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El bazar de Jodhpur

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A medida que pasaban los días, mi necesidad de integrarme en la vida de la India y poder compartir las inquietudes, las preocupaciones, las conversaciones con la población aumentaba: en ocasiones el coche, los monumentos, los hoteles te aíslan. Quizá eres tú el que sin darte cuenta te alejas o construyes unos muros, unas barreras que nunca quisiste poner.

En un momento de lucidez, le dije a Dinesh que parase, que yo me bajaba en ésta, no en la próxima, que me esperase en la torre del reloj en tres horas, quizá en tres diez, que pasase una buena tarde. No le di tiempo a reaccionar. Se quedó con la boca abierta: esta vez era él, el que no entendía nada. Yo ya era como India, un hombre de contradicciones al que no había que buscarle explicaciones. Cuando fue a decirme algo, ya estaba desapareciendo en una ciudad pintada de azul.

Quería bifurcarme, desdoblarme en cada calle, ser sombra atrapada por el alma de un país que me estaba envenenando; quería llamar a la puerta de cada casa y escuchar Namasté. Anduve kilómetros de laberintos. La gente, sentada de forma dejada, caprichosa, intercambiaban palabras de tono apagado, y los niños jugaban a saludar casi de militar.

Los bazares asomaban a escasa distancia, y como burro de zanahoria, mis pasos seguían una única dirección. Me perdí por ellos, introduciéndome en el bazar de las especias, donde por primera vez durante mi estancia en India pude aspirar los aromas que desprendían las especias expuestas en desgastados costales. Quise hundir mis manos en los ordenados sacos de las coloridas especias, ansiando en ese instante apresar la tierra manchándome de algo puro. El bazar, organizado por gremios y actividades, era un continuo ir y venir de gentes cuya voz se fundía con el bullicio de la música que provenía de pequeños tenderetes donde se vendían «casettes» pálidas del sol y la intemperie: pasé del bazar de los textiles, en el que centenares de telas enrolladas en enormes cilindros se sostenían en la pared a la espera de ser cortadas por las manos de unos sastres, que tumbados, charlaban a la espera de clientes, al multicolor de frutas y verduras donde la piña, el plátano y el mango eran olor de zumo recién exprimido. Los vendedores de trigo aventaban el cereal bajo deshilachadas carpas de esparto que eran pabellones con sabor a pan y polvo; al punto que los latoneros golpeaban el brillante metal que en horas se convertiría en enormes cajas. Las zapaterías, de tres modelos, se anunciaban en carteles traducidos, cerca de los asépticos joyeros que, en humildes vitrinas de cristal, exponían sortijas de oro color huevo frito, pendientes y brazaletes de plata mate engarzados con piedras semipreciosas. Las joyerías, estaban vacías de gente y llenas de miradas. Todo lo contrario que los puestos de pulseras que, por miles, se apilaban en estanterías y que eran probadas y comentadas por mujeres que regateaban el precio, con vendedores de bigote turco que procuraban mantenerse firmes en los precios: ver cómo compraban y vendían era tan atractivo como husmear en el mismo bazar. No regateaban árabe; eran regateos de silencios, regateos reflexivos, regateos de única compra.

Para descansar de los bazares, me senté junto a dos policías: uno de tráfico, el otro local, que interrogaban a Dinesh sobre mí. Dialogamos unos minutos, y a pesar de que no sabían prácticamente nada de España —ni puñetera falta que les hacía—, se los veía ilusionados porque alguien venido de tan lejos visitase su ciudad.

— ¿Cómo es la policía allí? —me preguntaban—. ¿Es como aquí?

— Más o menos —respondía—, más o menos.

— ¿Cuánto ganan los policías en España?, ¿viven bien?

— No sé, no puedo responder —decía yo, viendo cómo se quedaban con una cara de «este tío es tonto», «mira que no saber eso».

La policía es un tema delicado para hablarlo con ellos, e ignoraba cómo funcionaba la de allí. No sabía de qué porra cojeaban. Explicarles lo de la Guardia Civil me hubiese llevado su tiempo, así que cambié el tercio y me despedí.

Según me dijo Dinesh en el coche, la policía de los pueblos y ciudades pequeñas es buena. No tenía la misma opinión de la de las ciudades grandes.

Hice unas fotos, y prometí enviarles una copia: promesa que cumpliré si consigo entender la dirección que el de tráfico escribió con letra de médico sobre mi pequeño bloc de notas. No querían que me fuese, querían seguir hablando conmigo, pero el día había sido largo, de ropa sucia y sudor seco. Necesitaba un tiempo para escribir y hacer planes —que la mitad de las veces no cumplía—, para los días siguientes: India era un mundo de conversaciones breves.

Cuando llegué al hotel seguía oliendo a bazar. El hotel en el que me alojaba tenía unos cuidados jardines plagados de frondosos árboles en los que anidaban juerguistas aves que cantaban saltando de copa en copa, como si fuesen de bares, y las ardillas jugueteaban y corrían por un nivelado césped en el que había una pequeña fuente cuyo chorro se precipitaba desde el surtidor a la base, creando una melodía de ecos acuáticos. Las habitaciones eran cabañas con un porche: la mía, tenía unos banquitos, una mesa y un columpio que se me hacía un poco cursi; un columpio de niña de tirabuzones y vestido blanco. Me duché, me cambié, pedí un té y, al atardecer, me dispuse a redactar parte de las experiencias vividas. Con la anochecida, telefoneé a mi madre, que seguía alucinada por lo bien que se me oía. No podía creer que estuviese tan lejos y que mi voz sonase tan cercana: ella no sabe que yo siempre estoy cerca aunque me encuentre lejos.

El que alucinó fui yo, un mes después, cuando me llegó la factura del móvil.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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