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Caminos, olores, ciudades

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El desayuno en el hotel lo tenía incluido: fue un desayuno sombrío, de sonido de cucharillas de fondo y un único rayo de sol que penetraba por la estrecha ventana de una sala llena de clientes invisibles; un desayuno servido por niños que no llegaban a los doce años, que eran todo voluntad y profesionalidad, pero que transmitían la tristeza de quien fue obligado a ser adulto antes de tiempo; un desayuno de café solo amargo. El camarero nepalí, cuando le di la última propina me reverenció como si toda su vida hubiese sido muelle. Bajó mi mochila al coche entre palabras y gestos de agradecimiento, y me deseó un feliz viaje. Y eso es lo que esperaba tener: un feliz viaje.

El trayecto Mandawa-Bikaner a través del desierto fue muy relajante: no acostumbro a hablar en los coches, me gusta mirar el paisaje y pensar en mis cosas. Jugaba con la mente, intentaba adivinar cómo era la vida en esos caminos. La naturaleza tenía vida..., los árboles, las piedras, el aire... sentían. Parece absurdo, lo sé; pero imaginarlo me entretenía y relajaba. Cambiaba el chirrío de las ruedas y el ruido del motor por música mental, que unas veces era clásica, otras pop y otras, la componía, me la inventaba. Me arrepentía de no haber continuado con mis estudios de solfeo para poder escribirlo con notas: uno, a menudo, tiende a arrepentirse y a no arrepentirse de las cosas; de las palabras dichas y las omitidas; del pude hacer y no hice; del si lo llego a saber y realmente lo sabías. Yo, en ese momento de paisajes y carretera, sólo me arrepentía de lo del solfeo: fue una oportunidad perdida en los días que crees que por salir del cascarón y ser joven sabes más que el mundo, cuando en realidad eres un ingenuo, un arrogante y un perfecto majadero que metido en esa secta que a veces es la adolescencia cree estar en posesión de las verdades de la vida: las absolutas y las relativas.

Me arrepentía de ello. Con frecuencia, los paisajes son para mí como libros en los que tu decides el decorado, la temperatura, las caras y las voces de los personajes e incluso las sensaciones que te produce el argumento. Con mi música hubiese sido mejor.

Atravesamos Fatehpur envueltos en aromas deprimentes. Las calles eran basura y agua estancada de las últimas lluvias. Una de las calles, al lado de una haveli tatuada de vistosas pinturas, estaba completamente anegada. La sensación de pasar con el coche entre los desperdicios, el agua y el olor, era de angustia, como si vivieras un sueño agobiante del que deseas despertar. ¡Quería salir de allí!

Un camello en mitad de la carretera que empezaba a ser devorado por perros, cuervos y águilas, y que nadie apartaría hasta que fuese huesos, recordaba la estrecha relación que hay entre la vida y la muerte en la India y cómo la entienden.

Llegamos a Bikaner a media mañana. El calor era insoportable. Los continuos golpes de calor intentaban derrotarme e impedir que conociese los secretos que escondía la ciudad. La actividad en las calles era inusual para ser domingo.

Bikaner cuenta con unas havelis majestuosas; havelis de ciudad, altivas, enormes. Fotografiando la de Rampuriya, siete u ocho niños, que no pasarían de los cinco años, jugaban al criquet en un improvisado campo. Me sonrieron de una manera tímida, pero alegre. Me pidieron dinero, chocolate, bolígrafos... peticiones que escucharía más a menudo de lo que hubiese deseado. A estos niños, los llevarías contigo y muchas veces me sentía mal cuando les negaba algo, y se quedaban fijos delante de mí, o con sus naricitas pegadas al cristal de la ventanilla del coche, con ojos humedecidos y suplicantes que martillaban el fondo del alma; miradas de ternura que eran prólogo de un inmenso puchero. Y pienso que tanto ellos como yo perdimos una oportunidad: una más. Aún así, ellos saben perfectamente cuál es su papel, y a pesar de ello, ríen o juegan como cualquier otro niño. Creo también que no puedes ceder a todas las peticiones, ya que estás creando unas expectativas que sabes que nunca llegarán a ver cumplidas.

La zona del mercado mantenía una gran actividad. Nos metimos en mitad de la calle principal del bazar, y estuvimos parados más de quince minutos esperando que pasase el tren que cruzaba el centro de la ciudad. Por un momento, dentro del coche me sentí aislado, y tuve unas ganas enormes de bajar y pasear por la zona, pero no quería confundir más a Dinesh obligándole a buscar un improbable aparcamiento dentro del gran atasco que el paso del tren había provocado. Me conformé con bajar la ventanilla. Instantáneamente vinieron a mí los olores de la India.

Los países árabes, Asia en general e India en particular, evocan aromas de especias, de perfumes, incienso, sándalo y otras cosas que se queman. Quien vaya pensando en encontrar esas fragancias en la India de forma aislada, que lo vaya olvidando. En India no sólo se respiran estos olores, sino éstos y otros mezclados con otros menos agradables. Una descripción real del olor de muchos rincones de India podría parecerse a esta nauseabunda receta: un poco de pimienta, azafrán y cilantro, un fuerte y lejano perfume, el aroma de una barrita de sándalo o similar quemándose en cualquier templo, mucha contaminación, porquería, olor a vaca, cerdo, otros animales y algunas dosis de aguas fecales y basura. Mezclar, batir, concentrar y reducir a una temperatura de cuarenta o cuarenta y cinco grados en el «horno indio».

Ese es el olor de India, un olor agrio y penetrante. Al menos el que yo viví. Uno, que buscaba aromas agradables, se encontraba, en muchos casos, aguantando la respiración. No obstante, siempre aparecía un oasis en el que respirar el aroma de las flores, los olores de las especias, de los perfumes...; un oasis que embriagaba la mente, llenándola de placenteros recuerdos y sensaciones.

Continuamos hasta el fuerte Junagarh, que sería el primero de los monumentales fuertes de Rajastán que tuve la oportunidad de ver, y que hacía intuir la grandeza y el poder de las antiguas ciudades del estado. Un poco más tarde, intenté conectarme a Internet, pero las conexiones eran muy lentas. El problema —me decían— es que el servidor está en Jaipur y hoy es domingo, ya sabe... Y bueno, pues me lo creía. Al no poder leer mi correo, me fui a descansar antes de visitar la granja de camellos más grande de Asía y el templo de Karni Mata, uno de los más impactantes. Un templo que cuando te preguntan lo cuentas en presente porque todavía estás viviendo la experiencia.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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