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La Ciudad de Arena

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Mas kilómetros de arena y desierto nos acercaban a Jaisalmer. Nunca le revelaba a Dinesh el hotel o la Guest House que había elegido hasta que nos aproximábamos a la ciudad. Era una forma de evitar que en las paradas telefonease reclamando una comisión no ganada y que, desde luego, pagaría yo. Otras veces, no tenía ni idea cual iba a escoger.

En Jaisalmer, me hospedé en un vetusto palacio del maharajá: un lugar bonito, escondido, cubierto de polvo y tiempos mejores; habitaciones grandes y muebles de época, desordenado y un poco sucio. Como de costumbre, el único cliente: dos vascos llegarían al día siguiente.

Jaisalmer es un lugar que debió inventarse en un cuento. Tiene una calle principal abarrotada de pequeños comercios y oficios de antiguo. Alrededor de ella, afloran decenas de callejuelas estrechísimas donde solo caben una o dos personas, y que en el caso de encontrarte con una vaca perezosa tendida en el suelo, tienes que dar media vuelta. Calles de la vaca o tú, siempre de la vaca: no te deja pasar.

Los habitantes del Rajastán rural son muy acogedores. De mirada azabachada, sonrisa de marfil y alegre voz, comprenden que todo, menos el desierto, tiene un límite. Los vendedores, por ejemplo, no eran tan insistentes como en Delhi, Agra o Khajuraho, olvidándose de que eran mercaderes para convertirse en amigos urgentes y de un rato.

De Jaisalmer dicen que es una ciudad muy turística. No tuve esa sensación. Es posible que no fuese época de turistas, que no me fijo mucho en los carteles cuando se ve movimiento, y de ahí quizá, esa subjetiva impresión. El caso es que no coincidí con más de cuatro o cinco turistas en los tres días que permanecí allí. Y lejos de ser un aburrimiento, fue una bendición.

Una fortaleza color de miel, que se hace lejana y cercana sin saber muy bien por qué, corona y domina la Ciudad de Arena: hay murallas o fortalezas, que si las miras de lejos parecen grandes, pero cuando te acercas son imponentes. La de Jaisalmer es de talla única, la mires desde donde la mires. En el interior, en sus anárquicas callejuelas, aún habitan cerca de quinientas personas, lo que no ocurre en otros fuertes de Rajastán. Puedes observar perfectamente cómo viven, cómo trabajan, cómo lavan, cómo «vecinean», piden «un poco de sal» y justifican un «se me ha acabado el aceite». Es una ciudadela de puertas abiertas, un pueblo de andar por casa en zapatillas.

El interior de la fortaleza se recorría en muy poco tiempo, pero merecía la pena pasarse horas y horas, paseando por un pavimento tortuoso que brotaba de la tierra. Los templos jainies, las havelis dejadas, arruinadas por la vida, o las abundantes atalayas desde las que se obtenían magnificas vistas, no solo del pueblo, sino de la frontera de Pakistán, hacían de Jaisalmer el escenario perfecto para las Mil y una noches. Deambulaba intentando acumular nuevos recuerdos: hablaba con niños traviesos que se asomaban al vacío y me señalaban con los brazos los límites de la India, los límites de la locura. Reparaba en los burros de lechero que, tozudos, invariablemente andaban por donde no debían, en tanto que uno de esos perros indios de anorexia obligada, dudaba si controlar la situación o volver a su postura de león zanganeado: me hallaba en el pasado.

Me acodaba en un tenderete de refrescos y helados: ¿Cómo explicar que los bares y cafés no existen...?, y pedía una botella de agua que me era dispensada congelada: agua que angustiaba beber porque el deseo de trasegarla punzaba en la boca y la garganta; agua que duraría unas cuantas conversaciones. Conversaciones como la que mantuve con un anciano de Bikaner que, muy preocupado con la situación de Irak y la posible incorporación de fuerzas indias a la coalición, hablaba como aquel que ya tiene experiencia de días de balas, de sangre, de muerte y de sufrimiento.

— ¡Qué desastre!, ¡qué desastre! —duplicaba las palabras desazonado.

— Su país está en la coalición. ¿Qué opina la población sobre ello?, ¿están de acuerdo con la guerra? —continuaba lanzándome una batería de preguntas que esperaban respuestas precisas, técnicas, documentadas.

Yo, que no tengo mucha idea de lo que pasa en el mundo desde que a todos les da por mentir, tergiversar, contar a medias y utilizar las desgracias ajenas como estandarte de su verdad y plan de jubilación anticipada, lo único que pude declarar fue lo siguiente:

— Hay división de opiniones: somos un país de cincuenta por ciento. Cincuenta por ciento a favor de una cosa y el resto de otra. Y esto no se hace por convencimiento sino por llevar la contraria. Ya ve que raros somos. En cualquier caso —proseguí—, mi país se hastió hace mucho de las guerras, tanto de las propias como de las ajenas.

Al advertir que yo no podía dar más juego en disertaciones sobre alta política internacional, se levantó, me estrechó la mano y siguió su camino moviendo la cabeza de tal manera que, por un momento, me hizo sentir culpable de no saber cómo funciona este mundo.

Me apetecía saber cómo trabajaban las agencias de viajes en India —la cabra tira al monte—, y me metí en una pequeña agencia de viajes. El dueño masticaba paan, un estimulante hecho con especias dulces y tabaco y lo escupía en una papelera. Cuando hablaba, sus labios y dientes estaban manchados de líquido rojo, como si le hubiesen dado de puñetazos. Me detalló su sistema de trabajo, mostrándome un pequeño díptico y enseñándome fotos de las excursiones que organizaba; excursiones de noches de fuego, música y té en el desierto. Durante la entrevista, un perfumista nos invitaba a probar las esencias que guardaba en pequeños frascos de cristal. Al salir, no sabía a lo que olía, pero salía divertido; lo había pasado bien. Hacía calor, mucho calor. Regresé al hotel atufando a mil aromas.

— «Very hot , very hot» —me confirmaban como si no me estuviese enterando de la que estaba cayendo los habitantes de una ciudad que se cobijaba gradualmente en el interior de las viviendas y los comercios.

A media tarde, y antes de salir a conectarme a Internet oí una voz. Desde unas dependencias cercanas a un patio lleno de ocas, vacas, un caballo viejo y algún que otro cerdo que hozaba despistado en el barro, la sombra del encargado del hotel me hizo una seña para que me aproximase.

— Señor, venga, aquí se está bien.

Deseaba invitarme a tomar té con él. Acepté inmediatamente: hay invitaciones que son auténticos regalos. Allí, sentados, casi a oscuras, hablamos de todo, de nada en particular. Queríamos saber cosas sobre nuestros países, sobre nuestras vidas. Nuestra conversación era ordenada, de escucha. El té nos lo trajo, en bandeja tintineante y nerviosa, uno de los chicos que vigilaban el hotel, mis sueños y mi equipaje. Abanicándonos, él con una hoja, yo con un folio lleno de garabatos, bebimos despacio, sin prisas, un aromático té con leche y cardamón que yo no quería que se acabase nunca. Más palabras, mas viento y un cigarro. Había olvidado el calor.

Antes de cenar entré en un Cybercafé, aunque en realidad se trataba de una habitación con cuatro ordenadores y algunas imágenes hinduistas que, bajo una luz de «chinos de todo a un euro» y aroma de incienso, se veían por todas partes.

En India, Internet es de gran ayuda. Muchas veces elegía el hotel en función de lo que veía, o re-planificaba parte de mi viaje. Además, me servía para mantener el contacto con la familia y con los amigos y era una forma de no sentirse sólo en algunas horas que te quedaban muertas. Las conexiones, muy lentas, desesperantes. Lo gracioso era fijarse en cómo los indios ojeaban lo que hacías. Bueno, gracioso al principio, luego era un auténtico rollazo sentirte espiado.

Los indios no actuaban así porque fuesen muy cotillas: son curiosos y todo lo que haga un occidental les fascina. Sigo pensando que son como niños. Al finalizar mi sesión, el dueño pasó una barrita de sándalo o similar por todo el local y, yo, presumí que lo que urdía era desinfectarlo: de mi presencia, claro.

Cené en el restaurante Trío, en un terrado con vistas a mi hotel y al fuerte, deleitándome con el sonido de una tabla y las voces de unos niños rajastaníes que creaban una atmósfera de espiritualidad imperceptible para quienes la música es un disco de verano.

Me encontraba muy bien: estos eran los detalles que justificaban cualquier viaje.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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