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Bocetos del Rajastán

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Tras más de seis horas de viaje llegamos a Nawalgarth, una pequeña ciudad rodeada de arena del desierto. Después de la atronadora Delhi, me pareció un paraíso. Le dije a Dinesh que aparcase, y me dispuse a hacer lo que más me gusta cuando viajo: perderme y vagar.

En el mercado local de verduras, bajo tenderetes de telas granates y verdes, las mujeres ordenaban una variedad limitada de hortalizas, verduras y tubérculos: el resultado de un esfuerzo de azadón y muchas horas de cuidados. Sentadas en el suelo, con una mano en la cabeza —esa mano que ponemos todos cuando el sol molesta y no nos deja ver—, las mujeres departían con sus compañeras o con sus vecinas de puesto. La venta era lo de menos. Ellas presentaban algo que ofrecer y si nadie compraba, al menos tendrían para llenar el estómago.

Las inevitables moscas, revoloteaban alrededor de vacas que hacían ronda por unas calles llenas de havelis y casas abandonadas a su suerte. De vez en cuando, asomaba alguien y saludaba: «Namasté»; una unión de manos llevadas al pecho en un ligero movimiento, que significaba bienvenida, saludo y respeto: un «tres en uno» que en occidente hemos olvidado.

Las havelis son mansiones o pequeños palacios construidos por los mercaderes en los tiempos en los que las caravanas de camellos eran uno de los pocos nexos de unión entre Oriente y Occidente. Las de Nawalgarth, si bien no son las más grandes de Rajastán, si son las que quizá tengan más historia. Según me contaron en una de ellas, hoy convertida en museo, los mercaderes competían en ostentación, buscando la admiración, el respeto o la envidia de unos habitantes que jamás lograrían poseer esas riquezas. La construcción y el tamaño delimitaban las diferencias entre unos y otros. ¿Cuántos tratos se hicieron en ellas?, ¿cuántos mercaderes celebraron sus fiestas y sus éxitos en sus patios?, ¿cuántas historias de amor, posesión y celos silenciaban sus paredes?

En una, curioseando en una húmeda sala, avisté unos muñecos que encerrados en vitrinas por parejas, representaban cada una de las Ciudades Estado de Rajastán. El guía, un guía de gafas de culo de vaso que veía menos que Pepe Leches al que, por cierto, no tengo el gusto de conocer, me explicó la posición social que ocupaban los hombres y mujeres de Rajastán en función de su vestimenta, de las joyas y de los adornos: el turbante, por ejemplo, era una pieza fundamental, en el caso de ellos, para identificar su oficio y condición: en Rajastán el hábito hacía al monje.

Muchos oficios en India, sobre todo lo que sugieren es ternura. Los sastres, que como única compañía tienen su vieja máquina de coser, cosían pacientes en unos talleres que no ocupan mas de cuatro metros cuadrados, las telas que los clientes llevaban. Suelen ser personas mayores, vestidas con un humilde pijama blanco o con el dhoti, una tela blanca atada en la cintura y anudada por entre las piernas. Sus caras no expresaban alegría ni tristeza, sólo un gesto de resignación de quien sabe que el día que no pueda dar más puntadas está destinado a vivir pendiente de un hilo: del hilo de la caridad, que es tan frágil y escurridizo como el hombre. Los herreros y forjadores que lo mismo hacían un caldero que limaban piezas de automóviles o camiones, eran de raza grasa; los latoneros, que moldeaban con mimo enormes planchas de metal que se convertirían en cajas, en baúles, en cubos... eran otros de los personajes más frecuentes en las calles indias.

Feliz e ilusionado, desfilaba ante una serie de gente que vivía de una economía básica, alejada de los caprichos, de las necesidades. Era en estos pueblos, donde menos se apreciaban las diferencias sociales porque parecía que todos tenían lo mismo: poco.

De camino a Mandawa, nos sorprendió una breve tormenta de arena que reavivaba el paisaje moviendo lo que antes permanecía fijo. Durante el trayecto, de apenas veinticinco kilómetros, dos hombres, resguardados bajo un árbol, dialogaban ausentes del mundo y de la tormenta. Entre el ronroneo del coche y el silbido del viento, pensaba en esos hombres y en lo maravilloso que es el arte de la conversación que, en su caso, debía enriquecer con palabras sus vidas. Muchas veces me hubiera gustado comprender su idioma, porque estoy convencido que en estos sitios cuando hablan, saben de qué.

En Mandawa, me alojé en el Mandawa Castle, un antiguo castillo, el mejor hotel del pueblo y casi el único. Era el único forastero no sólo en el hotel sino en el pueblo. En el hotel —un hotel como la India, venido a menos—, aparte de mí, se alojaba una pareja de recién casados. En India, en varios hoteles estuve solo. No había mucho cliente. En alguno, fui el único.

Mandawa, en medio del desierto del Thar, contaba con espléndidos templos y havelis. Se recorría en muy poco tiempo. Cuando me quise dar cuenta estaba fuera del pueblo: en el desierto. La sensación que tenía era la de esos días de calor, de bochorno que aumentan la soledad y la nostalgia.

El repique de unas de unas campanas me habían atraído hasta un templo. Entre el polvo y el humo de sándalo, se celebraba una alborotada ceremonia. La gente murmuraba sus rezos y los sacerdotes hacían sonar campanas y carillones. Era una liturgia rápida, breve; como si la religión requiriera de urgencias. No entendía nada. Días más tarde, ya nada me parecía raro.

Cenaba en la azotea del hotel, con la única compañía de un camarero nepalí, una lámpara de luz triste —que de vez en cuando se ausentaba— y un monótono e interminable cri cri, cuando se presentó Lalit, el jefe de Dinesh, acompañado de otras dos personas para que le pagase el total del alquiler del coche. Eran un poco mafia: habían hecho el viaje desde Jaipur —algo más de ciento treinta kilómetros de carretera india, con lo que eso significaba— con el único objetivo de cobrarme. Estaba cenando, así que los insté a que esperasen media hora: después me reuniría con ellos en la recepción del hotel. Ese tiempo me vendría muy bien para preparar la estrategia con ellos: al igual que ellos no se fiaban de mí, yo no me fiaba de ellos.

En India hay que andarse con mil ojos, incluso con los que dicen que son tus amigos: sería más correcto decir tus mejores vendedores. India puede relajar en extremo y aunque es un país sumamente fácil para un extranjero, conviene tomar ciertas precauciones. No se trata de ser desconfiado, huraño o esquivo; más bien de aplicar el sentido común y el instinto.

Cuando aparecí en la recepción, estaban sentados en un rincón del hall, charlando animadamente. Al verme, callaron y durante unos segundos nos examinamos con aires de película del Oeste. Cambié el lugar de reunión. No me gustaba. Elegí una mesa cercana al mostrador de recepción, y les dije, señalando unos sillones de mimbre, que tomasen asiento. Lo hicieron rodeándome, estudiando mis movimientos, casi hurgando en mis bolsillos. Después de un tira y afloja sobre las cantidades a pagar y los lugares donde se efectuarían los pagos, sacamos yo, la pasta —que en estos negocios se llama así—, él, el cambio y contamos los billetes como si fuéramos contables o tratantes de ganado. Cerramos el trato con un apretón de manos y sonrisas afiladas que eran avisos de «ni se te ocurra jugármela». El acuerdo fue fácil; de un té: ellos, pretendían el pago total; yo, al final; ellos, exigían algo más de la mitad en Mandawa y el resto en Jaipur, quince días después. Al final, la mitad al principio y la otra, cuando dejase el Ambasador en Khajuraho: un «ni pa ti ni pa mí»; un pacto de caballeros.

Me acosté tranquilo. Mi paleta ya tenía unos primeros colores, mi cabeza unos recuerdos, unas ideas para pintar, pinceladas del desierto. Bocetos del Rajastán.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

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