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Arenas de Sam

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A media tarde, cuando la temperatura descendía —soportábamos cuarenta y seis grados de fuego seco—, nos acercamos a Sam, a unos cuarenta kilómetros de Jaisalmer para ver sus famosas dunas y la puesta del Sol. Al llegar, los camelleros ofrecían sus servicios con histéricos alaridos. Me los quité de encima. En lugar de alquilar un turístico camello, preferí errar por la arena. No me apetecía montar en camello: yo era niño de playa y tierra en el cuerpo.

Sin enterarme, me adentraba en las dunas y poco a poco las ondulaciones se hacían silencio. Un silencio amarillo de sombras ocres; un mar de arena que exponía su apacible manto de paz.

Seguido a cierta distancia por Dinesh, en ocasiones me dejaba caer y contemplaba cómo ondeaba la arena. Sentía cómo las serpenteantes dunas distanciaban los problemas, las ambiciones: como en el mar, las olas de arena continuamente se renuevan y nos sorprenden con una perspectiva diferente. Ocurre en nuestras vidas: el viento o los acontecimientos la van transformando, no pudiendo vaticinar cómo será el futuro.

Sólo miraba. Dinesh se colocaba a mi lado. No hablábamos; no era necesario. Nuestra compañía, el choque del viento en la arena y una melodía lejana de músicos que se ahogaban en profundas canciones rajastaníes: canciones que salían del alma del desierto. Mirábamos como el sol se estaba poniendo, discreto, silencioso, pálido... Un sol que se despedía, un sol que viajaba a España, un sol de luna llena.

No podíamos regresar por las mismas huellas. En el tiempo que contemplamos el ocaso, la acuarela de arena había cambiado. Quizá nuestras vidas: a veces no es bueno volver sobre caminos pisados.

Regresando a Jaisalmer me recreaba en el sol y la polvorea tierra, y filosofaba sobre lo que acababa de presenciar: el desierto es un lugar que equipara a los hombres. Allí no hay pobres ni ricos; ni listos ni tontos; ni guapos ni feos. No existen ni el tú ni el yo ni el él y los nosotros, vosotros y ellos son un espejismo. De pronto olvidas muchas de tus turbaciones: la arena, siempre la arena... lo absorbe todo. Esa sensación no era exclusiva de las arenas de Sam, también se tenía en otras zonas desérticas del Rajastán, donde si bien podías encontrar árboles y vida animal, el paisaje te absorbía de tal manera, que te regalaba con una perspectiva lejana de todo y cercana al corazón.

No había zorros Lourdes: sólo estabas tú.



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