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Ciclo-Rickshaws Whalash

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Su medio de vida es su hogar, su sustento, su prisión... Son los taxistas más pobres de la tierra. Sobreviven a golpe de pedal jugándose la vida entre el caótico tráfico de la India por unas pocas rupias ofrecidas con desprecio. Se encuentran en cualquier lado: en las puertas de los hoteles, alrededor de los comercios, aislados en mitad de una foto de la India. Se llaman Baba, Lotha, Raju, Sowri, Zakir, pero todo el mundo ignora sus nombres y los derechos que no tienen. Semivisten de retales ajados y manchados del paso de los días. En las calles, son cabeza de turco de policías, de conductores, de peatones, que descargan en ellos todas sus frustraciones en empujones, pitidos, insultos o desprecio. Son intocables, impuros para otras castas. A pocos les sale ya la risa. No saben de horarios ni de esfuerzos. Cuando se atreven a mirarte a los ojos lo hacen con la mirada de un perro tristón que espera y suplica la atención de su amo. No quieren limosnas, quieren ganar su comida; su vida.

Aunque creo que ningún hombre tiene derecho a ser llevado de esa manera, los contrataba con frecuencia. Y la razón no era otra que la de ayudarles a subsistir. Cuando montaba en uno de estos ricksahws de ruedas desiguales, imparalelas, iba incómodo, con el corazón encogido al ver el titánico esfuerzo que realizaban; y no podía sentir más que admiración. Cuando veía sus espaldas sudorosas y el dolor silencioso que se reflejaba en sus resignadas caras, las pedaladas me dolían a mí.

Los más viejos permanecen en áreas llanas, sin cuestas. Saben que ya no pueden cargar con más peso y se los ve circulando con parsimonia, soñando con una carrera diaria que les permita una pedalada más: la carrera de la vergüenza, la carrera perdedora y asesina que los acabará en posición fetal mientras duermen en su ricksahw. Todos morirán en él, en su casa.

Yo solía pagarles con dinero y con respeto, que es como se pagan los trabajos bien hechos. Pagaba la semana aunque sólo los utilizara media hora, no creaba falsas expectativas ni me escapaba en promesas incumplidas cuando me aguardaban a la puerta del hotel: «cada hombre debe tener su oportunidad» —les decía—, algo que ellos nunca llegarán a comprender porque no saben de palabras de esperanza, y me igualaba a ellos, bajándome del rickshaw ayudándoles con mis manos a moverlo cuando quedábamos atrapados en los atascos: esto no lo haría un indio en la vida. Cuando repetía de rickshaw, casi nunca me querían cobrar.

Y aunque la gran mayoría son así, existen otros que la codicia y el dinero fácil los lleva a querer cobrarte cantidades astronómicas, o a ser sicarios de los emporiums y tiendas de alfombras y seda. A éstos les negaba su oportunidad, a pesar de que acababan bajando los precios cada diez metros: una cosa era ser razonable y otra muy distinta hacer el primo.

La avaricia no es un lujo que se puedan permitir porque como siempre dice Isabel, una amiga mía: «Lo que natura no da, Salamanca no presta». Y esto en la India es más verdad que cualquiera de sus templos.
 



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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