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Despegando

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No sé por qué, pero me gusta Barajas. De todos los aeropuertos que conozco, no sé si por la costumbre, porque allí comenzaron alguno de los viajes que mejor recuerdo guardo o por razones que desconozco, el hecho es que me siento bien en ese aeropuerto.

Tomé un taxi en las vacías calles de una ciudad que aún mantenía encendidas sus luces anaranjadas. Contaba las veces que había llegado de madrugada al aeropuerto. Muchas: ya no me acordaba. El día comenzaba a clarear, y parecía que los primeros rayos de sol despertaban a los aviones que se desperezaban en la neblina del verano: aviones que, por riguroso turno, en unas horas, volverían a transportar los sueños y las vidas de miles de pasajeros. Anónimas y aún medio dormidas, las gentes esperaban inquietas el momento en que volarían para realizar negocios, abrazar a la familia, al novio, al amante o, como en mi caso, ver aquello que una vez leí en un libro o me contaron.

Siempre hay un momento muy especial para mí: es cuando los motores del avión alcanzan la máxima potencia instantes antes del despegue. Cuando ocurre esto, acuden a mi cabeza mil sensaciones diferentes, desordenadas, contradictorias que estimulan mi sistema nervioso y lo dejan a merced de la lucha perpetua que mantienen el cerebro y el corazón; la pasión y la razón: por un lado, la alegría de vivir nuevas experiencias, la satisfacción de conocer otras culturas, ver otros paisajes o, simplemente, por el gusto de absorber olores, colores o sabores que, o son nuevos, o estaban olvidados. Por otro, un sentimiento de nostalgia, quizá absurdo, por lo que dejas y a veces te gustaría llevar contigo. Hace ya años descubrí que lo importante de viajar, lo apasionante de viajar, no era narrarlo a tu regreso ni hacer fotos, sino atesorar cada una de las imágenes vividas: las risas, la soledad, los paisajes, el sufrimiento, las incomodidades, los placeres; las palabras que se van amontonando en el alma y que constituyen la mayor riqueza que nos fue dada: la vida. Eso es lo que queda cuando viajas. Un viaje es crecimiento personal que siempre permanece a tu lado: antes de viajar, por la ilusión y los preparativos; viajando por lo que experimentas y cuando vuelves, por el recuerdo. Los viajes son niñez, juventud y vejez. Hay quien viaja para olvidar y olvida que un viaje es para recordar.

No hay un medio de transporte más impersonal que el avión. Todo es aséptico, frío y estrecho. Nada es cercano; ni el paisaje ni los pasajeros ni las azafatas, aunque reconozco que el vuelo desde París a Delhi se me hizo muy corto y agradable, gracias a la excelente tripulación de Air France que, sin gestos forzados ni ademanes militares, cumplió eficazmente su misión; a la compañía de un hindú residente en París que viajaba con su familia por vacaciones, que de vez en cuando dejaba de leer su libro, un libro amarillo que trataba sobre almas y me orientaba sobre la vida, y al sobrecogedor paisaje de las desérticas y afiladas cumbres de las montañas de Afganistán que tornasolaban a medida que en dirección contraria a la nuestra huía el Sol.

Se apagaban las luces de la cabina. Estaba llegando a Delhi.



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Soul India I 17 de junio - 6 de julio

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