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Preguntas que no sé responder

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Sólo eran las diez y media de la mañana. A pesar de que el calor amenazaba con desmayarme continué mi visita por Sarnath. Una botella de agua y cinco minutos fueron suficientes para reponer fuerzas y líquidos. Medio cerré y estiré los ojos para ver el templo chino y el minimalista japonés, que parecía imposible en esa India desordenada. Renegocié el precio del autorickshaw con Sumit, mi bigotudo conductor —lo necesitaría durante unas horas más— y atravesamos las congestionadas calles de Varanasi hasta el templo de Durga, divinidad femenina esposa de Shiva y que es la diosa más fiera y cruel de cuantas existen en la India: en Bengala, en los templos que la adoran, dicen que se celebran sacrificios con animales para saciar su sed de sangre. El templo se encontraba a unos cuatro kilómetros de Goudalia, el centro histórico de la ciudad, y cerca del Asia Ghat. Este templo es también es conocido como el «templo de los Monos». Unos monos con muy mala leche; con leche condensada.

El templo de Durga se vestía de romería de domingo: los fieles organizados en grupos se desparramaban por los patios del templo canturreando, quemando sándalo o realizando guirnaldas de flores para ofrecer a los dioses. Sumit me acompañó en la visita y durante la misma asistimos a la ceremonia breve en la que se mostraba la devoción a la diosa. Nos marcamos la frente con un tilak naranja hecho de una pasta que arrancamos con las uñas de una de las ventanas del templo.

Saliendo, me encontré con Lalit Ballami, el hombre que había conocido en los templos de Khajurajo, el cual se hallaba de vacaciones por la zona. Era de Satna, de mi primera estación. Lalit me invitó a sentarme bajo una higuera bengalí que en India, en algunas zonas, también son consideradas sagradas. Se interesó por mi opinión sobre las religiones de la India en general, y sobre la suya en particular. Realmente no sabía qué decir. No tengo muy claros ni los conceptos de la religión católica, como para opinar sobre un berenjenal de miles de dioses que se interpretan y reinterpretan según entienda cada hindú. Me preguntó si era católico y dudé antes de responder con un lacónico sí, del que ni yo mismo estaba convencido. Cuando abandonamos el templo, Sumit, que había asistido a la conversación sin pronunciar palabra, y viendo que mi alma, a su entender, precisaba de urgentes remedios, me brindó la posibilidad de que conociese a un gurú para aclararme los conceptos que no tuviese claros sobre Dios. Decliné la invitación, no por nada en especial: soy una persona abierta a cualquier enseñanza o conocimiento nuevo, pero no era el momento para ello, y, además, ignoraba de qué Dios me iba a hablar.

En un mundo en el que Dios o los Dioses parecen haber olvidado a los hombres, se me hace difícil creer en nada que no sea en el respeto, en la tolerancia; en procurar actuar correctamente con los demás, en ayudar cuando se pueda y quiera, o en perdonar u olvidar las faltas de los demás: el vive y deja vivir.

Las religiones se las cargaron cuando las adornaron de fantasía, las rellenaron de temor y las basaron en recompensas. Un hombre debe ser justo con él y con los demás; pero por él mismo, no por obligación. Su recompensa es la paz interior. Lo que venga después de la muerte nadie lo ha visto. Y confieso que estoy de acuerdo con muchos pensamientos de todas las religiones, y que en torno a ellas sigue habiendo cosas que me atraen, pero de ahí a tener la suficiente fe para vivirlas hay un largo camino, que no sé si la vida me dará la oportunidad de recorrer.

Hay preguntas que no sé responder.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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