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Discutía con un estirado empleado de Air France: mi billete había sido cancelado. Era imposible, le explicaba, dos días antes lo había reconfirmado a través de Internet y todo parecía correcto. Me dijo que volviese en un rato, que vería que se podía hacer. Aunque de buen grado me hubiese quedado un mes más, tenía una obligación en Madrid y era necesario viajar en tiempo. No podía demorarme un solo día. Cuando salí de allí, Delhi era distinta. No reconocía los edificios, creía que, en un despiste, me había perdido; no me sonaban los coches ni la gente. Tomé un auto rickshaw y pronuncié una dirección a voleo. Estaba confuso: no sé si por lo del vuelo o por una ciudad que se me hacía extraña. Nos detuvimos en un parque en el que los pavos reales atacaban a los paseantes, y una manada de tristes vacas se acercaban demasiado a nuestra posición. En el centro del parque había un lago donde la gente remaba en unos botes de colores astillados, mientras un grupo de «Hi friend» atosigaba a dos suecos de pelo rubio y gafas de miopes. Salí huyendo hasta la orilla del lago, y tomé en préstamo y sin permiso una de las pequeñas barcas que todavía permanecían libres. Remé hacia el interior, y al pasar al lado de dos barcas, vi como arrojaban hombres muertos al agua. La gente reía o lloraba, pedía que me acercase, que ayudase a tirar los cadáveres. Me excusé, y bogué lo más rápido que pude hasta el norte del lago en el que un templo, lleno de monos y de mendigos que se disputaban las limosnas de los fieles, ensordecía por el repicar de cientos de campanas. En el templo, para mi sorpresa, se hallaba el señor Singh: me sonrió desapareciendo presuroso entre los sacerdotes del templo. No comprendía, era muy extraño. Intenté regresar al hotel, pero las calles eran cada vez más estrechas y siempre acababan en un callejón sin salida. Estaba seguro de que había caminado por allí; pero me era imposible encontrar una salida. En una de ellas, resbalé y caí al suelo. Me levanté y volví a caer. El pavimento era hielo tapizado de pieles de mango y de plátano, y los pasos se hacían difíciles. Reflexioné, y opté por caminar a gatas para no volver a caer. Me fui levantando un poco más en cada pisada, dejando en un salto ese tortuoso camino. Aparecí en una gran avenida, limpia, tranquilizadora, donde los paseantes se saludaban con el típico Namasté. Sonreían. Los grandes espacios abiertos indicaban que no volvería a desfallecer. Mis pasos eran firmes, seguros. Me sentía muy ligero. Había adelgazado varios kilos en India, pero era otro tipo de ligereza la que sentía. A medida que avanzaba por la avenida, notaba cómo mi alma soltaba lastre, como si se vaciase de algo que la incomodara, de algo que la encadenaba.

Cuando llegué al hotel aún no se había resuelto lo de mi vuelo: la única solución era permanecer diez días más en Delhi o viajar dos días después vía Bombay. No me dio tiempo a decidirlo. En ese momento, desperté: había sido un sueño.

¿Un sueño premonitorio?, ¿un sueño de la fe?

Volví a dormir.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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