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Mind Games

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El fuerte Meherangarh, un fuerte que ignora la fuerza de la gravedad, es de los más ricos de Rajastán y solamente por las vistas y la conservación del mismo hay que pasarse unas horas en él.

A mí, las parrafadas que te sueltan en los sitios históricos me dejan generalmente frío. No por desinterés, sino porque se me hace difícil procesar fechas, acontecimientos y nombres que acaban en el olvido: me hago un lío. Las guías de viaje o los guías muchas veces quitan todo el encanto de los monumentos al obligarte a memorizar la retahíla de algunos hechos que carecen de interés. ¿A alguien le importa si fue un trece de marzo del año mil y pico el día que la marahajaní rodó escaleras abajo, se lastimó un pie y se hizo una brecha cuya sangre se puede apreciar en esa columna...? Además, la historia está adornada con mucha fantasía por lo que me centro en aspectos prácticos, sucesos que realmente te ayuden a comprender las cosas. La historia no es un Trivial ni un antiguo examen de profesor limitado ni un barrer para casa todo el rato. De ahí, mi frialdad y desinterés hacia esa tratamiento frívolo de la historia que no aporta más que cifras y «batallas».

Todo esto viene a cuento, de que cuando ya mis neuronas estaban para pocas, con tanta cifra, tanto nombre difícil de pronunciar y menos de recordar, le pegaba una vuelta de tuerca a mi cerebro y me ponía a jugar con la mente.

Esto, que parece una idiotez, y en realidad lo es, es entretenidísimo y yo invito a cualquiera a practicarlo: el método es sencillo; las instrucciones las creas tú, siempre ganas y además es totalmente gratis. ¿Hay quien dé más? Es el juego de la imaginación histórica, un juego que admite infinitas combinaciones, cualquier estado de ánimo: el único y verdadero juego de rol.

Imaginaba, por ejemplo, como sería la vida en la época de mayor esplendor del fuerte Meherangarh y jugaba con la mente dibujando personajes, representando su vida y la mía y, por supuesto, poniendo música al asunto. Fantaseaba viviendo dentro del fuerte, y no solo siendo el maharajá, sino también un sirviente, un soldado, un músico... Sentía el frío, el dolor, cualquier sensación. Esta es la ventaja de quienes intentamos ver el mundo desde cualquier ángulo, con lo cual siempre podemos disfrutar más de una vez las cosas. Y lo de ser dos personajes a la vez, nivel avanzado, ¡eso ya es la bomba!

Ojalá mi mente albergase un ordenador que pudiese procesar todo lo que veo para archivarlo adecuadamente y guardar las partidas de la vida. No sé si a otros les pasará lo mismo que a mí: ante las cosas bellas y hermosas que voy viendo —que son muchas—, nunca tengo el tiempo suficiente para saborearlas. Podría pasarme horas mirando un cuadro, una escultura, admirando un palacio o disfrutando del panorama que ofrece una ciudad desde una ventana, pero la urgencia del tiempo muchas veces lo impide, teniendo que conformarme con una vista general que oculta los detalles, los sacrificios y los sueños de quien realizó la obra. Y hay tantas cosas para ver.

Los indios, por ejemplo, no entendían que me quedase clavado, boquiabierto, mirando una casa o viendo cómo holgazaneaba ó curraba —sí, currar, que allí también se curra— la gente, o que no me centrase en lo más importante según su criterios. Me regocijaba con cada cosa que veía y la hacía mía. Disfrutaba por igual de una obra de arte o de un monumento que de la técnica comercial de una persona que mercadeaba verduras, o de un búfalo comiendo. No sólo me pasa cuando viajo, me pasa en cualquier sitio. Para mí, es como si todo tuviera su propia vida. Una calle vacía al amanecer, para mí, tiene vida. No es solamente una calle, y cada edificio, cada rincón, la luz... son vida.

Alguien puede pensar que estoy loco por esto que estoy escribiendo. Lo admito, es verdad, y no seré yo quien, en inútiles explicaciones, trate de justificarlo. Es así y punto; ó punto pelota —que parece más taxativo—: para mí, los paisajes, el entorno... tienen su significado; puedo pensar las cosas en varias dimensiones. Al igual que en el fuerte, me imaginaba viviendo en la India como ellos, jugando a inventarme, a crearme. ¿Qué haría durante el día?, ¿cuál sería mi trabajo?, ¿quiénes mis amigos?, ¿ cómo llegaría a fin de mes? Y aunque sabía que era absurdo, irreal, una fantasía de la mente y que no me acostumbraría a ello, me veía sentado en un banco o dentro de una tienda hablando con otros hombres y contando historias imposibles que nunca sucederían.

La mejor forma de saber si un sitio te gusta o no, es meditar en esto que estoy contando, y si uno es capaz de imaginarlo la respuesta sobra: la mejor manera de disfrutar un viaje es estar un poco loco.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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