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Frontera con Pakistán

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Los últimos restos del agua caída habían formado grandes charcos en varios puntos de la ciudad. La mañana asomaba radiante, de buganvillas limpias y un sol picante, que en horas secaría los temporales lagos nacidos de las lluvias, convirtiéndolos en barro, en aceras movedizas y traicioneras que hundían aún más los esfuerzos de la vida. Con dificultad, el ciclo rickshaw walash que me transportaba hasta el templo de Durgiana pedaleaba por unas calles desniveladas que obligaban, en ocasiones, a hacer un trabajo solidario para liberar unas ruedas sin guardabarros de la tierra humedecida. Nos arrastrábamos humillados, con la cabeza agachada, empujando por el manillar y por uno de los laterales del asiento, tensando unos músculos que se agotaban en cada empujón, en cada vuelta de radio. Éramos dos hombres con un mismo problema; éramos un problema para el conductor de un camión de reparto que su mala suerte puso a nuestro lado. Cuando conseguimos escapar, nos recompensamos con sendas botellas de agua mineral y un rato de conversación.

— ¿Conoce la frontera con Pakistán? —dijo mi ciclo-chofer—. Es verdaderamente bonita, muy interesante. Si quiere yo lo puedo arreglar.

El día anterior, en mi paseo por el mercado de Amritsar alguien me lo había comentado también. Tenía toda la tarde libre y sólo eran treinta kilómetros por unos paisajes que, según me pintaron, debían ser espléndidos. No lo pensé mucho, aunque la frontera me imponía un poco de respeto. Regateamos el precio fácil; de precio de salida razonable. Un coche me esperaría a las puertas del hotel a media tarde, a las seis; no antes ni después. Eso era importante aunque ignoraba la razón. Nos despedimos en la entrada del templo de Durgiana. En el templo, caminé por el mármol mojado y permanecí en su interior, no sé si rezando o meditando un buen rato antes de recoger mis compras y regresar al hotel.

A las seis en punto, me esperaba un sij bastante serio, de esos que infunden respeto: era un sij duro, de rostro de guerrillero que ves en el telediario; de esos que en cualquier momento se cabrea y te la lía. El coche era una furgoneta pequeña, bastante vieja, destartalada, sin nada de serie y golpeada por el tiempo.

Las relaciones de India con Pakistán en esos momentos, creo que en ninguno, eran buenas y esto, unido al «careto» del sij me acongojaron un poco. Sólo cuando monté en la parte delantera y vi una pegatina del gurú Nanak me calmé un poco. No tenía ni idea de lo que iba a ver, no sabía cuánto tiempo duraría la excursión, no me habían explicado nada. Me dejaba llevar a un lugar en el que precisamente los turistas no debían estar muy bien vistos. Abandonamos Amritsar atravesando unos animados arrabales que anunciaban el final de la India. No sabía qué ocurriría allí, mi chofer no hablaba y las preguntas eran respondidas con un lacónico sí o con un seco no. Solamente por ver los campos de arroz, valía la pena arriesgarse. A medida que nos acercábamos, el tráfico era más denso y la velocidad de atasco. Cuando llegamos, me dijo que bajase, que debía andar quinientos metros. Él me esperaría hasta mi regreso.

La frontera estaba atestada de gente: se vendía agua, banderines de India, postales y discos del templo Dorado: ¿Qué significaba todo eso?, ¿dónde carajo me habían llevado? Manejaba diferentes hipótesis, entre ellas que la frontera era, en realidad, un lugar de compras libre de impuestos donde la gente acudía a comprar. Nada más lejos de la realidad. Seguí a la multitud para saber donde acababa todo. En el puesto fronterizo, un soldado me pidió el pasaporte, me cacheó por todas partes, descubriendo una pequeña navaja que llevaba. No me la quitó. Trajeron un perro, y durante unos segundos me olisqueó llegando a apoyar sus patas en mi pecho, al tiempo que el soldado lo manejaba a tirones, moviéndolo a mí alrededor: —Es por las bombas, ¿sabe?, fue su única explicación. En esos momentos ya se había hecho un corrillo de indios a mi alrededor. Anduve un rato y, tras pasar dos controles más, aparecí en un anfiteatro repleto de gente que canturreaba y portaba grandes banderas de India. Los soldados nos acomodaban en los graderíos y nos aprisionaban sin dejarnos mover de ese «anfiteatro de concentración». A escasos cien metros, otro anfiteatro, otro graderío: esta vez en Pakistán. No entendía nada. Allí tenía lugar el espectáculo más absurdo que vi en India: pakistaníes e indios se decían de todo menos bonito, ante la comprensiva y orgullosa mirada de los militares que controlaban las enfervorizadas masas. Cada pocos minutos, un exaltado indio saltaba desde la grada y galopaba ondeando su bandera hasta la verja que separaba los países, mientras la gente coreaba y celebraba su osadía: un sitio de esos que piensas que se va a liar la de Dios es Cristo, un sitio de portada de diario del tipo trescientas personas mueren en una avalancha de gente en la frontera de India y Pakistán. Realmente, el espectáculo consistía en ver cómo los militares de uno y otro país desfilaban y arriaban las banderas entre los gritos de júbilos del gentío. La distancia entre banderas era apenas de diez metros; diez metros donde aumentaba el odio: diez absurdos metros llenos de rencor.

No me parece mal que la gente se sienta orgullosa de su país, de su región, de su ciudad, de su pueblo... Un puntillo nacionalista es bueno, es una referencia; pero de eso a demostrarlo mediante el insulto, el desprecio, el terrorismo, la chulería... media un abismo, y me parece una solemne estupidez. En un mundo en que las principales fronteras que van quedando son las económicas y las religiosas —las demás van cayendo—, es absurdo cegarse en el odio que nace de la ignorancia, y en la cruel creencia de sentirse superiores a otros pueblos, de creerse los elegidos de Dios, los únicos. Y que no me cuenten historias de hechos diferenciales y de patrias inmaculadas. La historia es muy larga y nosotros sólo escribimos renglones; renglones torcidos, renglones fundados en la subjetividad, porque a todos nos han lavado alguna vez el cerebro. A mano y a maquina. El problema aparece cuando a algunos les centrifugan sin utilizar suavizante y les echan un poco más de lejía. Es entonces cuando sus cerebros son movidos por aspas de molino que arrojan aires de abducción que impiden comprender que los nacionalismos extremos no son más que el resultado de una frustración interior, de la perdida de la razón.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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