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Remando en el Ganges

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A pesar de la atracción espiritual que causaba el Ganges, de los beneficios que producían los baños y de la oportunidad de purificarme, fui incapaz de sumergirme en sus aguas. No tenía ni el valor ni la fe suficiente para hundirme en unas aguas que desconocía qué podían contener, qué ocultaban bajo su superficie restos de media India: agua que en algunas zonas era estanque de enfermedad donde anidaban la infección y la muerte.

Clareaba el día, y los barqueros deambulaban por las escalinatas de los ghats en busca de unos clientes que en esos momentos se encontraban consumando sus abluciones. Uno de ellos, se enfiló hacia mí y, después de negociar durante más de media hora el recorrido y la duración, acordamos un precio que, aunque alto, era razonable. Navegamos por espacio de una hora y media, remando hacia el sur. Partimos del Lalita ghat. Nuestro destino era el Asia ghat regresando por el centro del Ganges para finalizar en Kedara ghat, donde yo desembarcaría y el barquero proseguiría su singladura hasta nuestro punto de partida.

El Ganges con sus opacas aguas rechazaba los primeros rayos de sol manteniéndose gris, imperturbable a las paladas que daba un barquero que de vez en cuando interrumpía su esfuerzo para secarse el sudor. La corriente era ola que susurraba a la ciudad, en tanto que las abluciones eran murmullo que hacían eco en los palacios y templos de cada ghat. Los desvencijados palacios —que estoy seguro nunca fueron nuevos— asomaban a la orilla simulando ser fortaleza de una ciudad tan vieja como la historia, tan vieja como el mundo. Había un ghat, no recuerdo el nombre, donde se hacia una enorme colada, y la ropa y sábanas de matrimonio se tendían en unas escalinatas quemadas por el sol. Era una travesía de música lenta, donde el imaginario sitar y la flauta que en esos momentos pensaba, ambientaban un decorado de imágenes nostálgicas que nunca antes había vivido.

El barquero inmovilizó la embarcación. Me pidió un cigarro, y fumamos en un silencio inflado de bocanadas largas, de miradas hacia al agua, de miradas hacia nada. Le pedí los remos y durante unos metros bogué por el Ganges, sufriendo en las manos el tacto de una madera astillada que hinchaba mi piel en pequeñas ampollas. El escozor me obligó a devolver los remos y a continuar el resto del paseo soplándome las manos para aliviar un picor que se había hecho molesto. Desembarqué en el puerto de la lepra, donde los muñones demandaban una limosna que no podían recoger. Los más afortunados, los que aún tenían manos, recontaban los granos de arroz que los peregrinos depositaban en sus palmas; granos que de forma comunal almacenaban en pequeños sacos. Ese día podrían alimentarse, distraer a un estómago que, de no comer, era casi espalda. Estuve tentado de utilizar mi cámara, pero yo no había viajado a la India para retratar la miseria: solo la vida. Al abandonar el Ganges y los ghats, con el alma batida por el sufrimiento, hubo algo que sacó mi lado más oscuro, el más violento, el que menos me gusta.

Como en cualquier ciudad turística, y Varanasi lo es, te abordan vendedores, comisionistas y otros etcéteras, que aseguran tener la mejor seda del mundo, el mejor hachís de la región, una heroína que quita el sentido, el mejor cambio de moneda o el mayor surtido de carne humana que alguien pudiera imaginar: mujeres, hombres, travestís, eunucos y hasta niños. Como entre estos tipos que viven humillando a los demás y yo, como decía Serrat, hay algo personal, y no me acongojan en absoluto sus caras de «acojonar», ni sus modos zafios y agresivos, los corto en seco y mirándolos con una gesto de mala leche, que si me viese yo en un espejo seguro que tendría miedo, los provoco, los increpo y los desprecio en actitud desafiante. Sus insultos y advertencias me traen al fresco.

Puedo tolerar la mierda, pero no la escoria.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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