TripNTale is the best place to share your travel   Upload Photos Now! X

El Tahúr de Jalandhar

Viewed: 477  

 

. El Paschim Express marchaba parsimonioso por las fértiles llanuras del Punjab. Los campos de arroz afloraban en un lienzo impresionista donde el agua reflejaba una vegetación anegada. Al llegar a la ciudad industrial de Jalandhar, descendí del tren con la intención de fumar un cigarrillo y comprar agua. Entre calada y calada, me distraía observando a los vendedores que, en alocadas carreras, se afanaban por llegar a las puertas de los interminables vagones: eran ventas urgentes, de manos cruzadas y billetes arrugados: los rostros no importaban. Por mi izquierda, avanzaron dos policías de paisano que, con una barra y un detector de metales, revisaban los bajos de los coches. Al pasar junto a mí, uno de ellos se detuvo, y durante unos instantes me examinó con una cara cínica de Clara Gabela en «Lo que el viento se llevó», continuando su camino mientras su acompañante giraba la cabeza de vez en cuando, mirándome de reojo. Curiosidad india, pensé: no era la primera vez que sucedía y, por ello, no di mayor importancia al asunto. Llamé a uno de los avispados chicos que, en cubos de metal, llevaban agua y refrescos para despachar. Cuando pagaba, escuché una voz que provenía del interior del tren y que, de manera enérgica, reclamaba mi atención. Al girarme, «Clara Gabela» me hacía señas inequívocas para que me adentrara en el vagón: sin duda era el jefe. Una vez arriba, me pidió —rogar hubiese sido lo correcto tratándose de la autoridad— que le acompañase hasta mi departamento. Antes de sentarnos, el otro comprobó que no había nadie excepto nosotros en el vagón. Sentados en triángulo equilátero, se dirigió a mí de una forma severa, al tiempo que su subordinado se flagelaba la palma de la mano con una torcida barra de acero:

— Usted ha cometido una grave infracción, ha ofendido a nuestro país.

No sabía de qué hablaba, creí que estaba de cachondeo, que la suerte me había regalado con la compañía de un policía amigo de bromear con turistas. No obstante, y como en esos casos hay que ser prudente, no solté una carcajada, que era lo que me pedía el cuerpo y, con toda la cordialidad que me fue posible, le pregunté la razón.

— Usted ha fumado en un lugar prohibido y eso es un delito muy grave. ¿Sabe que puedo detenerlo por ello?, ¿ve esa ventana? —prosiguió orientando la vista hacia un pequeño bloque adosado al edificio principal de la estación. Ahora mismo tengo encerradas a quince personas que, como usted, se han burlado de nuestras leyes.

No me gustaba cómo se sucedían los acontecimientos. Ese semblante duro me hizo especular con la posibilidad no sólo de tener que hacer una visita a unas dependencias que no deseaba conocer y verme obligado a intimar con transgresores de las leyes indias, sino con otra, que en ese momento me preocupaba más; que no era otra que la pérdida del tren y el consiguiente rollo de explicaciones absurdas que hubiese tenido que fabular para abandonar tan antipática ciudad. Me disculpé, le hice notar que ignoraba esa prohibición, que había visto a mucha gente fumar en los andenes y que nada más lejos de mi intención que ofender a su país.

Él repetía una y otra vez la misma cantinela, intercambiando frases en punjabí con su compañero: que si había cometido un delito, que estaba prohibido fumar, que tenía el calabozo lleno, que me iba a empapelar... Su objetivo no era otro que ponerme nervioso, que me fuese de vareta; presionarme hasta derrumbarme, preparar su traca final.

— Tendrá que pagar una fuerte multa, pero quizá deba pasar unas horas aquí —concluyó.

Aseguré, con la mayor serenidad que me fue posible, que por ese error no merecía ser multado ni arrestado, que había sido la primera vez; no lo volvería a hacer. En fin, solicitaba su comprensión. Se hizo un largo silencio, un silencio de miradas penetrantes en el que como partida de póquer esperábamos el siguiente envite. Los dos jugábamos nuestras cartas. Al otro policía lo habíamos descartado: era un juego entre profesionales. Las palabras eran nuestros naipes, las miradas las jugadas. En unas manos, descubrí que iba de farol: a medida que se acercaba la hora de la salida del tren, insistía una y otra vez en que pagase una multa; primero con recibo, luego sin él. Yo me mantenía firme, cambiando la conversación con preguntas banales, con estadísticas que me importaban un bledo, indagando sobre la vida en el Punjab... Asombrado por mi actitud, sustituyó su gesto de dureza por una irónica sonrisa que parecía anunciar mi derrota final. A mi favor contaba que ya había jugado partidas parecidas en La Habana, en Marrakech, en Estambul, en México, y sabía que sólo era cuestión de tiempo, de aguantar. Todos eran iguales, y la experiencia me dice que el que de verdad te quiere fastidiar omite prolegómenos innecesarios, va al grano y no se anda por las ramas: te «jode» y ya está. Como decía Margarita de Valois: «Plaza que parlamenta es plaza medio conquistada». Mi contrincante lo olvidó en un exceso de autoridad mal entendida. Seguramente habría desplumado a muchos turistas, pero fue a dar con uno que ya había jugado en varios salones de la vida con fulleros y sinvergüenzas.

Sonó el pitido del tren; ya no obtendrían su botín. Se despidieron deseándome un buen viaje y salieron musitando palabras de confusión, palabras tan marcadas como su baraja.

Los tahúres no sólo juegan a las cartas.



Comments

Please Login or Sign Up to comment.

or

or


Soul India II 7 de julio - 22 de julio

india



Home Service done the smart way