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Noches tristes de la India

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Había estado lavando ropa en el cuarto de baño: un baño sin bañera, sin plato de ducha, un baño de ventana arelada y bombilla de luz tenue; un baño indio donde el mayor lujo eran dos grifos de agua fría; la caliente inexistente, a pesar de que el Mandir Palace era un hotel con «Hot water» y «Fully air conditioned». Mis coladas rajastaníes eran siempre iguales, metódicas: primero la selección: esto sí, esto puede aguantar, a esto no le da tiempo a secarse, esta camiseta está para tirar... Luego, colmar el lavabo de agua, un agua color arena de playa cuando atardece, y taponar el desagüe con un calcetín para evitar la perdida del agua. Introducía la ropa recordando el principio de Arquímedes, el único que nos aprendíamos aquellos que nacimos de letras: la espolvoreaba con los sobrecitos de detergente que por una, dos o tres rupias adquiría en las tiendas y hundía mis manos en el agua una y otra vez estrujando, retorciendo, golpeando, emburruñando y aclarando una ropa que día a día iba mudando en harapo. Con las manos aún lubrificadas y pegajosas, analizaba la mejor ubicación para colgar la ropa en el improvisado tendedero en que convertía mi habitación.

Ya de noche, y después de reorganizar unas notas y ducharme, salí a cenar. Ese día ya sabía dónde: en un foro de viajes en Internet alguien recomendaba un restaurante en el que se podía disfrutar de excelentes vistas y sabrosa comida rajastaní, y donde, según escribían, se podía tomar la mejor cerveza de Jaisalmer. Era un restaurante conocido, tenía su propio cartel; era un restaurante «recomended» por las más prestigiosas guías de viaje. Yo, que me esperaba un lleno total, ambiente internacional, alguien con quien cenar, algo distinto para variar, me encontré con un establecimiento vacío, desolado, lúgubre, grimoso. No sabía si quedarme o irme, pero al final me quedé, por la admirable perspectiva que la azotea tenía de una calle que lentamente iba bajando su volumen.

La cena, de carta plastificada, de ventilador engrasado; la cerveza, de chico de los recados. El ambiente internacional eran banderas de varios países pintadas en los laterales de unas paredes teñidas de verde cuarto de baño; de bar de botellín, cacahuetes, embutido y queso rancios.

Fue una cena aburrida, desganada, una cena de derrota. Como pájaro que come porque no puede cantar, engullí una especie de alpiste que sirven los indios al final de las comidas para refrescar la boca, pagué sin esperar la vuelta, y bajé las escaleras del destartalado edificio deseando encontrarme a alguien con quien hablar: nadie, solo las vacas que paseaban o dormitaban en medio de unas vías que como única luz tenían mi pequeña linterna: no había comerciantes, no había tráfico, no había ruido, no se escuchaban voces. Sólo mis pisadas.

El cierre de los comercios, las gradas sin gente, dos metros más de espacio para caminar y el silencio, daban la impresión de que estuvieses no en una ciudad del desierto, sino en el desierto mismo. ¿Dónde estaban las fiestas de los mercaderes?, ¿dónde moraban los músicos?, ¿dónde Scherezade? Deambulé una y otra vez con la esperanza vana de tropezar con un refugio, un buenas noches, un hasta mañana, un por favor ven: nadie, sólo la noche y yo. En un intento desesperado, extendí mis brazos en cruz para abrazar a Scherezade, recogerla y arrullarla sintiendo unas mejillas que yo imaginaba de seda. Quería ser yo el que todas las noches contase cuentos, historias bonitas, divertidas, historias perfectas: no mil y una, sino dos mil, tres mil... todos los amaneceres, todos los ocasos, toda la vida... No liberarme nunca de unos labios que acariciaban cuerpo y alma, de unos ojos que inyectaban pasión, entrega, comprensión, devoción, amor. Pero ella no estaba.

Al llegar al hotel, al lado de mi habitación, en un patio, dos muchachos dormían al aire libre bajo un techo de estrellas mustias. Como cama la insensible piedra, como sábanas sus manos cruzadas. Con apenas quince años, eran los que de alguna manera custodiaban el hotel y hacían funciones de botones.

Dicen que el desierto del Thar tiene uno de los cielos más estrellados del mundo; pero ese día las estrellas estaban  muertas, apagadas, recogidas en las dunas de la tristeza al ver la soledad de las calles negras.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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