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La media luna de la vida y de la muerte

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Dicen que el que muere en Varanasi alcanza el Paraíso y se libera del Samrasa —circuito cíclico de la muerte y la reencarnación— alcanzando de manera instantánea Moksa o iluminación inmediata. Ignoro si esto será cierto, pero en Varanasi te encuentras a gente a la que le falta poco para alcanzarla.

En los accesos a algunos de los ghats, los oscuros túneles eran verdaderos corredores de la muerte o de la vida; depende de la interpretación que haga cada uno. En ellos, esqueletos que en breve serían carne podrida y sudarios agonizantes se daban cita antes de realizar el esfuerzo definitivo de la muerte más deseada. Sin ningún gesto, recogían las monedas suficientes para convertirse en ceniza que transitase en un último viaje el Ganges: el río de la vida.

Me hubiera gustado empezar por ghats más sosegados, pero debido a una de mis múltiples confusiones, con el primero que me topé fue con el de Manikarnika Ghat, la principal zona de cremación de Varanasi y donde las montañas de madera apilada, que en poco tiempo se fundirían con la carne de los muertos, parecía que iban a sepultarte en cualquier momento, mientras el olor de las piras funerarias perfumaba a la gente, que retozaba entre la leña a orillas del río. Un olor a leño seco, evaporado de savia, que imprimía un carácter de sobriedad que no se encontraba en otros ghats; era brisa de misterio.

Uno de los Doms —guardianes del ghat— se apresuró a advertirme que las fotos estaban prohibidas. No obstante, él tendría mucho gusto en explicarme todo el proceso de la cremación; y casi en volandas, me arrastró a ver los hornos, las piras, solicitándome una cantidad astronómica como donación para los huérfanos de los muertos: «La madera es muy cara» —argumentaba. Entregué lo que consideré razonable, sin atender a sus quejas e insultos sobre mi supuesta tacañería. Me largué del lugar filtrando una bruma de humo, mientras grupos de hombres con cara ida aguantaban turno para incinerar a sus difuntos. La sensación no era de temor, no era de nada. Simplemente, extraña.

Continué mi paseo en zig zag por los escalones de los ghats; todos diferentes, todos con su historia, todos con sus fieles: una media luna de la vida y la muerte donde la multitud se agolpaba en la orilla de un río purificador que como imán atraía cuerpos semidesnudos que se sumergían desordenados en unas aguas café con leche. Nadie daba muestras de tristeza. Elevaban el agua hacia el cielo ofreciéndola a los dioses; apretaban las manos pretendiendo retenerla, como apeteciendo introducirla en sus cuerpos; como vacuna a la desesperación, a la infelicidad. Era una celebración colectiva en la que los traspiés y resbalones eran incesantes motivos de risas complacidas, y en los que una caída o un pie torcido no producía dolor. El sufrimiento se había quedado en la entrada del ghat. En algunas zonas, en el agua, una vegetación enredada con motas de ceniza era jardín acuático abonado por los muertos liberados del Samrasa: un vergel flotante que se acercaba en un último adiós a Varanasi antes de que la corriente y los baños de los hombres lo deslizase en lenta navegación hacia el mar de la iluminación: el mar de la vida eterna.

Me detuve para descansar en el ghat de Dashaswamedh. Bajo anárquicas sombrillas y carpas, masajistas sin titulación ponían en orden los huesos de manos y brazos: eran masajes de tacto pegajoso, hechos con óleos de sudor; masajes de los pobres; masajes de billete de diez rupias mil veces manoseado. Acomodado en un camastro de bambú entrelazado, observaba el ritual de la común ablución y me abstraía pensando en lo cerca que allí estaba la vida de la muerte, la muerte de la vida. Una separación de metros que quizá fuese irreal, porque la vida y la muerte encarnaban lo mismo.

Peregriné por unos, por otros..., arrastrando unos pies que andaban casi de puntillas, sin querer hacer ruido en esos lugares sagrados. Tenía la sensación de que, en cualquier momento, las escalinatas se iban a desmoronar obedeciendo las órdenes de un Ganges que desde hacía tiempo me estaba reclamando.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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