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Carreteras Indias: La Muerte en el arcén

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Si hay algo que realmente se puede considerar aventura en India, son sus carreteras, una aventura gráfica de «Play Station»; con la diferencia que en ellas sólo tienes una vida: no hay posibilidad de repetir, grabar o reiniciar partida. Mal asfaltadas, llenas de socavones, irregulares, en ellas apenas se ven coches. Autobuses y camiones son dueños absolutos de estas rutas de la muerte, donde no impera la ley del más fuerte, sino la ley del que tiene más suerte; suerte de no morir en un choque frontal, de no atropellar a un animal, de no ser expulsado de la maltrecha carretera, de no reventar las ruedas con una piedra olvidada del último accidente.

Circular por ellas es jugar a una ruleta rusa en la que la última bala es un camión no esquivado, un autobús que no pudo adelantar o un animal despistado que ignora que en la carretera no son sagrados. Dentro de la recta monotonía de la carretera, cada poco tiempo encuentras de frente, y a escasos treinta metros, autobuses, camiones y coches que vienen juntos, en brutal estampida sonora; vehículos, que hasta unos instantes de estrellarte contra ellos, no sabes quién va a ceder en el estrecho margen de la carretera. Parece que la muerte espera en un volantazo: se pasa miedo.

A ambos lados de las desgastadas pistas, multitud de carteles invitan a la prudencia en la conducción. Son campañas de tráfico emocionales, que recuerdan que es mejor llegar que no, que alguien te espera y que la vida es maravillosa. Campañas que no son leídas, porque los conductores están pendientes de no atropellar un animal o finalizar la partida de la vida en un crash, pluf, plaf................clonk.

Todos los camiones tienen en la parte trasera un mensaje que viene a decir más o menos: «por favor, toque el claxon». Es la forma de adelantar, y así se hace en general, hasta que los que pitan son ellos avisando que en breve verás un accidente. En esos casos, reducen la marcha para, lentamente, maniobrar entre los amasijos de hierro y humo de accidentes de pocas horas; a veces de minutos. Los reventones son frecuentes, y los triángulos de señalización son piedras que se sitúan alrededor del vehículo reventado.

En las carreteras indias, todo aparece por sorpresa: el más experimentado conductor extranjero lo pasaría francamente mal. Si lo llega a pasar, claro. No existe la lógica, no existe la prudencia. Esto era India.

Camellos, vacas, búfalos, ovejas, cabras, palomas, perdices, perros, gatos, ciervos y pavos reales se cruzan en el camino. A veces, ya muertos en mitad del asfalto, semidevorados por aves carroñeras. Los animales ni se inmutan, y los conductores indios tratan de esquivarlos añadiendo más emoción a un corazón que ya está próximo al infarto. La paradoja es que estas carreteras de la muerte te hacen sentir más vivo. Son carreteras que inyectan adrenalina.

Los restaurantes y áreas de descanso son tristes, mugrientos, pero son ideales para tomar aliento y reposar un estresado corazón que, cuando desciendes del coche, sigue siendo tambor: el restaurante de carretera indio es un montón de pucheros ennegrecidos, llenos de comida indescifrable hasta que la examinas en un thali o bandeja donde la sirven. La única nota de color la ofrece el logotipo de «Pepsi» que suele estar en casi todos los dhabas; cuatro sillas de plástico, que algún día fue blanco y mesas llenas de herrumbre que hacen compañía a unos camastros en los que los somnolientos y aburridos camioneros descansan tumbados o sentados: no hay más.

Allí, parábamos Dinesh y yo. Él almorzaba su buen plato de dhal con chapati, y otras verduras: lo hacía con la mano derecha, a toda velocidad. Era una comida de dibujos animados. Restregaba el chapati por la comida y lo introducía en su boca que quedaba brillante por los diferentes aceites o salsas con las que pringaba. El agua, la bebía como si bebiese de un botijo o una bota: los indios nunca tocan el gollete con la boca. Después, eructaba varias veces y se lavaba las manos con el resto de agua que había quedado en su vaso de metal.

En estos calurosos dhabas, me limitaba a beber agua mineral, un refresco o un té. No me apetecía comer nunca. Lo más que hacía era probar del plato que siempre me ofrecía Dinesh.

Comer y conducir son las dos únicas cosas que los indios hacían a toda leche.

Observaba a la gente que bajaba de los autobuses: unos autobuses de ventanillas rotas, de equipaje sujeto al techo, atestados de gente; eran «infiernos en movimiento». Jugaba a adivinar cómo sería su vida ¿Quién los esperaría al final del trayecto?, ¿por qué subían a ese autobús...? Me miraban con ojos de quien no entiende qué se me había perdido allí. Ellos, con suerte, llegarían a su destino.

Como en la vida, cada carretera te lleva a un destino. En el caso de estas gentes queda limitado a uno, que no va generalmente más allá del depósito de gasolina o de la muerte en el arcén.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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