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Música Punjabi

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Cuando llegué al comedor lo encontré vacío. Ya me había acostumbrado a cenar solo y después de la experiencia en la frontera, tenía hambre. Encargué una de las enormes cervezas indias de más de medio litro y miré, sin mucha ilusión, una de esas cartas indias que anunciaban los mismos platos, las mismas especialidades, los mismo sabores... Dudaba entre elegir comida vegetariana o no vegetariana. De la vegetariana prácticamente lo había probado todo, y de la no-vegetariana estaba harto del pollo; el pescado no me inspiraba ninguna confianza y lo que ellos servían como cordero, muchas veces era cabra. Finalmente, y al no saber qué elegir, pedí consejo al camarero, que, a diferencia de otros, no tuvo inconveniente en aconsejarme una especialidad punjabi; un «totum revolutum» de carne de pollo y verduras, no demasiado especiado, pero sí servido con una salsa de tomate bastante contundente que presagiaba una pesada digestión.

Entraron dos clientes más; dos pilotos de Air India. Eran clientes habituales, clientes del vuelo semanal que ya compadreaban con el personal del hotel. En esos momentos, me hubiera gustado que alguno de mis amigos estuviera allí: no me importa comer o cenar solo, estoy acostumbrado; pero con frecuencia la compañía de alguien mejora mucho la comida. En esto pensaba, cuando en una de esas miradas de soledad que desplazan tus ojos a todas y a ninguna parte reparé en un pequeño escenario que, tan triste como la luz del comedor, estaba montado en una esquina. Se me hacía difícil comprender que para tres clientes hubiese un espectáculo o una animación musical.

Entre bocado y bocado añoraba a todos mis amigos, y brindaba solemnemente con cada uno de ellos recordando sus palabras, sus sonrisas, sus enfados, sus gestos, su carácter y, cubriéndoles de imaginados abrazos, llenábamos el restaurante.

Aparecieron dos músicos, y tras un didáctico ensayo, comenzaron a tocar una tabla y una especie de órgano que tenía algo de acordeón. La música sonaba melancólica y poco a poco, de una forma casi imperceptible, el sonido de la percusión iba creando una base rítmica sólida, profunda, llena de matices que hipnotizaba. El cantante, un sij de ojos dulces —unos ojos que no llevan mentiras, unos ojos de mi amiga Paloma pero en negro—, parecía recitar en lugar de cantar. Lo hacía suave, de una manera tan melódica que en ocasiones su voz se confundía con la música. Era una música que sin darte cuenta se metía dentro de tu corazón y se instalaba allí para siempre. Era una música de cerrar los ojos, una música para amar.

Me interrumpió una llamada. Era Aurelio, mi ex jefe, que en compañía de Natalia y Félix, dos amigos, dos compañeros, a esas horas almorzaban en Madrid. Me preguntó cómo me iba, cuándo volvía, qué día quedábamos. Se preocupaba por mí y, en esos momentos de soledad, se agradecía una voz amiga que había acudido a mis deseos. Nos despedimos como siempre, un poco brutos. La música sonaba cada vez más cadenciosa y en ese instante, después del corte de comunicación, pensé en ellos y en todos aquellos amigos que quiero y que muchas veces descuido sin saber muy bien por qué.

Porque para mí, los verdaderos amigos son música punjabí, que siempre están en mi corazón.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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