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Aterrizando en el país de las emociones

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La primera impresión que tuve a punto de aterrizar fue que Delhi debía ser una ciudad muy pobre. Lo supe cuando en el horizonte, a medida que descendíamos, no se avistaban más que luces aisladas. Eran candiles de soledad, unipersonales, luces de casa en el campo.

Quien haya aterrizado o despegado de noche en una gran ciudad sabe a qué me refiero: esté lejos o cerca el aeropuerto del centro, siempre hay miles de brillos que provienen de los suburbios, de los polígonos industriales, de la lejana masa amarillenta o anaranjada que envuelve la ciudad. En Delhi, no. Lo constaté, horas más tarde cuando, después de una tediosa espera para pasar la aduana, me llevaron hasta el corazón de la ciudad donde se encontraba mi hotel.

Me despedí del señor Singh, el hindú que estuvo sentado a mi lado durante el vuelo.

— No busque explicaciones —me había dicho—. India es un país contradictorio para aquel que no ha nacido aquí. Acepte lo que vea, no pretenda mejorar el mundo, no se agobie. India es un río lleno de afluentes cuyo curso lo han formado las tradiciones, y en cuyo cauce navega la religión. Por muchos años que usted viviese aquí, no podría comprender de qué hablo. Usted pertenece a la sociedad de la razón, una sociedad que enfermó cuando decidió cambiar a Dios por el yo. El dinero, el egocentrismo, la envidia, la ira acumulada serán su decadencia.

— No todo es así —repliqué—. Usted, que vive en París, sabe perfectamente que los occidentales dentro de ese mundo podrido en el que tanto usted como yo habitamos, siempre hay antorchas que alumbran esas sombras que nos impiden llegar a la perfección.

Asintió: —De todas formas, hágame caso y no intente buscar respuestas a preguntas que en India no existen. No está preparado.

La cola que se formaba para pasar la aduana era de dos velocidades. La de los nacionales, tres o cuatro veces más grande que la de los extranjeros, avanzaba despacio; la de «foreing visitors», la nuestra: no avanzaba. La iluminación del aeropuerto era de fluorescente de colegio, de esas que pedías urgente un timbre salvador que te liberase de esa luz y ese ambiente enrarecido de olores de muchas horas y lecciones monótonas. Sin preguntas, sin respuestas, con miradas profundas, miradas que enfocan directamente a las pupilas, sellaron mi pasaporte y, tras pasar otro control más, anduve hasta la sala de recogida de equipajes donde el mío, mareado, se deslizaba en una cinta aburrida, tartamuda, traqueteante...

Cuando salí, me estaba esperando media India. Al aparecer por la puerta de salida una avalancha de hombres se avalanzó sobre mí. Parecían corredores de bolsa por la forma en que gritaban y se movían para llamar mi atención. Querían hacerme el traslado, reservarme un hotel...; hacer caja en suma. En previsión de no tener que estar sometido a una presión innecesaria, había contratado el traslado y reservado mis primeras noches en Delhi desde Madrid.

Tres personas para realizar un traslado en un viejo Ambasador eran excesivas, pero siguiendo los consejos del sosegado señor Singh, no quise buscar ninguna explicación. En nuestro trayecto al hotel apenas se veían luces, todo estaba absolutamente oscuro y, sólo, en los últimos kilómetros asomaban las primeras, que iluminaban tenues a hombres que en posición quieta, de escultura, eran sombras de una ciudad negra.

Llegué al hotel y aunque estaba cansado, no tenía sueño. Me cambié y salí a dar una vuelta; pero la ciudad estaba cerrada, y el bar del hotel también. Regresé a mi habitación. Sólo me hacía una pregunta: ¿dónde estaba Delhi?.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

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