los restaurantes voceaban los menús: la competencia obligaba a los camareros a aventurase en las calles para convencer a un risueño gentío de que la mejor comida se servía en su local. Los vendedores ambulantes agitaban con insistencia sus mercancías, ante los ojos seguros y duros de un padre de familia que más que rechazar, las despreciaba.

La ropa se podía encontrar en el mercado tibetano. Con expresiones cansinas, de llevar toda la existencia encajados en pequeños cubiles, los tibetanos despachaban ropa falsa occidental. Todo a precio fijo, como sus caras que no concedían una oportunidad a la mueca, a la sonrisa: eran hielo.

En mi décima vuelta por Mount Abu —era un pueblo de circuito—, presencié la única bronca seria entre indios. Sucedió en un vulgar restaurante que servía thalis vegetarianos a discreción por veinte rupias, bebida aparte. Ese día había decidido arriesgarme, exponerme a una diarrea, castigarme un poco, solidarizarme con aquellas parejas de presupuesto escaso y futuro repleto de ilusiones: durante la cena, imaginaría violines, pondría las velas, vestiría las mesas y serviría los lassis en vasos de plata.

Esto que imaginaba hacer, se fue al traste cuando un hombre de mediana edad, casado con esposa y suegra, se enzarzó en una discusión tan absurda como las reverencias que me hizo el camarero al entrar en el cochambroso restaurante. Por lo que pude entender, el jaleo se había iniciado por el punto de cocción de unos chapatis y, a pesar del cambio y las disculpas del dueño —que se preocupaba más por lo que yo pudiera estar pensando que del gilipuertas fanfarrón en cuestión—, el sujeto insistía en no sé qué gaitas, llegando a arrojar infantilmente la bandeja del thali contra el suelo. Provocó tal estruendo que el restaurante entero enmudeció. Un hasta aquí hemos llegado, un tú de qué vas, paga y vete, cuatro gritos y doce brazos para ayudar, hicieron reconsiderar su actitud al cliente pendenciero. Aún así, continuaba despotricando, buscando apoyo en una suegra que le reprendía con la mirada —«anda deja de hacer el canelo Lalit»— y una mujer abochornada, de esas que ruegan comprensión por la estupidez de su marido.

Cuando afiné el violín, las parejas habían huido. Y es que hay gente que no se relaja ni estando de vacaciones.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

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