Callejuelando
A las seis de la mañana ya estaba en la calle, pateando los cinco kilómetros que separan Cantonment de Goudalia. Necesitaba saciarme del Ganges y sus Ghats.
En Varanasi, cada metro recorrido te ofrece la posibilidad de descubrir una ciudad mágica, de paleta de pintor, de símbolos escondidos en cada rincón, en cada gesto que te atrapa y te desordena el alma.
Descargaba mis ojos en cada casa, en cada balaustrada vencida por el tiempo, en cada hombre amanecido; y era entonces cuando comprendía que Varanasi es la vida que alguien quiso disfrazar de un halo de muerte.
Una vez en Goudalia, me perdía una y otra vez por los laberintos de callejuelas que velaban imágenes de dioses azafranados que te empujaban al Ganges o a la oración: Ganesh, el dios elefante, es de los más populares; parece un dios de dibujos animados. Allí pasaba horas abandonándome. Observaba cómo los oficios aún eran hechos con cariño, con amor: me guiaba por los sonidos, por los aromas de especias recién molidas. En una de las angostas calles, calle que me costaría volver a encontrar, asistí al concierto de martillos más maravilloso que los hombres pudiesen componer: los carpinteros golpeaban con una cadencia digna de los mejores percusionistas tablas de madera creando una sinfonía de golpes que más bien parecían acariciar la madera que maltratarla. Perdí la noción del tiempo sentado en la calle, y el que me prohibiesen el acceso al templo de Vishwanatha, el templo Dorado, por no ser hindú, me trajo sin cuidado.
Reanudé mi particular peregrinación, profundizando en el barrio musulmán donde los animados bazares se organizaban en una anarquía de calles flacas, que conducían a recónditas mezquitas en las que el muecín emplazaba a la oración y
Agonizando mi vida, me adentré en un suburbio de barro en el que todos los credos posibles de
Estaba empapado en sudor. De regreso al hotel, viré otra vez el rumbo. Los cinco kilómetros desde Goudalia se transformaron en ocho: mis labios estaban secos, mi cuerpo deshidratado, mis piernas ralentizadas, y cada vez me costaba más caminar. Volví atravesando la estación y al ver a los peregrinos y a los futuros muertos, me invadió una sensación de angustia. Dudaba si podría llegar al hotel en buenas condiciones; a pesar de que bebía litros de agua que en segundos eran cataratas que recorrían mi cuerpo. Me preguntaba si desafiaba a Varanasi o era yo el que necesitaba el reto. Extenuado, me desplomé en mi habitación. Me dolía todo el cuerpo: la templada ducha de agua y una cama perfectamente hecha me recordaron que habían sido más de ocho horas caminando bajo un sol abrasador: veinte kilómetros que fueron un instante.
Ese día yo fui Sara.





