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Adiós India, Hola Madrid

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Me desperté a las seis de la mañana. La lluvia llamaba a la ventana y entraba con tímidos goteos por una abertura que dejaba el aparato de aire acondicionado. La mancha de humedad en la moqueta avanzaba por momentos, como si quisiera conquistar la habitación. En el cuarto de baño, el panorama era similar, solo que en este caso, el agua se arrastraba hasta un sumidero que evitaba la inundación. Decidí no telefonear a la recepción de un hotel cuyos recepcionistas no se caracterizaban por su agilidad mental y ganas de agradar al personal: cuando el problema se hubiese solucionado, ya habría abandonado el hotel, y el cambio de habitación me hubiese obligado a hacer y rehacer el equipaje varias veces.

Era mi último día en Delhi, mi postrer día indio. Mi avión salía a las doce y media de la noche, media hora después del de Cenicienta: «El Sueño» estaba acabando.

Cuando reservé el hotel, negocié la salida de la habitación para el anochecer a fín de aprovechar el día y abandonarme unas horas por la ciudad. Quería una despedida dulce, una despedida sin urgencias, sin prisas. Sólo me apresuré para salir del húmedo cuarto, vestirme e ir a desayunar. En el restaurante, se precipitaban ya los recuerdos de días de camareros y mesas vacías, de café soluble y ruidos de recoger platos. Sorbía pensativo, calculando cuántos días desayuné solo con la única compañía de aquellos camareros que vestían desgastados uniformes y chaquetas con lamparones de antaño: «Casi todos» —resolvía, contando con los dedos de una mano las excepciones.

Hice caso omiso a los conductores de auto rickshaws que acechaban por docenas en Janpath a los extranjeros, para llevarlos a comprar en los emporiums. Tenía curiosidad por saber si los dos primeros golfos que me timaron en India se encontraban en las inmediaciones del Palika Bazar, en Counaugth Circus. Y allí se hallaban, a la búsqueda de primos que como yo, pagasen cantidades astronómicas por una limpieza de zapatos que, en el caso de los míos, el limpiabotas previamente había manchado arrojando barro; y por una limpieza de orejas que me taponó el oído y me aligeró el bolsillo. Como uno en esta vida sabe perder, me despedí de ellos con un saludo y sonrisa lejanos. Rodeé varias veces los coloniales edificios de Counaugth Circus; me adentré en las librerías, en las diminutas tiendas de música; repartí rupias a los mendigos; regateé un poco, y escapé de ese círculo vicioso que era Counaugth Circus, símbolo de los contrastes de una India que siempre te dejaba en el punto de partida: era el laberinto indio. Contraté, por algo menos de un euro la hora, un auto rickshaw para sentir la emoción y la velocidad del violento tráfico de una ciudad consumida por su propia vida. Acelerábamos en las solitarias avenidas del gobierno, serpenteábamos las accidentadas calles de la vieja Delhi y nos asfixiábamos con las humaredas que desprendían los tubos de escape de miles de vehículos que no pasaron nunca una Itv. Aún tuve tiempo de pasear por Paharganj y beber una cerveza en un tugurio oculto en una bocacalle del Main Bazar.

Delhi, India, se acababan. Regresé al hotel para almorzar. Y allí en fila, como si quisieran rendirme homenaje, se situaban cinco camareros que sólo la rompieron cuando elegí mi mesa. Discutimos mi menú entre todos, acordando que lo ideal para ese almuerzo era empezar con un dhal y continuar con un pollo tandori. Salí del hotel a regatear un taxi para ir al aeropuerto. Anduve por Janpath hasta las cercanías del mercado tibetano donde, por algo menos de tres euros, cerré el precio del traslado y fijé la hora de salida. Volví al hotel, y comencé a preparar un equipaje que había crecido de regalos y recuerdos. Delhi, India, se acababan.

En el aeropuerto, soldados del ejercito indio esperaban su hora de salida paseando altivos sus limpios uniformes. Los únicos que impresionaban eran los sijs. Me bebí mis últimas rupias en el único bar del aeropuerto donde dos británicos se emborrachaban de cerveza india ante la mirada incrédula de mi último camarero indio.

Tras dos horas de lectura, me encontraba a bordo del avión.

Dicen que las despedidas son dolorosas. Yo no diría tanto: simplemente son el inicio de la nostalgia.

Amanecía en París y ya nada era igual. La gente se movía rápido, como queriendo adelantar la salida de los vuelos; se leían periódicos de color salmón; se veían gestos cansados que se dirigían a los organizados corrales de embarque en los que azafatas y personal de las compañías aéreas cortaban las entradas de los viajes.

Una vez en Madrid, el taxista que me llevó hasta casa me contó su vida, la de los demás, y tuvo tiempo de explicarme los errores de la política municipal, las previsiones de tráfico... al tiempo que participaba, de forma vehemente, en la tertulia que en esos momentos se escuchaba con las típicas interferencias de «¿Manolo estas ahí?», en una de esas radios que cuentan su verdad: me daba lo mismo, yo no estaba allí.

Solo cuando bajé del taxi fui capaz de saludar a una ciudad silenciosa que parecía no tener vida.

¿Estaba en Madrid?



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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