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Estacion de Satna

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A las siete de la mañana me estaban esperando ya mis nuevos compañeros de viaje. Había alquilado un coche para ir hasta Satna, donde tomaría el tren a Varanasi, y aunque en principio tenía pensado hacerlo en autobús, los horarios de éstos impedían cualquier conexión con el expreso Bombay–Varanasi, tren en el que había conseguido una plaza.

Así que allí estábamos los tres: el conductor, el dueño del coche y yo dispuestos a hacer un viaje de ciento treinta kilómetros por una carretera que ellos mismos catalogaban como infernal, con tramos en muy mal estado. El coche, un Ambasador sin aire acondicionado, sin cinturones de seguridad; con el cuentakilómetros e indicador de velocidad estropeados. El conductor, muy joven, estaba más asustado que yo. En ese escenario, sólo faltaba la «L» para que me hubiese bajado en ese momento. El sonido ronco y sucio del motor tampoco acompañaba, haciendo constantes amagos de griparse en cualquier cuesta de la montañosa carretera. Contra todo pronóstico, el viaje fue muy placentero: la temprana hora de salida evitó encontrarnos demasiados camiones, lo que tranquiliza bastante cuando se circula en la India. Atravesamos el Parque Nacional de Panna, una reserva de tigres cuyo paisaje podría haber sido perfectamente el de El libro de la Selva.

Al bajar del parque, paramos para revisar el coche: el esfuerzo de la subida había calentado demasiado el motor. Aprovechamos también para fumar un cigarro de carretera y descansar un rato de los continuos baches que habíamos soportado. Por lo visto, quedaba lo peor, me decía Hussain, el dueño del coche, moviendo la mano derecha de una forma que anunciaba un cuerpo envejecido. El mío.

Durante más de veinticinco kilómetros fuimos dando botes: socavones, baches, pistas de tierra y asfalto envejecido impedían que el coche se moviese con normalidad. La llegada a Satna, una antipática ciudad industrial, se convirtió en anhelado alivio para nuestros cuerpos, a pesar de soportar la hora punta de una ciudad que era imposible de manejar por la misma policía de tráfico. Como aún tenía tiempo antes de tomar el tren, invité a mis acompañantes a un refresco en un dhaba situado a escasos cincuenta metros de la estación. El dhaba tenía un suelo pegajoso por los restos de comida que habían arrojado anteriores clientes. El «zumbivuelo» continuo de las pesadas moscas no invitaba a la conversación. Apuramos nuestras bebidas en menos de dos minutos, y me despedí de ellos para recordar lo que era la espera en una estación.

Las estaciones de tren siempre me han gustado; a diferencia de los aeropuertos tienen vida. Son más cercanas, más humanas. Son hierro y piedra, olor a sol contaminado por fuego de fábrica; grasa ferroviaria que hierve en los raíles y que impregna los andenes de melancolía. Al llegar a la estación de Satna, intenté averiguar de qué anden salía mi tren. Era imposible, no entendía el hindi. Afortunadamente, el número del tren aparecía disimulado entre las letras de un cartel escrito en sánscrito. Poco a poco, me fui hacía al lugar, y descubrí un panel informativo traducido al inglés en el que se anunciaba el retraso de mi tren. Solo una hora. Busqué un hueco donde poder sentarme y dejar una mochila que empezaba a pesar de polvo y arena; pero no encontré un sitio ni en el suelo. Vagué con mi carga por todos los rincones de la estación, y me angustié viendo las caras agotadas de la gente que esperaba trenes que seguramente nunca llegarán a coger.

Estas almas han creado un hogar en los andenes, un hogar inmóvil donde habitan la miseria y famélicas figuras que huelen ya a cadáver. Lisiados por errores que no cometieron, peregrinos de dioses sin memoria, viven melancólicos la hora de escapar de los andenes de la pobreza. Sentados como los monos, te recorren con la mirada de la desesperación. Se arrastran hacia ti con un gesto de pintura de Goya, pidiendo, temblorosos, una moneda con la que poder llenar una mano de comida.

Los viajeros deambulaban con enormes bultos y maletas viejas, maletas que se hicieron cuando el mundo era en blanco y negro, mientras un megáfono ronco avisaba de las próximas llegadas y salidas. Las moscas completaban el decorado. Conseguí aposentare en un banco de piedra, entre dos indios que dormitaban la espera de su tren. Inmediatamente y frente a mí, se colocaron tres o cuatro hombres que me fijaban en su mirada. Sólo me miraban de arriba a abajo, de abajo a arriba preguntándose, supongo, qué carajo hacía allí. Cuando intentaba hablar con ellos, tímidos, bajaban la cabeza. No sabían inglés, nunca lo aprendieron y tampoco lo necesitarán. Llegaba un momento en el que tenías la sensación de ser una atracción de feria y cerrabas los ojos para desaparecerlos.

Era casi la hora de subir al tren. Los moribundos aguardaban bajo el sol su cita con la muerte. Su cita en Varanasi.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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