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Noche con los Sijs

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El tren llegó puntual. En breves intervalos de tiempo, subieron mis compañeros de viaje: un hombre de negocios, tres sijs, uno de ellos ortodoxo, y un sujeto imposible de definir. Todos punjabís.

Durante una comida de antiguos compañeros y siempre amigos, José Luis, el mayor del grupo y disfrutador como pocos de los placeres de la vida, el cual un día decidió quedarse calvo por no tener un pelo de tonto, me había aconsejado viajar hasta a Amritsar, en el Punjab, al lado de la frontera con Pakistán. Su sugerencia me desviaba bastante de mi idea original y, al principio, escuchaba como aquel que no toma en mucha consideración las palabras que te trastocan los planes o tus fijaciones. Entre copa y copa de vino, un vino perfectamente elegido por Luis, un vino de dos botellas, su particular y emocionada descripción del templo Dorado y una rotunda afirmación: «Los sijs son una gente maravillosa», me hicieron considerar, muy seriamente, la posibilidad de poner patas arriba otra vez el itinerario. Arcadio, un leonés que de buena gente que es no debería pasar por el juicio final, me decía: «Chiqui tú a tu aire» y Luis, un financiero de ojos llenos de enigmas al que el tiempo dio la razón, aconsejaba: «Fernandito cuidaste»; pero José Luis ya me había metido el veneno.

Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue encender el ordenador y duplicar varias veces las hojas de cálculo donde concebía los itinerarios previos. No necesitaba informarme mucho, el consejo de José Luis era suficiente garantía: hay tipos en la vida de los que te fías, de esos que tienen un criterio natural para determinados asuntos y que no defraudan en sus comentarios: José Luis es uno de ellos.

Y como decía José Luis, los sijs son una gente maravillosa: de mirada penetrante, seria, de «mariconadas» las justas, esconden en su interior una mezcla perfecta de inteligencia, seriedad, corazón, respeto y simpatía, que es difícil no sentirse a gusto con ellos. Tienen fama de guerreros, de haberlas liado pardas, pero los han machacado muchas veces. Hoy, aún siendo minoría en India, ocupan buenos puestos en la Administración, en las empresas y en los estratos más elevados de la sociedad: incluso los menos afortunados parecen pobres ricos de la India.

No sé por qué, pero los indios se dirigen a ti en comandita. Uno de ellos lleva la voz cantante y el resto hacen los coros: Khushwant, un sij rechoncho, de barriga de muchos banquetes, tomó asiento junto a mí, y me ofreció su comida, asegurando que era casera, que la había preparado su hermana que vivía en Delhi. Contagiados por su generosidad, el resto de mis compañeros de viaje desplegaron sistemáticamente tarteras y chapatis envueltos en papel de periódico que habían comprado en la última estación. Yo no tenía nada más que ofrecer que agradecimiento, así que llamé al chai walash que, con pericia, nos escanció en unos pequeños cuenquitos de barro el aromático chai masala; un té emulsionado al abrigo de la hospitalidad, un té con sabor de amigos: un té universal.

Durante esa cena de grasa en los dedos y en los labios, reímos, bromeamos, y charlamos sobre los hindúes, sobre los musulmanes, sobre Pakistán, sobre religión y, sobre todo, sobre el templo Dorado. Cuando hablaban del templo, cuando describían cada uno de sus rincones, cuando Dirhu, el sij ortodoxo, tarareaba melancólicas canciones punjabís, y de los hieráticos rostros, de sus absortos y temibles perfiles sijs manaban lágrimas, te acordabas de los cretinos que confunden la sensibilidad con la debilidad de carácter, la velocidad con el tocino, y la fortaleza con el «a mí no me afecta ná». Eran hombres valientes, eran guerreros, eran enérgicos, eran sijs.

A media noche, comenzaron a subir militares a los vagones del tren. Eran soldados sijs: altos, delgados, pura fibra. Sus cabezas cubiertas por un turbante azul y sus barbas negras imponían. Se desplazaban por los vagones rápidos, ruidosos, como si estuviesen registrando en busca de alguien. El sonido metálico que producían sus fusiles al chocar con las puertas del tren era un sonido duro, de los que mejor que sea en las puertas y no en tu cara. Uno de los soldados, el que parecía tener más galones, abrió la cortina de nuestro compartimento y durante unos segundos nos examinó, concienzudo, enfocando alternativamente su linterna hacia nuestros ojos. Dialogó sosegado, creo que en punjabí, con Khushwant que de vez en cuando me miraba tranquilizador —aquí no pasa nada—, y se marchó al ser requerido por un camarada: nos dejó cuadrados. Khushwant, queriendo justificar lo que acababa de pasar, me explico:

—Es un control rutinario. El Punjab es inestable, la cercanía con Cachemira, con Pakistán, facilita el movimiento de espías venidos de Pakistán y de grupos desestabilizadores de Cachemira. Los integristas sijs llevan tiempo sin atentar. Y aunque la situación ha mejorado, no podemos bajar la guardia.

A medida que se acercaba el alba, el convoy se detenía más tiempo en las estaciones. Cada nueva parada era una despedida, un gesto de lealtad futura, un amigos para siempre. En la última estrella de la noche, en la primera de la mañana bajó Khushwant. Me entregó su tarjeta y nos fundimos en un abrazo.

Un abrazo de quien se conoce de toda la vida.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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