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Lluvia

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Amritsar me estaba encantando. Supongo que, templo Dorado aparte, el que no te abordasen ni te diesen la brasa —la gran brasa india— contribuía a ello. Se podía pasear sin ningún temor a ser interrogado de forma involuntaria; se podían examinar telas y chales sin una legión de curiosos alrededor; se podía, en fin, respirar. Marujeé un buen rato por el bazar textil, un enorme laberinto de telas estampadas que hacían complicada la elección. Los grandes y enormes rollos de las telas parecían apuntalar los muros y tabiques del bazar. En mi vida había visto tal cantidad de comercios que vendiesen lo mismo. En el lugar más recóndito, encontrabas un tenderete, una galería sin salida en la que se exponían los más variados tejidos que yo suponía podían vestir a media India. Me adentraba en las tiendas y allí, medio tumbados sobre un suelo enmoquetado de sábanas, el dueño y yo comentábamos las calidades, los precios, las posibilidades de los lienzos, en tanto que un empleado se afanaba en desenrollar los grandes cilindros de mil colores y motivos extendiéndolos por el local: «que no te convence esto, ¡niño, trae los chales!», vociferaba el dueño, contento de tener un cliente extranjero, un cliente de postín: un «mirlo blanco» en su establecimiento con el que haría el día. Me divertía muchísimo: fingía entender, ser un experto en materia textil cuando la realidad es que me costaba diferenciar las calidades: la experiencia de haber visto y sobado telas en otros lugares, junto con el análisis de los gestos del dueño y del personal, que a mis comentarios cambiaban el semblante, me ayudaban a decidir. A veces no era suficiente y, si no timado, seguro que alguna vez me llevé algo bien pagado.

Así transcurría la mañana, feliz de estar en una ciudad amable en la que la gente ofrecía su hospitalidad desinteresadamente. Cuando abandoné el templo Dorado y antes de perderme en el Bazar, callejeé por los suburbios próximos al centro de la ciudad, mirando los oficios, escuchando los trabajos, viviendo la ciudad. Descansé en una carpintería que olía a viruta y goma fresca; charlé, sin saber cómo, con un sastre que no sabía inglés y bebí agua en un pequeño puesto donde el propietario y sus amigos me quisieron regalar chocolatinas y otras chucherías como muestra de hospitalidad: tenía mi propia pandilla india. El día era perfecto. Me encontraba muy bien.

Había quedado con el dueño de la tienda en recoger mis compras al día siguiente: no es práctico patear una ciudad cargado de bolsas y menos, en ciudades donde el espacio para pasar en determinadas calles es para dos personas o una vaca. De todos modos en Amritsar se veían pocas.

Las nubes comenzaron a descargar agua. Primero, unos gotitas, luego un chaparrón y finalmente la lluvia del monzón en todo su esplendor. Al principio, no había dado mucha importancia a la lluvia. Me encontraba cerca del bazar textil, fisgando en un entramado de callejuelas donde se vendían cacharros de menaje, pucheros de cobre y metal, y no imaginaba, que el aguacero durase más de quince minutos. Sin embargo, la lluvia seguía cayendo, y busqué refugio en un portalón de una casa abandonada. Pasó una hora, pasaron casi dos, cuando viendo que no paraba de llover, decidí regresar al hotel. Como no tenía ni idea de dónde me encontraba, me metí por la primera calleja que tenía más de tres metros de anchura. Estaba inundada, viré en la siguiente; también. Regresé chapoteando sobre mis pasos, explorando nuevas calles por las que poder escapar; pero estaban anegadas. Volví a la casa abandonada y esperé un tiempo más. Fue peor: la riada de agua amenazaba con llegar a mi arruinada guarida. El nivel de las aguas iba subiendo hasta originar pequeñas «Venecias» sin góndolas, pero con mendrugos de una porquería que navegaba incontrolada, de «rafting», en los canales formados por la tromba de agua. Había leído en el Times of India que en una zona del norte de India habían muerto cuarenta y dos personas por los efectos provocados por la lluvia. Y, en Amritsar, la lluvia iba a más. Como no quería ser número anónimo de portada de periódico, salí de allí hundiendo mis piernas en un agua chocolateada que me llegaba por encima de los tobillos: conseguí alcanzar una pequeña glorieta, en la que un «todo terreno» remató la faena equilibrando, en un derrape que hizo de surtidor con chorro a presión, la cantidad de agua en mi cuerpo. Mi cuerpo cada vez era más blanco, más grimoso; era agua vestida. Derrotado por la lluvia, convencí —en realidad fueron mis rupias— a un conductor de auto rickshaw para que me llevase al hotel. Encerrado en el vehículo, al que habían colocado en los laterales dos trapos hechos jirones a modo de cortinas, pude observar que toda la ciudad era un parque acuático y la entrada del hotel, una laguna. Desembarqué como pude por una puerta lateral, con el agua por encima de las rodillas. Ya en mi habitación, tomé una ducha caliente. Me puse cómodo. Con un cuerpo menguado, fofo y estriado, telefoneé al servicio de lavandería y al de habitaciones. Sabiéndome seguro, mientras sorbía el humeante té, reflexioné sobre el día, llegando a la conclusión de que a veces es necesario hundirse para poder reflotar, en lugar de esperar que los problemas se resuelvan por sí solos, que amaine el temporal.

Porque en la vida, el sol no sale ni al mismo tiempo ni para todos por igual.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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