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Karni Mata, el Templo de las Ratas

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Prácticamente no pude ver la granja de camellos. Una virulenta tormenta de arena difuminaba la visión, barriendo imágenes y cuanto estaba alrededor. Nos dirigimos a Deshnok, unos treinta kilómetros al sur de Bikaner, para ver el templo de Karni Mata, «El Templo de las Ratas».

Alguien que personalmente no conozco, me lo había recomendado. En los diferentes correos electrónicos que me había enviado previos a mi viaje, insistía siempre en que el templo era impresionante. No daba más explicaciones. ¿Qué efecto fascinante le habría producido?, ¿qué significaba exactamente eso de impresionante?

Intrigado por sus comentarios, consulté en Internet y en varias guías: prácticamente, se limitaban a contar la historia del templo, según la cual, las almas que mueren son salvadas de la ira de Yama, el dios de la muerte, reencarnándose en ratas. Estas ratas sagradas moran a sus anchas por el templo, y son veneradas y alimentadas por los visitantes: se considera un privilegio que una rata pase por encima de uno, y un buen augurio comer prasad —alimentos ofrecidos por los fieles que se encuentran en al altar— una vez que lo han mordisqueado las ratas. Esto, leído, puede tener hasta su gracia, pero una vez dentro del templo, como escribía mi desconocida amiga, impresiona.

Cuando entras, lo primero que piensas es que hiciste bien en llevar calcetines: el suelo está lleno de orines y cagadas de ratas y palomas; que son ratas con alas lo demuestra el hecho de que vivan en armonía. Lo segundo: «¿Dónde me he metido?» Inatentas mirar a cualquier lado, pero cualquier lado está lleno de ratas y cualquier lado puede estar muy cerca de ti. El desagradable olor, acentuado por el calor reconcentrado, los chillidos de las ratas y esas cosas que hacen las palomas —que no se cómo se llaman, pero cuyo sonido, al menos a mi me desagrada—, ponen a prueba todos tus sentidos y el equilibrio de tus nervios. Así que lo tercero que piensas es: «¿Tu estás tonto o qué?»

Una vez pasado ese primer momento, intenté tranquilizarme desviando la vista hacia la bonita arquitectura del templo. Duró poco: dos fieles, a los que yo definiría los «pata negra» del templo por razones estéticas y filosóficas, se acercaron para contarme la historia del templo, y para que realizase una pequeña donación. También para interrogarme o hacerme la ficha: muy habitual entre los indios.

Tras contar a grandes rasgos quien era —no había tanta confianza—, el más entusiasta me aseguró que yo estaba casado. Decía que en mis ojos veía una mujer y no creía que fuese soltero, pero como esto no se lo creía ningún indio, decidí inventarme una para no tener que dar largas explicaciones: me estaban empezando a preocupar.

Continuamos conversando sobre sus dioses y religión. Confieso que no me enteré de nada de lo que me explicaron, debido, en gran parte, a que en India las religiones admiten miles de variaciones y formas, y a que mis ojos vigilaban, un poco mosqueados, los movimientos de los asquerosos roedores. Instantes después, pasábamos al momento culminante de mi visita, que fue cuando fui obligado o castigado, que uno a esas alturas ya no sabía si tenía más aversión a las ratas o a esos tipos llenos de roña que acosaban como hienas, a degustar la comida mordisqueada por las ratas: cinco negativas fueron insuficientes para evitar introducir en mi boca una especie de pastel amarillo hecho con trigo, lleno de polvo y dulce que, a pesar de que comí apenas un pedacito, se me hizo bola; pero tratándose de un asunto que podía ofender no sólo a mis nuevos amigos sino también a las ratas del lugar acepté, guardándome en un descuido de ellos, el resto del dulce de textura de serrín que aún no había digerido.

Al concluir tan repugnante y forzosa ceremonia, me estamparon la tradicional marca de tilak en la frente y en sus caras se dibujaron unas sonrisas hinchadas de regocijo.

Desde la distancia, ignoro si su alegría era debida a lo que ellos entendieron como un nuevo converso para la causa o a «otro primo que pica». Sólo sé que salí tocado.

La experiencia de esta visita me recuerda a la de la montaña rusa: primero decides subir. A medida que te das cuenta dónde estás, quieres bajar, y una vez que arranca, estás sujeto a ella sin margen de maniobra. Cuando desciendes, todavía estás trastornado y te repites eso de nunca más, aunque siempre acabas montando otra vez.

De vuelta al hotel me acordé de que jugaba «El Madrid». Era el último partido de liga y esperaba que la ganasen. En India solo gustaba el criquet.

Por la noche, negocié el precio de un auto rickshaw para ir al hotel Laxmi Villas, un hotel de lujo que en parte seguía siendo residencia del Maharajá de Bikaner. Muchos palacios han sido convertidos en hoteles gracias a los incentivos económico-fiscales que ofrece el Gobierno de Rajastán. Los maharajás ya no son tan reticentes a que sus propiedades se conviertan en hoteles y museos, lo que está permitiendo la restauración de numerosos edificios, la ampliación de la oferta y el aumento de la calidad en los servicios. El hotel, de postal. Se celebraba una fiesta privada en el jardín. Me vi obligado a cenar en el restaurante del interior, en compañía de los ventiladores, un camarero lejano y una vela, que como detalle romántico habían encendido. Estas iban a ser muchas de mis veladas indias: cenas solitarias, cenas de viento mecánico.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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