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Tratamiento de Choque

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Después de desayunar y haber repasado cuatro notas —aún no había cerrado el precio de alquiler del coche con conductor en el que haría una parte del viaje— salí del hotel para tener un primer contacto con la ciudad. El primer contacto fue que me contactaron a mí. Sin tiempo para asimilar y centrarme dónde estaba, y en menos de doscientos metros, me abordaron siete personas: el departamento comercial de la ciudad. Esto iba a convertirse en algo habitual durante mi estancia en Delhi hasta la noche, cuando no sabía muy bien por qué, la gente desaparecía.

Siempre que viajo solo me gusta caminar sin rumbo fijo, fisgando por cualquier recoveco, sin mapas, sin guión, sin obligaciones de visitar este o aquel lugar. Creo que es la mejor manera de descubrir una ciudad, un pueblo... Me dejo llevar: en una encrucijada de calles, solo instantes antes, decido por cuál seguir. Parecerá una tontería, una forma de desaprovechar el tiempo, pero esta forma de hurgar en los sitios, permite tener un contacto más real, un contacto nada previsible con la ciudad, con los habitantes... contigo. En ocasiones, no es grato lo que ves; pero en los viajes no todo debe ser perfecto ni debe ser idealizado, y no hacer esto puede distorsionar la realidad de un lugar. Este tratamiento de choque que me impongo me sirve también para analizar mis posibilidades de adaptación: por mucho que hayas viajado siempre eres un principiante en territorios desconocidos. Procuro, eso sí, visitar los monumentos y lugares que realmente merezcan la pena o sean únicos. Si por cuestiones de tiempo, dinero, despiste o están cerrados no veo algo, no pienso: ¡vaya fastidio!, ¡qué mala suerte!, sino: ¡ya lo veré!, ¡tengo que volver! Y así, de esa manera tan anárquica, fue como Delhi y yo nos conocimos una mañana de verano: tanteándonos un poco tímidos; a trompicones.

A pesar de todas las personas que me habían embestido en este primer paseo indio y que dificultaban la relación con la ciudad —personas que merecen un capítulo aparte—, las primeras conclusiones que saqué de Delhi fueron que era una ciudad agotada, vencida, caótica, imposible...

Delhi es una ciudad hecha de remiendos de siete ciudades que a lo largo de los siglos configuraron un caos absoluto, un caos maravilloso donde todo es mezcla de arquitectura, religiones y culturas que como un virus infecta las venas de la ciudad; Delhi son siete ciudades diferentes que se convierten en una; una ciudad que se expande y se contrae, una ciudad camaleónica, una novela basada en conquistas, en saqueos; una ciudad de pactos y de ingleses: que, no sé por qué, siempre acaban metidos directa o indirectamente en todos los fregados, sean suyos o de otra gente. Todo era ruidoso, viejo, infernal. De todas formas, pensaba, que esta primera impresión cambiaría a medida que fuese descubriendo y entendiendo la realidad de un país que me habían anunciado incomprensible.

Abro mi diario de viaje y leo: «cruzar las calles se convierte en un ejercicio de supervivencia; los semáforos en muchos casos son meros elementos decorativos. En teoría conducen de acuerdo a las reglas británicas. En la práctica, sin reglas. La referencia más cercana es un claxon que advierte sobre la posibilidad de un accidente inminente. Los estridentes bocinazos se meten en tus oídos, destrozando los tímpanos ya el primer día. De noche, es aún más peligroso: no hay nada iluminado y los coches y los auto rickshaws apenas utilizan los faros. Desde el primer día, miro a todos lados y procuro cruzar junto a los sufridos habitantes. No sé si será más seguro, pero de momento ha funcionado. Espero poder acabar el viaje sin ser atropellado, porque, de verdad, lo más arriesgado de India es andar por sus calles sin saber por dónde va a aparecer un coche, un camión de reparto, una moto, un rickshaw, una vaca o un cerdo».

Delhi es una ciudad de esas que odias al principio y a la que acabas queriendo para siempre. Es como cuando conocemos a alguien y al principio nos cae fatal, no lo aguantamos, y al final lo unimos a nuestras vidas porque descubrimos que la primera impresión no es la que cuenta. Esto es lo que me pasaría a mí con Delhi, una ciudad que me había sacudido violentamente para llamar mi atención; para quererme.
 



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

India



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