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Lelos de Paharganj

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Una de las grandes ventajas de viajar es que uno va conociendo todo tipo de personajes, lo que ayuda bastante a superar la timidez y a quitarse absurdos prejuicios. Los hay de todos los géneros: masculino y femenino, neutro; variaciones de los anteriores... Pero, sin lugar a dudas, hay uno que sobresale sobre todos, cuyos miembros pueden pertenecer a cualquiera de los anteriores y que dejan una huella imborrable en nuestros recuerdos: son los pertenecientes al «género lelo». Dentro de este género, a su vez, hago una distinción entre los que nacieron y los que se hicieron. Por los que nacieron, siento un profundo respeto e, incluso, admiración; son felices sin preocuparse de nada y de nadie. Por los otros, por los que se acoplaron tras un curso acelerado de estupidez no siento ni lastima. Son bufones de ellos mismos y de una camarilla de aspirantes a ingresar en el género, en la elite de la idiotez; sólo ellos se ríen de sus gracias.

Podía haber sido en otro sitio, en otra ciudad, porque en todos los sitios «cuecen habas»: sin ir más lejos, en mi barrio conozco unos cuantos, y trabajando he conocido bastantes. Ocurrió en Paharganj.

Me andaba yo realizando unas compras por Main Bazar, centro neurálgico de Paharganj, que acabará convirtiéndose en un ghetto para guirís —y si no al tiempo—, cuando me «asaltó» uno de los canta-mañanas más rastreros que conocí en India. Sorprendentemente, no quería venderme nada ni hacerme proposiciones como el bujarrón de Fatehpur Sikri: quería que firmase en un folio en el que supuestamente se apoyaba a los refugiados de Bangla Desh. Me explicó que la situación allí era insostenible y que él, junto con otros compatriotas, se hallaba allí recogiendo firmas para entregárselas al gobierno. Me metió un rollo tremendo sobre la guerra, sobre los derechos humanos, sobre la libertad... Sin embargo, aquello que contaba no tenía lógica alguna. En el manoseado papel en el que se recogían las firmas no figuraban nombres indios ni números de pasaportes ni documentos. Existía, eso sí, un pequeño recuadro para poner la cantidad que como donativo iba a acompañar a la firma. Era un timo a todas luces; un timo burdo y cruel con el que pretendía lucrarse a costa de supuestas desgracias nacionales. Negué mi colaboración y seguí caminando. Él, me siguió vociferante y amenazante. Cada pocos metros me insultaba y me agarraba del hombro para que comprendiese que en Paharganj era casi una institución. Me dijo que en Paharganj podía tener problemas, y que él podía evitarlos. Cuando entraba en las pequeñas tiendas, discutía con los dueños asegurando que yo era su cliente; me enseñaba violento, amenazador, una variedad de artículos y, cuando los rechazaba, vociferaba como si yo fuese sordo. Patético. Seguía mi particular calvario, cuando se juntaron tres más a la comitiva. Se colocaron a mi espalda, con su aliento en mi cogote, con su olor por todas partes; demasiado cerca... Su fin no era otro que amedrentarme y agobiarme. Creían que se reían de mí con sus burlas de pandilleros baratos, que me afectaban sus comentarios... Un ciclo rickshaw, conducido por un chaval que apenas tenía quince años, apareció ante nosotros. Conseguí esquivarlo, pero dos de mis «acompañantes» fueron atropellados. Nada grave, un leve golpecito. Sin embargo, no se lo tomaron muy bien: golpearon al niño y al ciclo rickshaw, mientras los otros dos reían y la gente no hacía nada por evitar tan desigual combate. Me interpuse entre el niño y los matones. Recibí un pequeño empujón. Más risas sacadas de su guión, más gritos, más confusión: «lo ves, lo ves», me decía el cabecilla. Aquí mandamos nosotros. Alertados, supongo, por el corrillo que se había formado, llegaron dos policías que sin detenerse a pedir explicaciones comenzaron a repartir porrazos a los «tontos del haba cum lauden», mientras se veía como el más chulo, el jefe, el «Rey de Paharganj», el más cobarde, escapaba como alma que lleva el diablo por la callejas de Paharganj.

Media hora más tarde, trasegando una botella de cerveza australiana en un bar de música de los ochenta y guiris de siempre, me reía del incidente: sólo había sido una anécdota más, una anécdota de diario porque, por desgracia, este mundo está lleno de sujetos que se consideran el centro del universo y sólo son felices —y yo creo que ni eso— si humillan e insultan, si vejan y se sienten temidos, sin reparar en el daño que puedan ocasionar a los demás.

El mundo está lleno de «Lelos de Paharganj».



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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