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Chaurasia y Miguel

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Mi relación con los camareros viene de antiguo. Son una excelente fuente de información y narradores de historias que divierten las copas o los cafés tomados en soledad, confidentes de secretos y amigos de una ocasión. ¿Dónde estará ahora el camarero de bigote mexicano del Pavilhao Chines de Lisboa?, un verdadero especialista en martinis, en discreción y en cócteles de conversación, que convertía las tarde-noches de saudade de Lisboa en tertulias con fondo de música de Casablanca en las que el imaginado piano sonaba tan vacío como en ocasiones su voz.

En Khajuraho, tomando una cerveza en hotel Jass antes de cenar, entablé conversación con Chaurasia, un clásico de los hoteles indios que había trabajado en la cadena Taj en Agra y en Varanasi. Al decirle que yo había trabajado en el sector turístico, la conversación giró noventa grados y en segundos estábamos hablando por los codos de grupos, de hoteles, de niveles de servicio, de promoción de destinos turísticos..., de nuestras chorradas. Su sonrisa se iba cambiando de cortés a emocionada. Nostálgicamente, elevaba los ojos posándolos en el techo, recordando los días en que el restaurante tenía más gente que polvo; días en los que se atropellaban las comandas y siete camareros obedecían sus órdenes. De aquello, sólo quedaba su inmaculada chaqueta blanca.

— Todos tuvimos alguna vez nuestros momentos de gloria, todos hemos llegado a ese techo —le decía señalando con mi índice las alturas—; pero recuerda —continué— que esos momentos siempre están dispuestos a volver, sólo hay que creer en uno mismo, que hay más techos y tener un poco de suerte: claro, la suerte...

Asintió, y comenzó a darme una lección magistral sobre las preferencias y gustos de los clientes según su nacionalidad; conocía perfectamente los gustos de los españoles y me decía que Miguel, un guía español que había conocido años atrás, siempre comía en su hotel aunque se alojase en el más famoso Chandela. Hizo una descripción del guía que coincidía plenamente con uno de los mejores guías que se encuentran en España: Miguel Ponce.

Chaurasia sacó una libreta donde la dirección de Miguel, escrita de su puño, en letras mayúsculas, era guardada con mimo y cariño.

Sólo coincidí una vez con Miguel. Fue en Brasil: hicimos un trabajo magnífico cuyo reconocimiento fue un aplauso unánime de las casi cien personas que viajaban con nosotros, cuando recogíamos los equipajes en Barajas. Son esos momentos que no se pagan con dinero; son trabajos pagados con el corazón: los mejor pagados, los más satisfactorios.

¿Casualidad o que el mundo realmente es un pañuelo? Todavía no sé qué quiere decir esta frase, pero entiendo lo que significa y eso es lo que importa.

Cuando se lo conté a Chaurasia me dijo que si tenía la oportunidad de ver a Miguel, algo difícil por otra parte, le dijese que echaba de menos sus visitas y que avisase cuando regresase a Khajuraho.

No sé qué comentó Chaurasia de mí en el hotel, pero si antes de la conversación se desvivían por atenderme bien, después, estaban pendientes de mí a cada instante. No me dejaban vivir.

Y a mí tanto servicio de lujo, francamente, me aburría.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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