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Expreso a Varanasi

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El tren estaba entrando en la estación y aún lo haría durante unos minutos. Los trenes en la India son largos, inacabables, infinitos... En cuestión de segundos, se creaba una gran confusión. Los mozos de estación, alguno no tanto, corrían por el andén buscando vagones donde cargar o descargar pesados equipajes. Vestidos de rojo, se abrían paso entre una multitud que intentaba, desesperada, acceder al tren. Los vendedores ambulantes se repartían el tren: comida, periódicos, snacks, té, refrescos y agua eran voceados a velocidades de vértigo mientras tú, sumido en tanta confusión, te acelerabas intentando localizar el vagón donde tu nombre, tu plaza y tu edad aparecían escritos en un papel adherido a la puerta.

Buscando mi vagón, vi asomarse, entre las barras de las ventanas, a la gente hacinada en los vagones de tercera: eran cárceles de calor, donde una muchedumbre de pieles marrones, acomodadas en contorsionadas posturas, esperaban el aire de la salida. En cada parada, en cada estación, morían un poco. Empapado en sudor, recorrí diferentes compartimentos envuelto en el frío de un aire acondicionado que helaba mi ya sudado cuerpo. Me situé junto a una familia de clase media hindú que almorzaba en bandejas de catering, la comida encargada en estaciones pasadas.

¡Chai, chai, chai, chai chai, chai! anunciaban los camareros del tren cuando éste se puso en marcha. Con enormes teteras ofrecían con urgencia el aromático té con leche que los indios acostumbran a tomar en cualquier momento.

¡Chai, chai, chai, chai, chai, chai! escuchaba en la lejanía mientras candaba mi mochila al asiento que me había correspondido. Me apetecía conversar con mis compañeros de viaje, pero no estaban muy por la labor, así que me puse a leer y mirar el paisaje, mientras oía el mover de sus bocas y olía el especiado aroma de su comida. Después del almuerzo, los varones subirían a las literas para dormir, y no sabría más de ellos hasta que en una estación bajaron a comprar más comida y té.

La velocidad del tren lenta, casi de entrada en estación, permitía recrearte en el paisaje. Un paisaje que ya era verde, y en el que los campos de arroz dulcificaban la dureza de un viaje de asiento duro. Apenas eran trescientos y pico kilómetros, pero ya llevaba metido siete horas en el tren. Cada parada, de más de quince minutos, la aprovechaba para bajar, estirar las piernas y aspirar unas bocanadas de humo del ansiado cigarrillo que encendía en las paradas largas. Otras veces, nos deteníamos en la nada, sin motivo aparente, y allí solía hablar con la tripulación del tren que parecía hiciesen apuestas sobre la hora de llegada. En una de ellas, conseguí ver un sol vestido de rojo que se acostaba en unas apalmeradas montañas que suavemente oscurecían. Hay vistas que no se pueden explicar.

Ya con la noche cerrada, la lluvia golpeaba los cristales con tal fuerza, que parecía avisar de un inminente descarrilamiento. Cada vez marchábamos más despacio, las paradas se hacían obligatorias; eran paradas de linternas y voces en la oscuridad que recordaban películas de lluvia y tensión.

Pregunté al responsable de nuestro vagón la hora estimada de llegada. Demorábamos dos horas sobre el horario previsto:

— Dentro de una hora, como mucho dos— afirmaba sin mucha convicción, y continuaba su camino diciendo algo que nunca supe, pero que me dio la sensación que apostillaba: ¡si llegamos!

¡Chai, Chai, Chai, Chai, Chai, Chai! fueron las últimas palabras que oí hasta la llegada a Varanasi.

Me había dormido.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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