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Sábado de miércoles

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Hay ciudades de las que da pena marcharse, son lugares donde el equipaje se hace despacio, sin prisas: se dobla la ropa una y otra vez, se coloca con mimo. Oteas la ciudad desde la ventana intentando capturar tus últimas imágenes y revisas varias veces la habitación que horas después estará ausente de ti; no por ver si olvidas algo sino para retrasar el cierre definitivo de la maleta o la mochila que te acompaña. Apuras hasta el último momento con la esperanza tonta de dilatar el tiempo para dirigirte a la estación, al aeropuerto o a la salida de la ciudad.

Mi vuelo despegaba a las dos de la tarde, y parte de la mañana la había ocupado en pisar por última vez las calles de una ciudad que ya me estaba incitando a regresar sin haberme ido. Y de estas, recordaba, había unas cuantas en España y en el Mundo. Los diecisiete kilómetros que separaban mi hotel del aeropuerto se me hicieron minutos: quería un atasco, un pinchazo; quería dar la vuelta; ¡ Qué sé yo!

— Ahí vive Ravi Shankar —me comentó orgulloso el taxista, señalando una casa con jardines y altos muros.

— ¿Sabe quién es? —preguntó.

No lo iba a saber. Ghandi y Ravi Shankar habían sido los dos primeros indios que me habían interesado lo suficiente como para ojear algo más que un titular de periódico o una reseña biográfica de enciclopedia: Rabindranath Tagore completaba mi trilogía india.

La primera vez que escuché a Ravi Shankar, fue en una cinta de color verde que tenía mi cuñado: era una grabación del Concierto de Bangla Desh en el que actuaban George Harrison, Eric Clapton, Leon Rusell, Bob Dylan y otros músicos que me han hecho pasar muy buenos ratos. Al principio, me había costado mucho entender su música: me parecía un rollo. El paso de los años y los discos me hizo ver cuan equivocado estaba. Ahora que partía de Varanasi, sabía que la música de su Sitar era el reflejo de las aguas del Ganges y su inspiración el alma de la ciudad.

Al llegar al aeropuerto, un aeropuerto de juguete, franqueé mi primer control de seguridad. La policía me solicitó el billete antes de entrar en la sala de facturación, y me advirtió que debía atravesar por un detector de metales; que invariablemente siempre suena cuando paso por uno de ellos. Al escuchar el estridente sonido de los pitidos, ni se inmutó y me hizo un gesto de «anda pasa» o «circule» que me dejó un poco desconcertado. Una vez dentro, chequeo por rayos de mi mochila y bolsa de mano, antes de entregarme mi tarjeta de embarque y facturar un equipaje que no figuraba, pudiera extraviarse en un sitio tan pequeño.

Dudaba si el vuelo saldría. No éramos más de quince pasajeros los que nos encontrábamos en el aeropuerto, e ignoraba que el vuelo luego continuaba hasta Bombay y que, seguramente, en Delhi se completaría. Al final, medio pasaje, media entrada. Hasta tres controles más pasamos antes de subir al avión: uno de máquinas y dos de revisión y magreo donde me quitaron cerillas y mechero. Controles que no son muy normales, a pesar del «11-S». Despegamos. En una hora y poco estaríamos en Delhi, escala de mi viaje a Amritsar.

La llegada a Delhi fue una llegada de sábado por la tarde, aunque en realidad era miércoles. Ignoro por qué, pero me parecía sábado y fue imposible quitármelo de la cabeza hasta que llegué a Amritsar a la mañana siguiente.

Un taxi de prepago me trasladó hasta la estación de New Delhi en Paharganj. Durante el trayecto, de unos cuarenta minutos aproximadamente, atravesamos las zonas residenciales de Delhi. Se veían amplios parques y jardines, avenidas kilométricas con edificios oficiales y una limpieza inusual en la India: en suma, otra ciudad. A medida que nos acercábamos a Paharganj brotaba la Delhi de siempre, mi Soul Delhi.

En la estación mis «Hi friend» me aguardaban para lo de siempre: un taxi, un rickshaw, un billete, un hotel, unas compras..., pero en segundos captaban que ya estaba vacunado de sus propuestas y desistían de colarme algo. Algunos se quedaban conmigo de cháchara. No tenían mucho que hacer ni yo tampoco hasta que saliera mi tren, así que pasábamos un ratillo agradable mientras todos vigilábamos mi mochila con el rabillo del ojo.

Que soy bastante torpón viajando, a pesar de que lo he hecho en muchísimas ocasiones, que nunca me he perdido y que nunca me ha pasado nada, lo confirma el hecho de que me paso el día preguntando hasta que no tengo ninguna duda sobre la respuesta. A mí me gustaría tener esa seguridad de quien se mueve por el mundo sabiendo todo, sin margen de error ¡Claro que a lo mejor ellos también se equivocan!, pero prefiero quedar como lerdo y llegar, que pensar que me guía la divina providencia. Tenía tiempo de sobra, y después de la experiencia de Satna, en la que tuve que hacer los doscientos metros gente, me encaminé hasta el andén desde donde partiría en hora y media el tren: fui afortunado y conseguí sentarme en un banco resguardado de la lluvia que hacía un buen rato duchaba la ciudad de Delhi. La aparición de los primeros turbantes sijs por los andenes me alivió: no cambiarían el anden de salida.

Estaba en el sitio correcto.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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