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Llegada a Varanasi

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Cuando el tren se adentró en la estación, Varanasi era algarabía en tinieblas. Según descendí del tren, comprobé que me hallaba en otra India; en las mil Indias. En la India de la pobreza extrema, de la lepra, de la muerte, de la vida..., en la India exagerada; una India concentrada en los abarrotados andenes y vestíbulos de la estación.

Una alfombra de cuerpos ocupaba cualquier rincón de la estación. Tenía que tener cuidado de no quebrarlos. Los taxistas y buscavidas atosigaban bajo un coro de lamentos que se confundían con los pitidos, bocinazos y ruidos de motor de las flotas de taxis y viejos autorickshaws que esperaban, preferentemente, clientes como yo.

¿La primera impresión? Definitivamente, esta ciudad era diferente.

En un principio pensé instalarme cerca de los ghats, pero encontrar el hotel de noche, entre las estrechas callejuelas de la ciudad, iba a ser complicado, por lo que a última hora, resolví dirigirme a la zona de Cantonment, un área situada a cinco kilómetros de los ghats. A ello obedecían también razones prácticas: el viaje en tren me había dejado extenuado, con una espalda y huesos doloridos que ya no eran míos. Necesitaba descansar: India puede llegar a agotarte, no sólo físicamente, y de vez en cuando precisas de un espacio cómodo, limpio donde reposar las experiencias y escribir las vivencias.

Chaurasia, Hussain y un indio que conocí en Khajuraho, y que días mas tarde encontraría en las inmediaciones del Templo de Durga, donde bajo una higuera bengalí hablamos sobre la religión en India, me habían advertido de la suciedad de algunos de ellos: —«Very dirty, very dirty»— repitieron cuando comenté mi intención de dormir cerca del Ganges. Así que después de inspeccionar tres hoteles, opté por el mejor. Un hotel nuevo, con todas las comodidades, y con un restaurante indio realmente excepcional, con conexión a Internet y una agencia de viajes que me vendría muy bien para realizar las reservas de la última parte de mi viaje: contrastes de la India, contrastes de todos los lados.

Y ya es hora de desmitificar la pobreza, lo cutre, el «yo estuve en un sitio de mala muerte» y la India es una aventura de Al filo de lo imposible: en los viajes, te metes donde puedes o donde quieres, comes cuando tienes hambre y, dentro de lo que cabe, lo que te apetece. Todo depende de tu presupuesto y de tu objetivo. En definitiva, lo planteas como una experiencia, no como un concurso de supervivientes, pero sólo querer reparar en una realidad del país, la buena o la mala, da igual, es a todas luces injusto tanto para uno mismo como para el país que se visita.

Me gusta ver todo: lo bueno, lo malo y lo regular. No tengo cargo de conciencia —y esta la sacamos rara vez y cuando nos conviene— por saber que por lo que pago en determinados sitios come una familia un mes —y al final comen—, ni me avergüenzo por no tener el arrojo suficiente para pernoctar en determinados antros. Sólo la necesidad me llevaría a ellos; al igual que en España procuro no comer o alojarme en determinados lugares. Cuando tengo que hacerlo se hace; en India, en España y, si hace falta, en Pekín que todavía no he tenido la oportunidad de conocer. No soy nada escrupuloso, nada especial, pero pudiendo, intento estar lo más cómodo posible. ¿Qué es más auténtico?, ¿qué es mas de allí alojarse o comer en determinados sitios? No sé. ¿Quién decide eso?, ¿en qué manual viene?

Y me pregunto: ¿Quién tiene la verdad de los viajes?

Todos y nadie.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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