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Ala en India

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El domingo había amanecido de paseo y aperitivo. Decidí caminar los siete kilómetros que separaban mi hotel de Old Delhi: quería visitar la mezquita de Jasmi Masjid. En mi anterior estancia en Delhi, no pude acceder a su interior al ser viernes y estar reservado el paso a los musulmanes. Además, deseaba perderme otra vez en las aglomeradas callejuelas donde vi mi Soul Delhi.

Janpath estaba desierta. El mercado tibetano y los comercios permanecían cerrados. Tan solo unos pequeños tenderetes abrían tímidamente los metálicos cierres. Al sol le faltaban dos horas para castigar la piel. Incluso los conductores de auto rickshaws importunaban de domingo, sin muchas ganas; vaguetes. El paseo, muy placentero, de esos que serían perfectos con una parada en el parque y la lectura de un libro o un periódico. Llegando a Conaught Place me abordó un hombrecillo mayor, cano barbo, de piel arrugada y mirada viva que suplicaba con gestos y atropellada oratoria que visitase su humilde tienda. Era musulmán y decía que se ganaba la vida comprando y vendiendo unas pocas mercancías. Era pobre, muy pobre, aseguraba: sólo tenía hijas. Yo —me decía— le daría suerte: «el viejo truco de primer cliente da suerte», discurso que cambian estos mercaderes en una palabra al llegar la noche: «último» por primer cliente.

Hay fulanos que me caen bien nada más verlos. No sé, me gustan. Son buscavidas con gracia, con ingenio, que inspiran una mezcla de ternura y admiración difícil de explicar. Son tipos que la vida ha golpeado hasta en el cielo de la boca; tíos que se lo han currado con energía, sin perder la sonrisa, conscientes de una situación que en ocasiones les vino dada y en otras se la buscaron. No conocen la palabra envidia, y las trampas, cuando las hacen, y las hacen a menudo, son juegos malabares embellecidos con tanta chispa y sutileza que deberían estar no en los manuales de timos o magia, sino en los de ARTE: así, con mayúsculas.

El caso es que consiguió colocarme unas pasminas, y yo le saqué un té. En su pequeña tienda, escondida en un recoveco de la calle principal y oculta en un callejón, en cuatro livianos anaqueles reposaban unas cuantas piezas de cerámica, tres pulseras y diez recuerdos. En dos de las esquinas se apilaban bolsas con pasminas y cojines. Mientras me vendía, nos conversábamos el té.

—¿Sabe?, en esta zona es difícil la venta para los musulmanes. Los tibetanos, los hindúes, los sijs, todos..., tienen grandes comercios y los musulmanes no estamos muy bien vistos. Quedamos pocos en Janpath. Por eso, aprovecho el domingo para vender. El resto de días lo tengo más difícil. Ya ve cómo es mi tienda; pequeña. No tengo mucho, pero me voy arreglando. Compre algo por favor.

—¿Por qué dice que la venta es difícil aquí para los musulmanes? —indagué.

—Los musulmanes y los hindúes, a pesar de las apariencias, no acabamos de llevarnos bien. Es cierto que, en India, los musulmanes somos más de cien millones, pero si usted es observador, se habrá dado cuenta que nosotros tenemos nuestros propios barrios, nuestros propios mercados, totalmente separados de los hindúes. Nuestra religión es diferente; la única. Nuestra forma de entender la vida es diferente. Convivimos, nos toleramos pero, en ocasiones, nos enfrentamos. Cada vez se va acumulando más el rencor.

— Sin embargo —comenté— yo he estado en varias ciudades, en Old Delhi, y no he tenido esa impresión.

— Si, seguramente, pero es que usted no vive aquí. Los musulmanes y los hindúes somos dos pueblos que sabemos esperar nuestro momento, aguantamos como el camello aguanta sin agua en el desierto, pero siempre estamos alerta. Generalmente no pasa nada hasta que integristas de uno u otro lado encrespan el ambiente, pero esto cada vez está peor.

Continuaba hablando, al tiempo que revolvía su pequeño comercio y me mostraba nuevas mercancías.

— ¿Por qué no se lleva esta caja, es una caja con cerradura secreta? Intente abrirla, verá como no puede. Sólo doscientas rupias. Para usted, que es amigo, ciento ochenta.

Era un genio y la caja era curiosa, pero no iba a cargar con ella durante el día, así que dándonos la mano y llevándola al corazón nos despedimos.

Alá sea contigo fueron las últimas palabras que escuché cuando me alejaba.

A mitad de camino contraté un ciclo rickshaw. En Old Delhi se celebraba un mercado dominical en el que, en esteras repartidas por las aceras, se vendían todo tipo de objetos: radios y televisores tullidos, cacerolas y sartenes, calzado, alguno de un solo zapato; ropa, telas... Las calles eran unos grandes almacenes siempre de rebajas; eran una fiesta cubierta de aromas que procedían de los improvisados dhabas que, frenéticos, despachaban fritos y verdura cocinada.

Un kilómetro antes de llegar a Jasmi Masjid detuve al ciclo rickshaw. Me apetecía curiosear por los tenderetes, mezclarme con la gente, ser «masala». Me acodé en un dhaba, comí algo y bebí agua observando cómo varios indios salivaban y fijaban la vista en la comida que, en cucuruchos de noticias rancias, sería servida instantes después. Aún con el sabor de la cebolla en la boca me llegué hasta Jasmi Masjid, la gran mezquita de Delhi y una de las más importantes del mundo. Subí las escalinatas que conducían a la entrada y paré unos minutos para contemplar la Fortaleza Roja que asomaba, imponente, a una vista de media distancia. Me adentré. El patio abierto daba la impresión de poder albergar a toda la comunidad musulmana de Delhi. Era enorme. Un estanque en el patio donde tenían lugar las abluciones invitaba a refrescarse. Tratándose de un lugar sagrado, ni se me pasó por mi recalentada cabeza: igual que respeto una religión, respeto otra, esté de acuerdo o no con sus principios.

Miles de musulmanes permanecían tumbados bajo los soportales de la mezquita conversando y resguardándose de unas temperaturas que rozaban los cuarenta y tres grados. Caminé respetuoso por la sala de plegarias, finalizando mi visita con la subida a uno de los minaretes desde donde se obtenían unas espléndidas vistas de la ciudad. Se escuchaban las voces de un muecín que llamaba a la oración

Desde esa posición Alá vigilaba la ciudad.
 



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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