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Estela de Arena y Rajputas

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Habíamos madrugado. Nos esperaba un largo trayecto de cinco horas, cinco horas de reloj de arena, cinco horas indias. Nos alejábamos del desierto. En el coche, con un aire acondicionado puesto a máxima potencia que congelaba —quitarlo era peor—, intentaba recordar las experiencias que había vivido los últimos días. Era muy afortunado. Estaba consiguiendo realizar uno de esos viajes que al regresar se añoraban, un viaje que marcaba, un viaje ideado con el alma. En los días que llevaba, ya me había perdido y encontrado a mí mismo varias veces: despistado que es uno. Uno creé que todo lo tiene controlado, que sabe cómo es. Ocultamos nuestras debilidades, inventamos nuestras fortalezas, nos mostramos seguros, «a mi no me afecta nada», soy un tipo duro. Actuamos según el público, somos gregarios para no ser rechazados, y nos avergonzamos de ser lo que somos: muy español, muy humano. Y, cuando te alejas de todo eso, cuando eliminas ruidos y ves la vida con una perspectiva de desierto, te das cuenta de que las cosas que te preocupan, muchas veces no merecen la pena porque están manejando tus pensamientos como el viento maneja la arena del desierto. En esos momentos debes ser tormenta, un huracán de arena que apenas deje una estela; por aquello de que siempre algo queda.

Aunque en ocasiones pensaba que me hubiese gustado compartir el viaje con alguien, creo que India es un país para descubrirlo solo o con personas que sepan sacar partido a la vida, que no les importen ni las incomodidades ni los horarios ni los contratiempos y, sobre todo, no estén buscando referencias inexistentes tal y como decía el Sr. Singh: personas capaces de ser tormenta.

Abandonaba un desierto de mil rostros, de miradas reflexivas, de niños corriendo hasta el último pozo, de mujeres de colores moviendo el viento, de rebaños de cabras y ovejas concentradas. Me alejaba de días de camellos, de rutas de la seda, de cargamentos de especias y noches nacidas del lamento de una flauta y ritmos de una tabla. Algún día volverían las caravanas, algún día Scherezade y, ese día, yo estaría allí. Todo esto cavilaba cuando arribamos a Jodhpur tras dejar mi propia estela de arena.

Jodhpur es una de esas ciudades del Rajastán que pueden pasar desapercibidas si uno se ciñe a los circuitos más turísticos. No es tan mítica como Jaisalmer ni tan romántica como Udaipur ni tan monumental como Jaipur; pero sin lugar a dudas merece una parada y fonda.

Una de las características de las ciudades del Rajastán es la existencia de fuertes en las ciudades más importantes: fuertes que servían, en muchos casos, para protegerse de las continuas invasiones, enemistades y rivalidades provocadas por las rutas de las caravanas. Bastiones que mostraban el poder de unos reyes rajputas que vivían de los impuestos que cobraban a los mercaderes por pasar sus territorios. En el caso de Jodhpur, el fuerte Meherangarh que corona la ciudad ofrece unas vistas espectaculares del barrio azul y otras áreas de Jodhpur; un mirador que se precipita a un abismo de casas bajas donde poder observar detalles de la vida de los maharajás, de estos reyes rajputas que se creía, eran descendientes directos de los dioses.

Actualmente los maharajás han perdido parte de su poder, pero siguen de alguna manera gobernando las ciudades. La sociedad rajastaní es una sociedad extremadamente cerrada, anclada en machistas costumbres y tradiciones, en la que cualquier idea sobre las igualdades es evitada y rechazada: otra paradoja más de una India que se muestra amable y comprensiva con las ideas ajenas, pero hermética con las propias.

Con la creación del actual Estado Indio, el poder de los maharajás, aunque siguen siendo los dueños de las tierras, ha quedado disminuido. Aún así, continúan siendo respetados, temidos y venerados por los habitantes de las ciudades. Antes eran reyes en su tierra. Hoy, además, son empresarios o viven de las rentas, pero en cualquier caso siguen teniendo una influencia política y social enorme. Desde luego, ya no se repiten las escenas que en cualquier palacio puedes ver sobre tapices y pinturas en miniatura, en las cuales se los ve cazando o en escenas de la vida cotidiana mostrando toda su omnipotencia.

Las vistas del fuerte desde Jaswant Thanda, un pequeño templo de mármol construido a la memoria del rey Jaswant —un rey bueno por lo visto— dejaban en la retina una sensación de temor y respeto, de vasallaje hacia el maharajá. El atardecer en el templo ofrecía un necesario respiro al ajetreo de los mercados y calles: si uno no quiere volverse loco en la India, precisa de lugares donde poder sentarse tranquilamente y disfrutar de unos momentos de calma.

Decidido a relajarme, me senté en una posición parecida a la del Loto —lo único que tengo flexible es el cerebro y no siempre—, y estuve meditando un buen tiempo sobre un mármol que se templaba con el día, dejando volar la imaginación mientras, con los ojos cerrados e interiorizando el fuerte escuchaba, lejano, el bullicio de la Ciudad azul.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

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