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Donde Nueva York no existe

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Al igual que en días anteriores, a ambos lados del asfalto, el desierto. No era un desierto como en los «cómics» de Tintín donde siempre acababa seco y alucinando el Capitán Haddock. El desierto del Thar no era un desierto de muchas dunas; era un desierto de arena y árboles Khejri: los árboles Khejri son vitales para la vida de los habitantes de esta zona del Rajastán, imprescindibles para su subsistencia: las hojas son forraje para camellos y cabras; los frutos se cocinan en curry; la madera se usa para construir arados y la savia, como remedio para la artritis; además de dar sombra, que por esos lares no viene nada mal. También son venerados por los habitantes. La religión siempre está presente.

Cruzar el desierto permite reflexionar, interiorizar. El silencioso y cálido desierto, el Gran Desierto Indio, te transporta a un mundo de cámara lenta, en el que cualquier matiz es signo de vida. Un mundo donde hombres o mujeres, bajo la sombra de un árbol, custodian un deshidratado ganado o simplemente hablan, mientras un fondo árido e infinito es removido por el viento. Cada pocos kilómetros, mujeres seguidas de sus hijos acopian o transportan leña de un sitio a otro, o se dirigen hacia no se sabe qué destino; otras, con la azada en las manos, arrancan a la tierra su último tesoro. Es una exhibición multicolor de tonos alegres que armoniza con la bicromía del paisaje.

En estos yermos parajes sabes que Nueva York no existe ni Madrid ni Dublín. Sólo ellos y su entorno: un mundo que gobiernan, conviven y se valen de él. Aquí viven en armonía naturaleza escasa y hombre. El perfil solitario de estas mujeres, con sus coloridos vestidos, te hace pensar en lo sujetos que estamos a todo tipo de bienes, caprichos... Ya no podríamos vivir como ellos. Primero deberíamos limpiarnos.

En las carreteras indias, los camiones aparecían y desaparecían constantemente. Prácticamente eran iguales: camiones Tata policromos, camiones vestidos de fiesta, de carnaval de pueblo y circo ambulante, con dibujos y frases por todas partes. Había unos que eran inclasificables. Transportaban leña y circulaban sobrecargados, aumentados. Eran globos hinchados de lona que ocupaban casi el ancho de la carretera, lo que imposibilitaba la visibilidad. Y esto, que como fotografía quedaba muy bien, se convertía en acrecentado riesgo a una conducción atestada de animales, de baches que, en ocasiones, quedaban cubiertos por los mantos de arena que el viento depositaba enterrando el desgastado asfalto. Los rajastaníes, de forma parsimoniosa, intentaban retirar la arena con unas pequeñas escobas hechas con ramas de árboles. Dudo que lo consiguieran: y ellos también.

Un autobús, engalanado de boda, nos acompañó durante todo el camino. Más tarde, coincidimos en un dhaba. El autobús cargado de muebles y otros enseres iba amueblado.

En realidad, cualquier medio de transporte en India estaba sobrecargado, como si fuese un constante desafío a la las leyes de la física. Al bajar del autobús, los hombres se turnaban para tumbarse en los deteriorados camastros, mientras un «turbante añil», al que yo investí como el cabecilla de la expedición, racionaba comida entre los escandalosos pasajeros.

En los dhabas, me ocurría una cosa curiosa: me limpiaban la mesa con un indefinible trapo; a ellos nunca, salvo que lo solicitasen. Hay que decir que en muchas de ellas, el «inglés» no paró nunca por allí, por lo que cuando me presentaban escrito en un mugriento papel los importes de las consumiciones, a menudo no sabía que me estaban cobrando: era tan barato que me daba lo mismo.

De camino a Jaisalmer y cerca de Pokaran nos detuvimos en el templo de Ram Bar, donde mujeres, niños y viejos me acorralaron gritando «bakish, bakish»; limosna o propina. La sensación era de agobio amargo: me sentía impotente ante la avalancha de gente que me agarraba, me gemía, me miraba, me imploraba y me estrangulaba la circulación de la sangre... Cada mano, cada lamento ambicionaba su parte. Siempre se solucionaba con unas monedas dadas al azar: quizá no al que más lo necesitaba, pero no podías hacer mucho más. Lo más cruel era negárselo a los niños. Sus pupilas, puras y frescas atravesaban mi alma; pero cuando entregabas una moneda a uno, tenías a diez o quince más que esperaban obtener, como mínimo, lo mismo que el anterior: el dinero nunca era para ellos, acababa en las manos de alguien que lo reclamaba, escondido, codicioso, cobarde... a unos metros de distancia. Del templo apenas me quedaron imágenes. Estaba mas impresionado con lo que había vivido antes de entrar, y que volví a revivir cuando salí del mismo.

Aquí Nueva York no existe.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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