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En las puertas del desierto

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Mi chofer estaba puntualmente esperando en el hotel. Demasiado puntual para mi gusto: a las siete de la mañana estaba llamando a la habitación cuando nuestra hora de partida eran las nueve. Después de presentarnos —se llamaba Dinesh Soni y apenas hablaba inglés— iniciamos mi viaje por Rajastán. El ruido y tráfico de Delhi iban quedando atrás. Imaginaba la música que me acompañaba, mientras absorbía el paisaje y vivía la carretera. No me había despedido de Delhi; sólo un hasta luego. En un mes pasaríamos juntos unos días.

— ¿Primera vez en India? —preguntó Dinesh, con el fin de tantearme y romper el hielo. Pregunta absurda por otra parte: se veía a leguas que era primerizo.

— Sí, primera vez.

— ¿Está casado Señor?, ¿tiene hijos? —seguía indagando—. Yo sí: una niña y un niño.

— No, no estoy casado y no tengo hijos.

— Su novia está en España y no ha podido venir, ¿verdad señor?

— No, no tengo novia, estoy solo —contesté escuetamente a unas preguntas que no venían a cuento.

Dinesh se quedó pensativo. No entendía que no tuviera mujer. En una sociedad como la india eso es casi impensable, y por momentos la admiración que le había podido causar, pareció esfumarse. Su expresión era de incredulidad y de fastidio por tener que llevar a un cliente tan raro.

— Debería casarse señor —me aconsejó antes de callar y centrarse en la conducción por una autopista llena de camiones y autobuses sobrecargados de cosas y personas; una carretera que dibujaba en línea recta la vida del país. Un país en el que todo se mezclaba sin que te dieses cuenta de ello: la carretera era una masala de humo, asfalto, metal, madera y calor.

Tras unas horas en las que comprendes lo fácil que es morir, nos detuvimos en un dhaba, que básicamente es un restaurante de carretera donde paran los camiones y los autobuses. Era la hora del almuerzo de Dinesh. Sólo comía él: yo no almorzaba por una razón de seguridad. Posiblemente, mi estómago no estuviese preparado para comer lo que allí se cocinaba: los dhabas solían estar bastante sucios, llenos de moscas, y por el calor que hacía, intuías que las condiciones de salubridad no eran las más adecuadas para un occidental acostumbrado a comer una manipulada y aséptica comida. Aún así, la comida no tenía mala pinta: chapati —pan de tandori— y dhal—una sopa de lentejas que a veces mezclaban con yogur, cebolla cruda y limón—.

Mientras él comía, yo bebía agua mineral, estiraba las piernas y abría los ojos mirando a ambos lados de la carretera. Disfrutaba viendo el paso de carros tirados por camellos que transportaban troncos de tamaño de vigas o enormes fardos que ignoraba que contenían. Los camellos circulaban de paso pesado y acompasado, como si fuesen de paseo, saludando sonrientes con leves movimientos de cabeza. Nos desviamos de la carretera, y tras cruzar una primera aldea en la que los hombres charlaban, andaban o vendían sus mercancías, advertí que me adentraba en un mundo más lento, que llevaba una velocidad pausada, suave, de cámara lenta, reflexiva. A medida que avanzábamos, asomaba el ambiente rural de Rajastán.

Profundizamos en la árida y desolada sierra de Sheknawati, cerca del desierto del Thar. Se divisaban pequeñas aldeas cada pocos kilómetros; hombres y mujeres en mitad de la nada, lejos de cualquier ambición, pastoreando sus despendolados rebaños de cabras y ovejas; mujeres en fila india que cargaban, en su cabeza y espalda, leña de los pequeños árboles. Eran acompañadas por traviesos niños que, de vez en cuando, correteaban a su alrededor. Otro rebaño.

Dinesh hubiese preferido hacer un recorrido clásico del Rajastán, el de las grandes ciudades y comisiones, y no entendía que le hiciese parar en una ladera de la montaña o en una aldea inhabitada; pero yo no era Dinesh.

Esta era una de las razones por las que había alquilado el coche: estaba interesado en ver el ambiente rural, intentar comprender un entorno nuevo para mí; muy diferente de lo que había conocido hasta ese momento.

En cada giro de rueda, asomaba un paisaje desgarrado por los siglos; un paisaje que murmuraba cuando lo mirabas, cuando contemplabas la interminable postal en la que se convertía; un paisaje que se metía dentro de tu cuerpo y te hacía comprender lo lejos que quedaba todo... Estaba en Sheknawati, puerta del desierto del Thar. En un espejismo imaginado, me engañaba viendo pasar las caravanas de camellos que siglos atrás habían convertido la región en una de las más prosperas de Rajastán. El ferrocarril había acabado con aquello. Como si se tratase de un desafío al «progreso», aún se veían pequeñas caravanas de no más de cuatro o cinco camellos y esta vez reales, que eran azotadas por el viento del desierto.

Ese día, con gran suerte para mí, Dinesh se perdió varias veces, teniendo que parar en pueblecitos y aldeas que no debían tener ni nombre para preguntar por una dirección que no venía en ningún cartel. La gente se acercaba, nos rodeaba, nos estudiaba. Debía parecer la persona más extraña que habían visto en su vida, «un alien con gafas»... No dejaban de observarme, con ojos tímidos, de curiosidad; miradas de niños. Éramos la comidilla del pueblo.

Hacía calor, un calor que ahogaba y que abrasaba el rastrojo, que no pelos, que quedan en mi cabeza: hubo un tiempo que tenía cabello, forma cursi de decir que tenía mucho pelo ¡Menos mal que teníamos aire acondicionado!; sin él, hubiese sido difícil aguantarlo.

Perdidos ya del todo, con un Dinesh contrariado, disgustado; de primer día con el cliente y la cago, y ¿ahora cómo salgo de ésta? y yo, que con mi serenidad le ponía más nervioso, consumíamos un día de esos en los que la planificación es mala compañera de viaje. Ignoraba si llegaríamos a Mandawa antes del anochecer pero, sin saber cómo, aparecimos de casualidad frente a un cartel que indicaba la proximidad de nuestro destino.

Estaba en las puertas del desierto y lo demás no me importaba.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

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