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Despedida Indo Castellana

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Era mi último día con Dinesh. El día robado a Pushkar pensaba invertirlo en otro lugar. Aún no había decidido dónde, porque a partir de Khajuraho, lo único que tenía claro era que quería estar tres o cuatro días en Varanasi. Luego, la duda entre Amritsar o Rishikesh. Las dos maravillas no daban tiempo a saborearlas, que sí a verlas; pero no iba a acelerar mi ritmo por ello. Hubiese sido un poco pretencioso e insensato por mi parte. Y yo voy a los sitios a vivirlos, no a turistearlos. Por otro lado, me parecía absurdo que Dinesh siguiese un día más conmigo, cuando lo que iba a visitar en Khajuraho se podía realizar perfectamente andando o en rickshaw. Sé lo que siente un hombre enamorado y alejado de su mujer y su familia durante tanto tiempo, por lo que decidí regalarle un día para que llegase antes a su casa.

De camino a Orcha, me insistió en que le llevara conmigo a España, que estaría encantado de trabajar para mí, y me mostró su particular currículo: un carné de conducir. Yo, medio en broma, le solté que eso se enseñaba al principio, no al final. ¡Con los sobresaltos que yo me había llevado! Él me iba enumerando que trabajaría de, en y lo que hiciese falta, que luego trasladaría a su familia, que si había alguna oportunidad no le olvidase. Le dije que no le gustaría España. ¡Somos tan diferentes!

Tampoco es cuestión de ir maleando a la gente por ahí, y en España correría el peligro de dejar de creer no sólo en sus dioses sino en sí mismo.

Orcha es un sitio pequeño, lleno de palacios en ruinas y templos de pueblo, donde la gente no vive de cara al turista ni de espaldas a la realidad: se vive y punto. Apenas unas tiendas, que según me refería la dueña de una de ellas a la que compré agua, solo se animaban dos meses al año. Hubiese sido una plaza ideal para quedarse, pero había prometido a Dinesh liberarlo de mi compañía. Vagabundeé dos horas en las que pude explorar varias veces la ciudad. Perderse era imposible.

Los últimos ciento cincuenta kilómetros hasta Khajuraho fueron un resumen de los veinte días anteriores: calor insoportable, carreteras malas y peores; animales muertos, accidentes, dhabas, silencios, risas, agua y té; pueblos, camioneros que preguntan, camareros que no entienden; inglés garrafón y direcciones equivocadas. Como si se tratase de una última prueba, de un póstumo desafío a nuestro Ambasador, una sacudida de lluvia violenta nos sorprendió a menos de diez kilómetros de Khajuraho. No se veía nada ni con el funcionamiento de los limpiaparabrisas. Casi al llegar a Khajuraho dejó de llover y el sol hacía brillar un paisaje verde recién bañado de aguas.

Khajuraho es policromía verde circundada de montañas en las que dicen que habitan numerosos tigres; tigres que, por cierto, cada vez se ven menos. No vi ninguno. El pueblo, tan vacío de turistas como el hotel en el que me hospedaba: un hotel de cinco estrellas donde era el único huésped. Antes había visitado otros dos que aún se veían más tristes. Los vuelos a y desde Khajuraho estaban suspendidos temporalmente y llegar allí no era cómodo; no hay tren, las carreteras son infames y está a más de cuatrocientos kilómetros tanto de Agra como de Varanasi, lo que hace alejarse mucho a los viajeros de sus apretados itinerarios. La ventaja de esto: precios excepcionales. Desventaja: eres una de las pocas posibles víctimas de la asociación de mafiosos comisionistas que pululan por allí.

Dinesh y yo tuvimos una despedida sobria, una despedida indo-castellana: en ocasiones es mejor decir poco o nada. Mientras tomábamos nuestro último té, él con leche, yo solo, recordábamos en silencio los kilómetros pasados, los días compartidos; aquel día que supimos que nos caíamos bien. Con el último sorbo, a Dinesh se le escapó un suspiro, una mirada agradecida, una sonrisa, un no me olvides... Anotó su dirección en mi libreta, dibujando más que escribiendo, como si inconscientemente apeteciera prorrogar el momento. Un apretón de manos fue suficiente para el adiós.

Sólo quedábamos el hotel y yo.



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Soul India II 7 de julio - 22 de julio

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