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El Templo Dorado

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Me gusta llegar a las ciudades con la amanecida. Incluso los días de calor huelen frescas. La luz del sol colorea con pinceladas de tiempo las fachadas, dibuja las calles, traza las avenidas y restaura la vida.

Caminé los escasos cien metros que separaban la estación de Amritsar del Grand, el hotel en el que tenía previsto pernoctar. En la penumbra, tumbado en un jergón, aún dormía el recepcionista: un ejem, ejem, ¿hay alguien ahí?, despertaron al aturdido empleado que se estiraba de bailarina de ballet al tiempo que rugía como el león de La Metro. No parecía tener interés en que fuese su cliente. Somnoliento y legañoso, me mostró una habitación de paredes celestes donde los churretones de sangre seca eran pruebas fehacientes de que en ese cuarto se habían cometido espeluznantes masacres de mosquitos. La colcha de la cama dañaba la vista: era una colcha de depresión, de esas que nunca conocieron noches de amor; lo más, un torpe revolcón de sábanas gastadas. La mesilla de noche sostenía una lámpara de a media luz los dos y el ventilador distribuía a partes iguales aire y polvo. No había armarios ni cajoneras donde colocar la ropa: sólo una silla. Como extra, un televisor que yo presumía era de los de pocas líneas y mucho movimiento: un televisor con hipo. El cuarto de baño era un solar con un lavabo, una alcachofa de ducha y una taza. Lujo asiático, vamos.

Aún así, decidí quedarme. El hotel tenía un patio interior que recomendaba la lectura en las horas de calor. No pudo ser: una diferencia de trescientas rupias en el precio y el ofrecimiento de una habitación peor, bastaron para que recogiese mis bártulos y a otro hotel mariposa. Por la misma tarifa, me alojé en el mejor hotel de la ciudad. Me duché, tomé un café y fui hasta la puerta del hotel a negociar el precio de un ciclo rickshaw.

A las puertas del templo, los peregrinos pululaban un buen rato antes de lavarse los pies. No se veían mendigos, no existía el dolor: otra India.

Los sijs eran unos tipos organizados: hospitalarios y afables, guardaban los zapatos y las pertenencias de los visitantes en cajetines de madera perfectamente alineados; nada del barullo de las mezquitas y templos hindúes. Proporcionaban pañuelos para cubrirse la cabeza de forma totalmente gratuita, sin solicitar nada: cada cual elegía su color. Una joven me observaba divertida mientras yo intentaba colocarme un pañuelo a modo de bucanero; un pañuelo que resbalaba por mi cabeza y acababa en mis ya desesperadas manos: ella se acercó, posó sus ojos en los míos y, sin mediar palabra, agarró el pañuelo y lo deslizó por mi cabeza ajustando dulcemente el nudo en el cogote, alejando sus manos en una caricia de dedos en mis labios. Sonrío. En un gesto de complicidad nos dijimos adiós.

No creo que haya en el mundo templos en los que la espiritualidad esté presente en todos los rincones como en el templo Dorado de Amritsar. Una vez que traspasas las puertas del recinto, te arropa una sensación de paz que te reconcilia de golpe y porrazo con todo aquello que es motivo de turbación: el templo, abierto por los cuatros puntos cardinales, simboliza la apertura a todas las religiones, a todas las castas, a todos los hombres. Es un núcleo de respeto que persigue la concordia y la comunión con Dios.

Deslizándome por el bruñido mármol, admiraba el harmandir, el «Templo dorado de Dios» que emergía majestuoso de las aguas del Amrit Sarovar, «El estanque de la inmortalidad». En el interior, fluía la lectura de su libro sagrado «el Adi Granth» que amplificada por potentes altavoces y acompañada por la armonía de la música, envolvía de religiosidad el complejo.

Al abandonar el harmandir, dos de los guardianes insistieron en ofrecerme prasad. Acomodado en el mármol, masticando el alimento sagrado y contemplando el estanque, se acercaron a mí dos sijs que, tras solicitarme permiso para tomarme una foto e intercambiar clicks, se sentaron a mi lado.

Jagtar y Adish eran dos sijs amables, gordinflones, no muy altos en comparación con los imponentes guerreros que custodiaban el templo. Después del interrogatorio típico de quién eres, de dónde eres y qué haces aquí, sondearon mis conocimientos sobre la religión sij.

— Realmente no sé mucho —confesé—. Tengo entendido que es una mezcla de las religiones musulmana e hinduista.

— Eso es inexacto —replicó Jagtar—. Es cierto que hay aspectos que parecen sacados de esas religiones. No somos musulmanes ni hindúes; nuestra religión es única: el sijismo predica que no importa la religión que sigas, siempre que lo hagas de forma correcta. El sijismo no es solo dejarse crecer el pelo y comer prasad en el gurudwara: el sij es una persona que cree en Dios y en los primeros gurúes; un sij es aquel que a través de la justicia, el conocimiento y del esfuerzo espiritual alcanza la armonía con Dios y la sociedad.

Animado por las palabras de su compañero intervino Adish:

— Pero es que además somos otra raza. La gente dice que los gurúes fueron hindúes o visitaron la Meca, pero la realidad es que el gurú Nanak fue a la Meca a predicar la palabra de Dios, no a abrazar el Islam.

— Tienes razón amigo mío —apostilló Jagtar que ocultaba su barba en una redecilla—. Los sijs deberíamos dejar de pensar que somos parte del Hinduismo o del Islam: cualquiera que conozca un poco nuestra historia sabrá que tanto hindúes como musulmanes nos han golpeado en uno u otro sentido en el pasado.

— He leído que la lectura de las escrituras sagradas no se interrumpe nunca. ¿Cuál es la razón?

— Las escrituras sagradas fueron escritas por nuestros gurúes, su lectura es la única vía para aprender sus enseñanzas —respondió Adish—. ¿Cómo puede una religión seguirse adecuadamente, si los profetas no han escrito ellos mismos las escrituras? El sijismo es la única religión que fue escrita por los profetas, por los gurués. Por esa razón, nuestra religión nunca ha sido alterada ni tergiversada.

— Pero el gurú Nanak dijo que no había que creer solo en las escrituras —replicó Jagtar.

— Lo que en realidad dijo el gurú Nanak fue que la palabra no es suficiente para abrazar un culto. Uno se tiene que convencer por sí mismo, tiene que creer por sí mismo. Esto es válido para cualquier religión.

Me abandonaron para ir al Guruka-langar, una gigantesca cantina comunal donde los sijs ofrecen comida gratuita a los visitantes. No los acompañé: ya había estado allí, y quería perderme en las callejas de la ciudad amable.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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